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tiene objeto y tiene encanto. Estas palabras, que el malogrado Larmig pone cu boca de Miltou, el vate ciego, hubiera hecho suvas, á conocerlas, aquel otro cieg O que no era vate, pero sí rai) soda de los caminos y de las romerías. Saldaña) su mujer se unieron atados por los lazos de la desventura, y al unirse, baio las bóvetlas románicas de la parroquia de un pueblo yerto en las alturas burgalesas, hicieron una ventura de dos desventuras. Xo fué su ventura de las soñadas de color de rosa, ero sí de las vividas del color gris de la dicha fácil y humilde, entreverada de trabajos llevados con mansa resignación. El era ciego de nacimiento, v ella cx ósita, ue es la ceguera do la sangre. El i) crdió el apoyo lc sus padres, y como era inválido y desheredado, dedicóse á mendigar; ella nunca tuvo padres y mendigaba desde niña. El era de condición alegre: ella, de condición ai) aciblc y resignada, y de espíritu tan pobre, que no soñó nunca mayor grandeza para sí que la cama blanda y el puchero caliente, ni jamás la atormentaron las rebeldías que empareja frecuentemente la vida miserable. El andaría con los cuarenta, y ella pasaba de los treinta, pero la vida á la intemperie había borrado en su rostro las huellas de la edad. En la soledad de los caminos comieron el pan de la boda, y en la soledad do los caminos marcaron con cenizas apagadas y rescoldos tibios las huellas de su hogar ambulante. II En un robledo de terreno manso, aledaño de la llera de un río pródigo de cauce v avaro de agua, el Concejo de Val de Alisas festejaba en su día á San Tuan, el santo de las romerías montañesas. No falta: i Saldaña jamás á esta fiesta, aunque tuviera que i) asar caminando la noche de vispera; sacaba de ella el zurrón henchido de relieves de comidas y meriendas campestres, y el bolsillo rejjleto de monedas de cobre. Aquel día olvidaba Saldaña sus romances lastimosos y arrancaba al violín doliente una danza tartajosa; el píiblico quería bailar y Saldaña era fiel il público y atento al negocio propio. El arcaico instrumento, avezado á llevar el diapasón en la trágica cancamurria de crímenes y naufragios, era rebelde al acompañamiento del baile; por la urdimbre del robledo flotaba su chirriar ingrato, espantando los ecos huraños de las frondas agrestes. Saldaña estaba alegre; al fin de cada danza sentía el manoseo de su mujer por sus bolsillos harapientos y el alegre tintineo de las monedas al caer en sus profundidades. Saldaña sonreía, revolviendo las órbitas lacrhnosas de sus oíos muertos, v apaleaba con el arco las cuerdas del violín para arrancarle la intensidad de unas notas que asomaran sobre el reiiique del pandero que su mujer tañía y sobre los jadeos, gritos y pataleos de los danzantes. En los intermedios, algún mozo endomingado, de cara congestionada por el ajetreo, acercábase al ciego con un vaso de vino espmnoso recién espitado, y le decía: Relie, Saldaña, que todos sernos de Dios. Saldaña bebía, dejando la mitad del vino para su costilla, v el mozo escanciador, recogiendo el vaso, le gritaba alejándose: Y ahora, leña en el cstrumento. Y volvía el instrumento dolorido á cerner sus notas, hipócritamente alegres, por la huraña frondosidad del robledo. 