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rwi- nr- i- -ini I i- i Y LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA j che necesarias estas medidas. Si el cabo Vasseur y su tropa se presentasen aquí, les intimaría que acompañasen mis carros para protegerlos contra los hambrientos... -No confiéis demasiado, mi buen Leroux- -objetó Daniel, -porque Vásseur tiene fama de ser tan obstinado como intrépido. Nuestra fuga es un descalabro, una humillación para él, y temo que ninguna consideración le detendría si tuviera la esperanza de prendernos. -Pues bien, aun suponiendo que se atreviese á perseguiros aquí, yo le desafiaría á encontraros. Escuchad- -continuó Leroux, bajando la voz; -en los tiempos en que vivimos, el oficio de comerciante en granos es un oficio algún tanto peligroso, y un hombre prudente debe vivir precavido. Por lo mismo, he hecho construir en esta inmensa casa escondrijos y pasajes subterráneos casi imposibles de descubrir; allí es donde guardo mis fondos y donde podría refugiarme en caso necesario. A la primera señal de alarma, os llevaría á un sitio donde podríais reíros de toda la gendarmería de la república. Nadie os ha visto entrar en mi casa, á excepción de los carreteros que se hallaban en el patio, y aun éstos os tienen por mercaderes de granos; de esos carreteros, el uno ha partido para algunos días y los otros van á marchar al momento; de manera que el secreto de vuestra llegada á Francheville será tan sólo conocido de mi familia y de mí. Si mi casa no os ofrece bastante confianza, yo buscaré el medio de facíHtaros pasaportes bajo nombres supuestos y procuraros un asilo más seguro. Daniel no tenía nada que responder; se arrojó en los brazos de aquel excelente hombre y le estrechó contra su pecho, al mismo tiempo que María cubría, de lágrimas de gratitud la mano del campesino. En seguida, el honrado Leroux, arrasados también los ojos en lágrimas, se desprendió de los brazos de ambos jóvenes, y adelantándose hacia la pieza inmediata, gritó con voz alegre: -Ea, esposa mía, hijas mías... ¡todo el mundo en pie! He aquí la ocasión de probar si amáis realmente á vuestro marido y á vuestro padre... jArriba, arriba! y veamos cuál de vosotras es la más activa y celosa para festejar á los huéspedes que nos llegan. Pocos minutos después, Daniel y las infelices viajeras estaban rodeados de una familia cariñosa y solícita, que les colmaba de atenciones, de cuidados y de muestras de respeto. SEGUNDA PARTE LOS VENDIMIADORES Dejemos pasar un intervalo de cuatro años, poco más ó menos, entre los incidentes que preceden y los que nos quedan por referir. Durante este período, tan fecundo en acontecimientos políticos, el suelo francés ofrecía alguna más seguridad para los llamados todavía amídcratas. El 9 de Thermidor había producido nota- bles cambios; la lista de los emigrados se había cerrado, las prisiones se habían abierto, y bajo el gobierno del directorio, los partidos vencidos disfrutaban por fin cierta calma relativa. Sin embargo, los cuatro ó cinco departamentos comprendidos entre Orleáns, Chartres y París, no gozaban de completa tranquilidad. Su territorio, y con especialidad las poblaciones rurales, eran continuamente teatro de robos, incendios y asesinatos cometidos con circunstancias de inaudita ferocidad. No se oía hablar á todas horas y en todas partes más que de granjas saqueadas, de viajeros desvalijados y degollados, de implacables calentadores que torturaban á sus víctimas. La alarma se j propagaba de unos en otros basta grandes distaiiT das de los sitios donde se ejercían tales crueldades, que parecían obra de una banda de criminales maravillosamente organizada y dirigida con, habilidad extraordinaria. En vano la fuerza pública había hecho todos los. esfuerzos por descubrirla y. atajarla; y. si bien es cierto que algunos de sus miembros habían sido aprehendidos y ejecutados, ya en Chartres, ya en París, creyéndose siempre que iban, por fin, á poder respirar aquellas desdichadas comarcas, no tardaban en estallar simultáneamente en distintos puntos nuevos horrores, demostrando que la exis- tencia de tan monstruosa asociación no dependía de una sola cabeza. Los individuos condenados á, la última pena no habían dicho una palabra que pudiera comprometer á sus cómplices, y murieron con su secreto. No había sonado todavía la hora en que aquella horda de bandidos, la más numerosa que haya jamás sembrado él espanto en Francia, pagase su deuda á la justicia. Por la época en que reanudamos esta narración, es decir, en el mes de Vendimiario, año V, ó, si se quiere, en Octubre de 1796, había en la aldea dé, San Mauricio, á cosa de media legua de Chartres, una casita blanca con persianas verdes, como le gustaban á Rousseau. No estaba situada en la vía pública, sino á la extremidad de un lindo huerto, protegido contra la curiosidad de los transeúntes por una tapia elevada y una verja de madera. Un emparrado, cubierto á la sazón de dorados racimos, servía de paso á la habitación. A derecha é izquierda de la tapia se alzaban dos pabellones, uno destinado vivienda de jardinero y su mujer, casi centenarios, ambos y que vivían allí desde tiempo inmemorial, y el otro, cuya entrada estaba. al nivel de un terraplén plantado de tilos, parecía servir de gabinete de recreo, dpnde los habitantes de la quinta podían tomar el fresco y entretenerse, viendo lo que pasaba ppi: la carretera. El aspecto general de aquella mansión no podía ser más apacible y risueño. Durante mucho tiempo, la casa de campo de que hablamos, y que, debía proceder de los bienes confiscados, á los erhigrados, no había, tenido otrosjocupantes que el Fiíemón y. la Baucis del pabellón, de entrad. a; pero. des; de tres, años atráj; estaba ha hitada por dos señorasque vivían: muy retraídas, y que si alguna v. éz salían, jibán tan modestamente ¡ataviadas, que río llamaban la atención.