Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO La una era joven y hermosa; la otra, anciana y de semblante enfermizo; madre é hija, sin duda. Una criaditá, tan reservada como sus amas, cuidaba, ayudada por la jardinera, del servicio y arreglo de la casa. Las reclusás no recibían visita alguna, exceptuando la de ün joven vestido de negro, que venía de Chartres todos los días para pasar una hora en su compañía, y hacían ta, n poco ruido, que apenas eran conocidas en la vecindad. A veces se las encontraba por las tardes, en el buen tiempo, paseando por los senderos soHtarios de la campiña de los alrededores, pero de ordinario se contentaban con pasear en su jardín, esmeradamente cultivado y lleno de flores. También iban con frecuencia á sentarse en el gabinete de recreo, situado á orilla de la carretera, y empleaban el tiempo en leer, conversar ó trabajar, pero las persianas perrnanecían siempre cerradas, y sólo el débil murmullo de sus voces, alguna vez el sonido de Una risa argentina, revelaban su presencia á ros transeúntes. Aquellas damas desconocidas eran, como el lector habrá sin duda adivinado, la marquesa de Mereville y su i i j a María. La cas a de San Mauricio pertenecía al comerciante en granos Leroux, entonces uno de los más opulentos proveedores de los ejércitos de la república. Este había instalado en ella á las parientas de Daniel tan luego como las circunstancias fue- ron calmándose algún tanto, y merced al crédito de qué gozaba, hf. bíá conseguido ponerlas á cubierto de nuevas persecuciones. La calma, el bienestar y la seguridad de la nueva vida no tardaron en influir de una manera favorable sobré la madre y la hija. La señorita de Mereville había recobrado su salud, su frescura y casi su alegría de otros tiempos; las pavorosas imágenes del pasado se habían ido borrando poco á poco de su espíritu por el envidiable privilegio de la juventud, y de aquí las alegres risas que de vez en cuando se escuchaban desde el exterior. Por su parte, la marquesa parecía haber recobrado totalmente la razón; los solícitos cuidados y la tranquilidad de ánimo habían triunfado de aquella enajenación mental, producto de violentas y multiplicadas sacudidas, y de la que sólo restaban, como Vestigios, una febril actividad y un genio irritable y melancólico que la alegría de su hija no siempre lograba disipar. El día de que hablamos, con una hermosa mamana de otoño, se celebraba una especie de fiestecita doméstica en la quinta de San Mauricio. Tratábase de vendimiar el emparrado que atravesaba el jardín, y todos los habitantes de la casa se habían reunido para esta solemnidad. Únicamente se había, negado á tomar parte en la diversión la señora de Mereville, que refugiada en el gabinete de recreo leía con atención varias cartas llegadas aquella mañana. La puerta abierta la permitía ver á los vendimiadores, cuyos alegres gritos llegaban hasta, ella con frecuencia; pero no les prestaba atención alguna y Continuaba embebida en su lectura. En cambio, María parecía entregada en cuerpo y alma á su inocente diversión. Vestida con Una ligera falda de color claro, recogidos con una sencilla cinta sus hermosos cabellos, y tijera en mano, se esforzaba por arrebatar los mejores racimos á su doncella Juanita, fresca morena de zagalejo corto, cuyas facciones expresaban tanta malicia como viveza, y que aparentaba disputar á su ama aquellos sabrosos trofeos, cuando en realidad sólo recogía racimos verdes ó ya picados por las avispas. Esta rivalidad divertía mucho á las jóvenes, que reían á más y mejor, picoteando de cuando en cuando los granos de uva más maduros. Un poco más lejos, el viejo Juan Pedro, el Filemón centenario, subido en una escalera de mano, vacilante como él, vendimiaba más concienzudamente y depositaba los racimos en una ancha canasta que su anciana compañera tenía preparada debajo de él. Un gran perro alano, adornado de un collar con puntas de hierro, vagaba con aire indolente entre los afanosos vendimiadores. Aquel placentero espectáculo, alumbrado por un sol espléndido, hubiera hecho asomar la sonrisa á los labios más adustos y regocijado el corazón más frío. Jóvenes y viejos se entregaban con tanto gozo á su faena, que no oyeron abrirse la verja exterior ni crujir la menuda arena del jardín bajo los pasos de un recién llegado. De pronto apareció en medio de ellos el joven vestido de negro, única persona admitida en la morada de las señoras de Mereville, y que creemos excusado decir era Daniel Ladrange Juanita fué la primera que le vio y, sorprendida, dejó caer un hermoso grano de uva moscatel que llevaba á sus labios. -iVirgen santa! -exclamó con cierta turbación. ¿Cómo habéis entrado aquí, ciudadano Ladrange? -i Por la puerta, descuidada! Por la puerta, que á pesar de mis reiteradas advertencias, no estaba cerrada con llave... Pero no quiero enfadarme hoy, tanto más, cuanto que empiezan á ser ya menos necesarias las precauciones. Al ruido de las voces, volvió María la cal) eza. ¡Mi primo Daniel! -exclamó ruborizándose de placer. -Ea, pues, Daniel, á vendimiar con nosotros. Vamos, venid aquí; y, sobre todo, no vayáis á estropear ésos hermosos racimi. s que quiero reservar para mi madre. ITablando así, puso una canasta llena hasta la mitad de uva en manos de su pariente, cuya natural gravedad parecía desconcertada con tal atrevimiento. María, se preparaba á continuar su vendimia, cuando Daniel le dijo con cierto embarazo, pero sin atreverse á abandonar la carga que su prima le había encomendado: -Dispensadme, querida María; tengo hoy que comunicaros cosas importantes y no puedo detenerme aquí mucho tiempo... ¿Dónde está la señora de Mereville? -Mi madre está en el pabellón; ¿queréis verla? -En seguida; pero antes tengo que hablaros. ¿A mí? ¡Dios mío! ¿Qué tenéis que decirme? -Muchas cosas; traigo una gran noticia. -Venid, pues; nos sentaremos en el cenador Continuará.