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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO Hízoles entrar en una especie de sala baja reservada á su familia, y no bien hubo cerrado tras sí la puerta, se operó un cambio total en sus maneras. Quitóse respetuosamente el gorro, ofreció sillas á las señoras, y llegándose á Daniel le estrechó la mano con efusión, diciendo: -Perdonadme, ciudadano Ladrange, si antes he aparentado no reconoceros; pero tengo que desconfiar de toda mi gente, y teníamos á nuestro alrededor algunos pares de orejas aguzadas; además de que comprendí sobre la marcha que no era momento oportuno de pregonar vuestro nombre... Pero, ¿de qué se trata? ¿Qué os ha sucedido para que os aparezcáis así, á las tres de la mañana, á pie, y con estas señoras que parecen harto fatigadas? -Estas damas, mi querido Leroux- -contestó Daniel, -son mis parientas la señora y señorita de Mereville: ellas y yo venimos á pediros auxilio. -Sentaos, ciudadano Ladrange, y decidme qué género de auxilio es el que reclamáis. -No me sentaré, Leroux, antes de haberos dicho á lo que os exponéis recibiéndonos aquí. Mis parientas y yo hemos sido arrestados como aristócratas acabamos de escapar, por una especie de milagro, de los gendarmes que nos custodiaban y que en este momento nos buscan por todas partes... Ahora bien, no podéis ignorar la ley, y sí se nos encuentra en vuestra casa... ¡Y qué! Si yo vivo todavía, ¿no lo debo á vos? -exclamó el negociante con energía. ¡Bien venido á esta casa, ciudadano Ladrange! ¡Bien venidos vos y estas pobres señoras, suceda lo que quiera! Pero esta acogida afectuosa no hizo más que exaltar la generosidad de Daniel. -Miradlo bien, ciudadano Leroux- -contestó; -desconfiad de las inspiraciones de vuestro excelente corazón, y considerad que vuestra familia, las personas queridas que os rodean, pueden verse, como vos, comprometidas. ¿Greéis, acaso, que soy yo el único que os quiere en esta casa... Mi mujer y mis hijas- -prosiguió Leroux extendiendo la mano hacia una pieza inmediata- -están, ahí durmiendo tranquilamente; pues bien, no hay una sola de esas pobres criaturas que no quisiera que ese sueño fuese eterno, si creyera que de este modo pagaba la deuda oue con vos tengo contraída. ¡Y podían no hacerlo así, vive Dios... Pero no hablemos de esto, y dejémonos de cumplidos. Sentaos y contadme lo que os ha sucedido... ó no me lo contéis si veis en ello inconveniente; os serviremos como queráis, sin preguntaros lo más mínimo. Imposible era resistir á tanta cordialidad. Daniel consintió, pues, en sentarse, y para poner al buen Leroux al corriente de la situación, le refirió primero en pocas palabras las horribles circunstancias que habían precedido á su arresto. Leroux leva ntaba los ojos al cielo al escuchar la narración de las atrocidades cometidas por los bandidos en la granja y en el castillo del Breuil. -Conozco á esos malvados- -dijo; -y como paso por rico, han hecho una tentativa para introducirse en mi casa; pero han tropezado con la Horma dé su zapato... Proseguid, ciudadano Ladrange, y explicadme cómo habéis venido aquí. Daniel no quiso entrar en minuciosos detalles acerca de la manera como las señoras y él habían escapado á la vigilancia del cabo Vasseur; pero no pudo pasar por alto que el médico de. la comarca había noticiado á los gendarmes la rotura del puente de Norvilliers. ¡Roto el puente de Norvilliers! -interrumpió Leroux. ¡Vaya una broma mayúscula! El puente estaba completo y en su sitio anoche á las once: ccmo que uno de mis carreteros le atravesó, y el carretero que acaba de partir le atravesará también. ¿Qué médico es ese que sabe inventar tan lindas cosas? Porque no hallaréis en el país, en seis leguas á la redonda, más médico que el ciudadano Brisset, que tiene setenta años y que no monta á caballo desde tiempo inmemorial. Daniel adivinó en aquella circunstancia un mis- terio que no le era lícito orof undizar. Contentóse, p u e s con añadir lacónicamente que habían escapado aprovechándose de una colisión ocurrida entre los gendarmes y unos desconocidos, y que después de haber vagado toda la noche con sus compañeras, habían llegado á Francheville, preguntando cuál era el camino. Terminada la relación, el negociante se rascó lafrente. Lo que saco en limpio de todo esto- -dijoes que sois desgraciados, que estáis perseguidos y que habéis contado con Leroux para que os auxilie. Pues bien, Leroux quiere sacaros adelante y os sacará, pese á todos los diablos. Para empezar, se os va á disponer un desayuno lo mejor que se pueda; luego se os prepararán camas, que no serán del todo malas, y cuando estéis bien repuestos y descansados, se pensará en lo demás, -Leroux- -volvió á insistir Daniel, ¿habéis: mieditado bien el riesgo que corréis... ¡Ah, señor! -dijo María penetrada de reco- nocimiento. ¡Qué pesar sería el nuestro si vuestra generosidad pudiera atraeros algún peligro! Leroux se sonrió y tomando entre sus manos musculosas la pequeña y blanca de la señorita de Mereville, la dijo: -Mi bella señorita, no encarezcáis demasiado mis servicios; no corro el riesgo de ser degollado por la canalla, como el día en que el ciudadano Ladrange vino tan resueltamente á arrancarme de sus manos. No le faltan á uno amigos é influencia, de modo que cuento con protegeros sin gran compromiso personal, y lo haría lo mismo aun cuando el riesgo fuese positivo é inevitable. De un momento á otro pueden venir á vuestra casa á efectuar un registro los gendarmes que nos andan buscando. ¡Los gendarmes! -replicó Leroux riendo con más fuerza; -que vengan en buen hora, no deseo otra cosa; precisamente tengo que enviar á Chartres un convoy de trigos nacionales, y en virtud de una orden superior, emanada del representante del pueblo comisionado al efecto, teng- o facultades para requerir á los gendarmes y demás agentes de la fuerza pública para escoltar los cereales que envío al depósito, sin que bajo pretexto alguno puedan sustraerse á este servicio. Los desórdenes promovidos por la carestía de los granos han he-