Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
F O L L E T Í N D E B L A N C O Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 22 CONTINUACIÓN no sé quién sois, ni quiero saberlo; pero deseo que vuestra buena acción de esta noche os inspire el propósito de practicar con frecuencia otras semejantes. -Y yo, señor- -dijo María adelantándose con timidez, -os ruego deis en mi nombre las gracias á aquella mujer desconocida, cuyas buenas intenciones comprendo ahora, y tened á bien entregarla esto como recuerdo mío (y le presentó una sortija de bastante valor que acababa de quitarse del dedo) Si algún día cambiasen las circunstancias y cualquiera de los que han contribuido á nuestra libertad necesitase de nuestro apoyo, esté segure de oue no le invocará en vano. El Curilla escuchaba desconcertado aquellas expansiones de gratitud, que sabía eran inmerecidas por su parte; pero Daniel puso término á Is conferencia, tomando á las señoras del brazo y encaminándose con ellas al pueblo. El guía se quedó examinando con ojos codiciosos la sortija de María y trató de colocarla en el dedo meñique; pero no pudiendo lograrlo, la guardó en un bolsillo secreto, juntamente con la moneda de oro de Daniel. Después se encasquetó su viejo sombrero hasta las cejas y echó á andar, volviendo de cuando en cuando la cabeza para observar á los fugitivos. Estos, que temían ser vistos por algún vecino madrugador de Francheville, continuaban avanzando con rapidez. María estaba satisfecha y risueña, pero la actitud de su primo la advertía que no debía entregarse tan prematuramente á los transportes del júbilo. -Amigo mío- preguntó á media voz, ¿no creéis que han cesado nuestros peligros? -Es posible... Pero, por Dios, querida María, no acariciéis esperanzas que pudieran aún verse desvanecidas. En aquel momento entraban en Francheville, y el aire profundamente preocupado de Daniel indicaba que había llegado el instante decisivo. Ño era difícil reconocer la vivienda del negociante Leroux, que descollaba por su importancia entie las casas inmediatas. Estaba compuesta de varios edificios de arquitectura antigua, reunidos entre sí por construcciones modernas, y formando todos vastísimos almaceneá. Sobre la puerta se veía el escudo de las armas nacionales y una bandera tricolor en señal de que aquellos departamentos contenían el depósito de provisiones pertenecientes al Estado. La calle principal del pueblo estaba desierta, á pesar de que ya la luz de la aurora permitía apreciar sus sinuosidades. Seguros de que nadie los espiaba, Daniel y sus compañeras se dirigieron con celeridad hacia la puerta en que se veía el escudo, cabalmente en el momento en que se disponían á abrirla por la parte inferior. Las dos macizas hojas giraron, por fin, sobre sus go ¿nes y dejaron ver un hombre grueso, con calzón cortó y en mangas de camisa, cubierta la cabeza con un gorro de algodón, ojos enrojecidos y soñolientos, que se desperezaba bostezando, como si acabara de despertar. Juzgúese cuál sería el gozo- de Daniel: aquel robusto personaje era Leroux en persona. El negociante en granos no vio al principio á los recién llegados, y se apartaba á un- lado para dejar paso á un pesado carromato cargado de trigo y tirado por seis vigorosos caballos, que salía de un patio interior, cuando Daniel se dirigió á él, diciendo: -Leroux, mi querido Leroux, ¿no me reconocéis? Leroux dio un paso atrás y le miró con asombro, como si no diera crédito á sus propios ojos; reparó después en las señoras, y pareció aumentarse su vacilación. De repente exclamó con acento jovial: ¡Calle! ¿Eres tú, ciudadano Pichot? ¿Vendrás á cerrar el trato que dejamos ayer pendiente en Saint- Avit... Preciso es que tu madre, tu hermana y tú os hayáis puesto en camino antes de amanecer para estar aquí á estas horas... ¡Bueno, bueno! Tendréis vino blanco para el almuerzo, pero es necesario que nos arreglemos en el ajuste... ¡Ochenta francos el sextario en asignados! ¡Ni un sueldo más, palabra dicha! Y volviéndose á un mocetón carretero, de gorro colorado, qu- con el látigo en la mano examinaba á hurtadillas á los viajeros ¡Ea, haragán! -dijo con enfado. ¿Por qué no íe largas? ¿Qué esperas? Vamos, en marcha, y cuidado con achisparte... que llevas el trigo de la nación. -Bien está, mi amo- -contestó el carretero. Sacudió á los caballos, dirigió otra mirada de desconfianza á los desconocidos, y el carro partió. Daniel- había comprendido que la presencia de aquel carretero de rudas facciones, era la caijsa de la aparente equivocación del honrado Leroux. Pero María se mostró en alto grado alarmada de tan extraña acogida; así es que mientras el negociante se apresuraba á colocar en su puesto los sólidos maderos que servían para asegurar la portada, le dijo juntando las manos: ¡Cómo, señor! ¿No reconocéis á Daniel Ladrange, vuestro amigo, vuestro... -Sí, si, hijita- Contestó Leroux, en voz muy alta y riendo con fuerza, -tendrás seis francos en plata para comprar un vestido, si tu hermano, ese taimado de Pichof, se aviene á razones en el precio yo te lo prometo. Hasta entonces no había visto María en el, patio otros dos carreteros que estaban preparando la carga de un furgón y que miraban á los recién llegados con la curiosidad propia de los campesinos. Guardó silencio y Leroux continuó hablando con el supuesto Pichot, como si discutieran las condiciones de un trato iniciado el día precedente. Sin dejar de hablar, invitó á los huéspedes á seg; uirles y les condujo á una ala del edificio muy aseada qué él habitaba.