111 Saldaña sintió caer la noche sobre la noche eterna de sus párpados, cuando tomalja la vuelta de la aldea guiado por su mujer. Los zarzales del camino estaban nevados de calambrojos, las madreselvas abrían á la noche la fuente de sus vahos voluptuosos que perfumaron el aire calinoso y) ülvoriento, y la brisa montes durmióse en las honduras del valle entre castañares y robledos. Por los senderuelos de la llera volvían los grupos de romeros, apagando con su bullicio el charloteo de las ranas, que daban sus alertas de charca á charca, aisladas por la sequía en las reliquias de un río sumido en lo profundo de las pedregueras. Todos los romeros saludaban á Saldaña al alcanzarle, algunos con chistes más ó menos agudos, y Saldaña contestaba á todos con aquella triste mueca que era la sonrisa de su rostro sin luz. Su mujer, enmudecida, con la eterna mansedimibre de la resignación asomada al rostro desgraciado, caminaba con ese paso sostenido de los pies avezados á la vida nómada. Un mozo medio borracho, que era el gracioso de un grupo, Saldaña- -le diio al cruzarse con él, -maja moza tienes; lástima que no la vean tus niesmos ojos; la mujer del ciego, ¿para qinén se afeita? Los amigos del mozo, que venían alegres y dispuestos á la risa, celebraren con un golpe acordado de ella aquel dicho imbécil y despiadado. El ciego dominó trabajosamente un impulso de su mano libre que se le iba tras de la cachava, y la pobre mujer, dócil á su es íritu apocado, ni varió el compás á su caminar rítmico, ni desplegó los labios, ni contrajo el rostro en mueca insultadora, impasible á la burla ó acaso sin tomar cuenta de ella. TV Aquel dicho imbécil y despiadado hizo fortuna y corrió por el valle por boca de los mal intencionados, como arma para motejar á aquel desgraciado y burlarse á su costa, pues comprendieron, á pesar del mal fingido disimulo, el escozor que causaba en el alma del ciego. Y en caminos y en tabernas, y en romerías mercados, ovó Saldaña mortificantes ocurrencias sobre los mentidos encantos de su compañera y comenzó á creer en ellos. Y al pensar en aquella hermosura que pisaba con él la senda trabajosa de la vida, velados para él sus encantos por la lobreguez de su desventura, pensaba también en las codicias del apetito ajeno y en su invalidez para fiscalizarlas, y perdió su condición alegre y apacible, y nublóse aquella luz que alumbraba la noche de su vida. Huyó de aquel valle v pasó á otro frontero, donde aún no hal) ia llegado el eco de la burla, pero él le llevaba consigo, sintiéndole retumbar dentro del alma, engendrando una tenqiestad de preocupaciones lacerantes. Y al lanzar sus trovas lastimeras en las plazas aldeanas, mientras su labio recitaba maquinalmente el romance, atormentábase el alma imaginando al rústico auditorio más atento á los soñados encantos de su nnijer que á la trágica relación que rimaban sus labios entre plañidos del violín desconcertado. Como mengua y se enturbia la luz celeste cuando avanza lui nublado tenmestuoso, así se nublaba aquella luz que iluminó el alma de Saldaña, velada por el nublado tempestuoso de los celos. Su vida era un largo desasosiego; tornóse suspicaz y receloso, y, siempre alerta de imaginadas asechanzas, no daba paz al cueri) 0 ni al espíritu sus vigilias eran negras V sus sueños l) rcves y más negros que sus vigilias. Ya no venían alegrías halagüeñas en un vaso de vino gustado en las tabernas del camino, sino cpie en sus umbrales sentía un ansia indómita de apurar todo el vino uc guarf ¡ar; m i) ara apagar af uella rescoldera que le abrasaba el alma. a no colmalia su amor propio de ra soda and. r. riego la atención religiosa de un au litorio aldeano, sino ue cuanto mayor era el silencio más le mortificaba, imaginando más grande la arrobación extática de (pie era objeto la hermosura de su compañera; v va, al entonar su caiitiiria las tremendas i) áginas del libro del dolor, los dolores y desastres de éste veíalos alegrías comparados con el doloroso desastre de su alma. Otro rapsoda andariego, un asturiano deforme mendicante, al son de una gaita paseaba su horrible figura bufonesca por los mismos valles y poblados que Saldaña. Sentía contra éste todo el encono de los