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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO tica ble, con la eventualidad de algún mal en- cuentro. Daniel animaba á las señoras á mostrarse fuer- tes. consi? rando que cada nueva dificultad del camino era un motivo más de seguridad. Media hora transcurrió de este modo. A pesar del tiempo perdido para salvar los matorrales y barrancos, no debían hallarse lejos de Francheville, cuando, en medio del silencio, resonó u n silbido, cuyas extrañas modulaciones llamaron la atención del guía, que se detuvo en el acto. ie llaman- -dijo por lo bajo á Daniel; -sin duda desean transmitirme algún aviso importante p a nuestra seguridad. Y se disponía á contestar pero Daniel, que preveía una nueva traición, dijo con firmeza: -No tienen ningún aviso que d a r o s y en cuanto á peligros, ninguno podemos temer en esta campiña donde la obscuridad nos protege. Así, pues, os prohibo contestar. -P e r o caballero, yo os aseguro... ¡Silencio! P o r ahí vienen... Desgraciado de vos si hacéis el menor movimiento! Los fugitivo: volvieron á esconderse entre las mieses, conteniendo la respiración. N o se podía divisar á los que se acercaban, pero se lc, oía muv próximos. U n o de ellos volvió a silbar, peroesta, vez tan cerca de los viajeros, que éstos so quedaron como sordos; Mas en vano el Manco y el Ahormándote (porcino ellos eran, en efecto) esperaron una respuesta á esta señal, porque Daniel tenía en jaque al CuriUa Y le vigilaba con sumo cuidado. Vamos! -dijo á su compañero el que había silbado. -Están demasiado lejos para oírnos. -Más probable es que n o quieren responder... Y no podemos regresar sin haber descargado las carabinas contra alguno. -B i e n pero si encontramos á. los susodichos, no vaj- as. á equivocarte y hacer fuego á nuestro pobre cura, porque le necesito para casarme con la Laborde, de quien estoy hace mucho tiempo enamorado. -Y o no me comprometo á nada- -replicó el Normándote lanzando una blasfemia. -Se la tengo guardada á ese maldito cura por haberme hecho apalear durante nuestra última expedición, y como de noche no se ve claro... ¿me entiendes? Y los dos se alejaron riendo. Los fugitivos permanecieron todavía un rato en su escondite, hasta qtíe por fin Daniel, no oyendo ya nada, dio cautelosamente la señal de marcha. E! Manco y el N omiQndote habían hablado en su dialecto, por lo que J adrange no comprendió lo que decían; pero el cura no había perdido ima sílaba: -i Pillo! -I n f a m e! -m u r m u r ó apretando los puños. ¡Ya me las pagará ese forajido! Y que ssría. muy capaz de hacerlo como lo dice. sin maldito el escrúpulo... Pero, i voto al diablo! yo seré más listo que ellos, y no nos atraparán. Y. se puso entonces en: camino con tal ardor y resolución, que- Daniel, más tranquilo respecto de sus intenciones, juzgó del caso aflojar algún tanto la cuerda de su vigilancia. Y en efecto, en todo el resto del viaje no hubo pretexto p a r a poner en duda la buena fe del guia. El auxilio de Daniel iba siendo necesario para sus dos compañeras, que, quebrantadas ya de la anterior correría, caminaban con infinito t r a b a j o llevaban el calzado em 3 apado en agua y desgarrados los vestidos por los espinos y las zarzas. María, que á falta de vigor físico, tenía la conciencia del peligro, lo soportaba todo sin quejars e pero la pobre marquesa no cesaba de géhiir, si bien no resistía á las excitaciones que Se la hacían para que prosiguiese caminando, lo cual era una gran dicha, porque una nueva rebelión por su parte habría podido agravar notablemente los peligros de la situación. Daniel las sostuvo á una y otra, las infundió valor, y gracias á él, lograron soportar sin rendirse tan crueles fatigas. P o r fin, cuando los primeros albores del día empezaban á blanquear el cielo, el CuHlla señaló con la mano en la bruma matinal el pueblo que se buscaba. A la vista de Francheville, María pareció reanimarse, y juzgándose ya en salvo, se sonreía y abrazaba; á su madre, quien la miraba sin comprenderla y seguía sollozando. P o r lo que hace á Daniel, aquella vista le sumergió en reflexiones y temores nuevos. H a s t a entonces no había pensado c ue e! apoyo con que contaba podía faltarle en el momento crítico; pero á la sazón se preguntaba con inquietud cuál sería la acogida que iba á tener en F r a n cheville; pues aunque contaba con la adhesión de L e r o u x tal vez éste temiera echar sobré sí la responsabilidad de ocultar en su casa á proscriptos escapados de la fuerza pública. Arriesgaba en: ello su cabeza, y aunque pudiera suponerse que el negociante en granos estuviera dispuesto á jugar la vida por pagar una deuda dé agradecimiento, ¿no retrocedería ante el peligro de comprometer á su familia? Además, podía estar ausente, 3 en tal caso, ¿cómo declararse á la gente de su casa? Mientras Daniel se entregaba á consideraciones tan poco tranquilizadoras, el Curilla se detuvo de repente á doscientos ó trescientos pasos del pueblo. -Ahí está Francheville- -dijo; -yo no puedo ir más allá y necesito regresar inmediatamenie al punto de donde he venido. El negociante L e r o u x vive en aquella casa grande c ue sé ve á la e n t r a d a del pueblo. E s un hombre rico y de influencia, como que abastace de trigo á los ejércitos de la República, por lo cual ciertas gentes no ponen empeño 2 X 1 rozarse con él... ¿Qué quieres decir? -preguntó Daniel. El Curilla torció la bcjca con aire malicioso. ¡Bah, b a h! Ab. solutamente nada... Mi comisión está concluida y os dejo. Ladrange le puso en la mano la moneda de oro prometida, diciéndole: -Os doy gracias por el servicio que acabáis de nrestarnos, y quisiera poder recompensárosle más espléndididamente, aunque no haya sido tal vez muy voluntario por vuestra parte. Repito qne Continuará,