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EL I N G E N I O VALE M U C H O I fna espléndida mañana, en la época de la recolección, el sol brillaba como nunca, bañando con su luz dorada un mao- nífico prado esmaltado de florecillas. Un erizo, sentado á la puerta de su casa, disfrutaba tranquilamente de los encantos de aquella mañana, cuando vio llegar á una liebre que, acercándose á él, le dijo impertinente, des 3 ués de saludarlo: -i Qué vida tan triste la tuya! No puedes correr entre los matorrales ni subir al monte; siempre estás metido en esc rincón. -No lo creas- -repuso el erizo; -soy muy feliz, y disfruto como tú de las bendiciones del cielo. v ílr- -Aquí estoy hace un rato; tú qué cansada vienes, ¡pobrecita! ¿Y si me conoce? -No tengas miedo; la soberbia pone una venda en los ojos. Llegada la hora, la liebre fué á buscar á su contrincante y le encontró dispuesto á emprender la carrera, lo que la satisfizo en extremo, porque temía que aquel pobre bicharraco se arrepintiese de luchar con ella. Se desearon buena fortuna, y cada cual por su camino echó á correr; pero cuál no sería la decepción de la reina del monte cuando al llegar se encontró con la mujer del erizo, que, mirándola con altivez, exclamó: -Aquí estoy hace un rato; tú qué cansada vienes, i pobrecita! La liebre, en el colmo del furor, iba á desahogarse llenando de imprecaciones al insolente animahtcho, cuando el ruido de una carcajada la hizo volver la cabeza, y se encontró con una docena de conejos, que gozando de su derrota, la decían: -El erizo nos ha vengado; ya no dirás que á ti no te vence nadie. Con la piel roja de vergüenza se internó en el monte la pobre liebre, y desde ese día nadie la ha visto correr ni levantar la vista del suelo. MARÍA QE P E R A L E S ALA JüéM D EA -Me figuro (pie no pretenderás compararte conmigo, que soy la reina de estos lugares. ¿Y por qtié no? Cada uno tiene su mérito, según su condición. -Mira- -dijo la liebre visiblemente contrariada por las pretensiones del erizo, -voy á demostrarte mi superioridad. ¿Ves aquel árbol tan grande? -Si. -Bueno; es un nogal, y estos dos caminitos conducen á él; elige el que te parezca más corto, y á una señal mía, tú por uno yo por otro, echamos á correr, y te probaré que eres un pigmeo. Cuando yo esté harta de haber llegado, tú te habrás quedado á mitad de camino, sin aliento para continuar. -Lo veremos- -repuso el erizo. -Pero es preciso que antes me dejes dormir, para estar en condiciones de correr. Vete por ahí un rato y vuelve á buscarme. En cuanto la liebre desa areció, el erizo llamó á su mujer, y le dijo: -Es preciso que demos una buena lección á la liebre del soto vecino. ¿Ves aquel nogal? Vas á ir sin que te vean á esconderte cerca de él, y cuando la sientas llegar como una flecha, sales y la esperas al pie del árbol, diciéndola con un tono tan altivo como el suyo Cuando dejaron la corte Javier, Ramiro y Elena, ara pasar el verano en un pueblo de la Sierra, se encontraban contentísimos en su nueva residencia; no orque fuera muy sana ni porque fuera muy fresca. I orque tales condiciones, que los mayores aprecian, por la familia menuda n. o se reinaran siquiera. Bien poco los im ortaba que fuese bonita ó fea, ni que fueran excelentes sus condiciones higiénicas. ¿Qué entendían ellos de eso? Allí lo precioso era la libertad absoluta que tenían en la aldea. ¡Vaya una vida agradable! ¡Qué diferencia de ac uella metódica y vigilada que en el invierno se lleva! l apá, mamá, los maestros, la institutriz, la doncella, alguien siempre que se ocupa en lo que hacemos. ¡Qué pelmas! En cambio, aquí, ¡qué hermosura! A todas horas nos dejan salir solos á la calle, donde nadie nos observa. -Así pensaban acordes Javier, Ramiro y Jílena, si no con estas palabras, al menos con las ideas. Y copiando lo ciue hacían 12 3 4 5 6 7 8