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celos profesionales y toda la rabia envidiosa de quien se ve humillado por el triunfo aieno. Asistió á la romería de San Juan en Val de Alisas, y sus ojos, repugnantes como llagas gangrenosas, vieron que Saldaña era el preferido del público, y su éxito como tañedor de danzas, y cómo caían monedas en el henchido zurrón de badana. Y él, en tanto, apoyado contra un roble, sacaba á la gaita unos gañidos dolientes ante la burlona curiosidad de dos ó tres arrapiezos. Este tal bañóse en agua de rosas al conocer el daño que aquellas burlas hacían á su rival, y cernió el dicho en sus andanzas, aunque jamás hirió de frente al ciego con sus palabras... VI Un atardecer, negrísimo y húmedo, engendrado por un día turbio del mes de las melancolías, del tedioso Noviembre, bajaba Saldaña por el áspero atajo que salva la divisoria entre Val de Alisas y su aledaño Sel de la Noceda. Calado por la lluvia y tropezando en los sueltos lastrones de la fatigosa cambera, llegó el matrimonio mendigo á las primeras cabanas hincadas en los altos del pueblo. iJn horizonte cortísimo atajaba la vista con sus cresDones grises, y unos nubarrones gachos entoldaban los castañares asidos á sus frondas que lagrimeaban sobre la tierra, ahita de agua, esa lluvia pertinaz y mansa de los valles norteños. Toda la desoladora tenebrosidad de aquel atardecer del otoño agonizante, era riente comparada con la desolación del alma del ciego. Su mujer caminaba automáticamente, encorvada y muda, oyendo, con resisnacíón de mártir, los insultos del ciego, que parecía buscar en ellos un cauterio á las llagas del alma, y la culpaba de los traspiés y tropezones en que ella también se hería. Aquella mano que en las andanzas de antaño posar solía, amorosa y suave, sobre el hombro de su mujer, clavábase en él ahora con los dedos engarfiados, como las garras que un animal carnicero clava en la presa que teme le arrebaten. Y llegó el ciego á llagar el hombro enflaquecido de su mujer con aquella mano flageladora que ni en los descansos de las posadas ni en las comidas á la intemperie apartaba de ella sus dedos sarmentosos de férreas uñas. Tropezando los dos y jurando el ciego, deslizábase la triste pareja cambera abajo, entre las brumas del atardecer, empañados y lustrosos los andrajos y chorreando el ajuar ambulante cargado en las corvas espaldas. El ciego, cuando no juraba ó insultaba en altas voces, rumiaba silenciosamente sus pensamientos tristes v sus presagios siniestros. Al cruzar la obscura urdimbre de un castañar, cuyos troncos centenarios tomaban, formas espantables entre las negruras, un vientecillo que sacudía los goterones trajo envuelta en sus aleteos una voz femenina, aniñada y vibrante, que rompía el silencio montes con esta copla, entonada con cadencia melancólica: No le quiero desmedran, quiero un labrador buen mozo, que el árbol ruin no da sombra y, á más, le sacuden todos. ¡Ay, madre mía! quiero un labrador buen mozo que acaricie con la vista. ¡Madre del alma! para los muchachos majos se han hecho las mozas majas. I, as uñas de Saldaña se clavaron con más encono que nunca en el hombro lacerado de su compañera, y fingiendo un tronezón sacudióla rabiosamente con el brazo libre. Tembló en los labios de ella un ¡ay! desmayado y siguió bajando la pendiente ruda sin más protesta, mientras rodaban dos lágrimas silenciosas por sus flácidas mejillas. La copla sonó de nuevo, disüibnjo de Méadez Bringa. tante y borrosa, azotando los acantilados; parecía la vo del desfiladero, volandera eu las alas de la noche, con un dejo sarcástico y desolador. VII Ya era ésta bien entrada en el valle cuando Saldaña y su mujer llegaron al parador en cuyo establo y de limosna posar solían. El parador tenía aneja una taberna, que en aquella hora rebosaba de labradores y carreteros, y entre ellos apuraba una copa de caña impostora aquel deforme asturiano que tañía la gaita. A través de la gasa espesa del ambiente fétido, asomaba su rostro simiesco, mostrado á ratos en toda su deformidad por las lumbraradas de la pipa; parecía un viejo sátiro de Teniers. La mujer de Saldaña dio las buenas noches. Este, sin soltarla y de mal talante, pidió un vaso de vino para ver de apagar aquella rescoldera que aquel día sentía más enconada que nunca. Mientras el ciego apuraba el vino, ayudado de la diestra y sin soltar la zurda de los andrajos de su mujer, el asturiano hacía guiños maliciosos á la concurrencia. Si queréis divertiros oyendo rabiar á Saldaña- -dijo al oído á un carretero trashumante, joven y membrudo, -hurgarle con la majura de su mujer. El carretero, que era dado á burlas, alzó la voz desde el banco en que descansaba, diciendo: Oye, Saldaña: buena moza te llevas; me la quieres vender? En el rostro ciego de Saldaña relamnagueó la ira, pero una ira loca que no pudiendo brotar por los ojos rebosaba del pecho, contrayendo horriblemente sus facciones, y salía al fin oor la boca en horribles juramentos mojados de espumajos de rabia y baboseos de vino. Volvióse al eco de la voz y lanzó rabiosamente el vaso vacío que con la diestra asía en la dirección que le marcó la burla. El vaso runfó sobre las cabezas de los concurrentes y fué á estrellarse contra el muro denegrido, á los pies del cual se agazaparon, hurtando el golpe, el asturiano y el carretero. Arremolinóse la concurrencia sobre el ciego, que blandía la cachava sin dejar de gesticular horriblemente, y consiguieron desarmarle, mientras los autores de la burla salían fuera á celebrarla. Pero estaba Saldaña en el paroxismo de la furia, y tan ciego como de luz de cualquier sentimiento que no fuera la rabia loca de los celos; así, que. al verse desarmado, cayó sobre su mujer, y diciendo: Matándote á ti, acabará este tormento asióla del cuello y dio con ella en tierra con ánimo de estrangularla. Alzóse un gran bullicio en la taberna y á sus ecos acudió la Guardia civil, que tenía el puesto frontero, y llevóse maniatado á Saldaña, mientras su mujer quedaba en la taberna, perdido el sentido, auxiliada por la patrona y sirviendo de pasto á la curiosidad de los parroquianos... VIII Caminaron los años; la humanidad doliente que acudía á remediarse al balneario de la Fresneda, en Val de Alisas, era asediada en su vagar por los alisales por un mendigo, más envejecido que viejo, que llevaba el rostro ciego medio sepultado entre los argénteos de barbas v guedejas. Era el ciego Saldaña, que ambulaba sólo y sin violín, sruiándose con tanteos de la cachava. Ya no se alejaba del valle; dormía en el pórtico de un convento y mendigaba de día por los poblados aledaños. Era víctima de una insania mansa. Algo como una prematura chochera senil. Antes de implorar la limo. sna, con voz temblona y lacrimosa, decía á las gentes: Me la robaron porque era hermosa; era demasiado hermosa para un pobre como yo; me la robaron los guardias. Algún príncipe ó rey se enamoraría de ella y mandó robármela. Y bañaba sus mejillas, á compás de sus lamentaciones, un lagrimeo manso de sus ojos muertos. JOSÉ MARÍA. AUIMIRRE H S C A L A N T E De nuestro Concurso de cuentos. I. ema: Pena I. abra 2 3 4 5 6 7 8