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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA ponder, mientras él se mostraba muy afanoso preparando vendas, hilas y compresas. ¿D e qué prisionera hablas? -preguntó la joven con fingida indiferencia. -Aquí había dos hace poco, sin contar un joven ciudadano que las acompañaba. -i Cómo! -exclamó el Guapo Francisco con un movimiento de arrebato. -Ese condenado charlatán ha cometido la torpeza de... Pero, en fin, ¿dónde están? -No se podía sacar nada de ellos- -contestó Rosa con frialdad, -y para desembarazarme de su presencia, les he enviado á Francheville, bajo la vigilancia. del Curiüa. El Guapo Francisco hizo un movimiento tan brusco, que estuvo á punto de derribar las sillas que le servían de lecho; pero la reflexión y el dolor de la herida le calmaron en seguida. ¿Conque eso has hecho, necia? -dijo entre coíérico é indulgente. ¿Será éste otro de los rasgos de tus insoportables celos? -No hay celos que valgan... Esa gente no sabía nada ni había visto nada, y lo mejor era despedirla cuanto antes. Él Guapo Francisco hizo otro movimiento. -Sí, sí- -dijo. -Está perfectamente, y ese lindo pisaverde Ladrange se aprovechará de mi estupidez. De manera que yo he preparado esta trama, he arriesgado mi vida y la de mi gente en un negocio de que no podía sacarse provecho alguno, he sido herido y he estado á punto de que me echen el guante, ¿y todo para qué? Para sacar las castañas del fuego á ese petimetre. ¡Mil truenqs! ¡No será... Narmándote, y tú, Manco; vosotros no habéis hecho gran cosa esta noche; tomad las dos carabinas cogidas á los gendarmes y corred tras el Curilla y los fugitivos; los encontraréis en dirección de Francheville. El Normándote y el Manco se dispusieron á obedecer. -Y probablemente, Francisco, habrá que perdonar á una de las prisioneras, ¿no es cierto? -dijo Rosa inclinándose hacia el temible jefe y clavando en él su penetrante mirada. El Guapo Francisco quiso al principio luchar en energía con ella; pero poco á poco se dulcificó su mirada y dejó vagar por sus labios una sonrisa. -j Celosa! -exclamó. ¿No eres bastante linda p a r a despreciar la competencia de cualquiera otra... Pero, en fin, no quiero contrariarte... que los, niaten á todos. ¿Estás contenta? -Gradas, Francisco mío- -exclamó Rosa transportada de alegría. Y cubrió de besos la mano de. su marido, riendo y llorando á la vez, loca de alegría, de orgullo y inmediatas, y no hubieran podido dirigirse, en medio de las tinieblas, á no ser por las indicaciones del guía que caminaba pocos pasos delante. Marchaban, sin embargo, con premura, sosteniéndose unos á otros, y todos, incluso la pobre loca, parecían comprender la necesidad de poner la mayor distancia posible entre ellos y las personas que acababan de dejar. Así llegaron hasta los límites de la aldea; pero al entrar en un camino empedrado que debía llevarles á. su destino, oyeron pisadas de caballos, que se adelantaban hacia ellos á trote largo. Daniel preguntó al Curilla por lo bajo: ¿Serán los gendarmes los que se aproximan? j Pardiez! No sería imposible- -contestó alarmado el guía, y aplicó á su vez el oído. -Ellos son, no hay duda- -murmuró. ¡Escapemos! Y trató de ineterse en los plantíos que había á los lados del camino; pero Daniel, que estaba alerta, le asió fuertemente por el cuello. -No os desembaracéis así de nosotros- -le dijo; -si no nos lleváis en derechura á Francheville pondré en práctica el consejo que me han dado. Y uniendo la acción á la amenaza, apoyó el cañón de la pistola sobre la cabeza del supuesto cura, que empezó á temblar con todo su cuerpo, conservando, sin embargo, alguna presencia de ánimo para decir á media voz: -No me hagáis mal... no trato de engañaros... pero -silencio! Ocultaos, que llegan. Y se agazapó detrás de un matorral, imitándole los otros en silencio. Los jinetes cruzaron á pocos pasos de aquel sitio, sin sospechar la proximidad de aquellos á quienes perseguían, y bien pronto dejó de oírseles. En tanto que los gendarmes estuvieron cerca, Laniel tuvo apoyada la pistola sobre la frente del guía, que no se atrevía á respirar. -Está bien- -dijo por último, concediéndole un poco de libertad, pero sin dejar de espiar sus movimientos; -no olvidí f; que la menor tentativa de traición ha de costaros cara. Volvieron á emprender la marcha. Daniel, atento exclusivamente á impedir la fuga ó alguna mala pasada de acjuel tunante, no podía prestar sus cuidados á las dos señoras que le seguían con trabajo. Pasado un moinento, el llamado cura dijo al vigilante joven con tono sumiso: ¿Por qué desconfiáis de mí, ciudadano? ¿Habéis creído las torpes calumnias de aquella mujer caprichosa y arrebatada? El. traje de c ue me habéis visto revestido esta, noche... ¿Os atreveríais, después de lo que ha pasado, á insistir en tal impostura? -dijo indignado Daniel. -No os pregunto ni quiero saber cjuién sois- conducidme directamente á casa del ciudadano Leroux, en Francheville, y la única moneda de oro que poseo será para vos; pero si tratáis de hacernos caer en algún lazo, os lo repito, recibiréis en el acto el premio de vuestra odiosa traición. Siguieron caminando por medio de los, terrenos labrados, teniendo que vencer grandes obstáculos en que los viajeros agotaban sus fuerzas; pero hubiera sido poco prudente seguir el camino prac- de felicidad. v XIV LA PERSECTTCION ySaniel y María se encontraron, al salir de la casa del franco, en una calle de aldea, estrecha y, escabrosa, únicas observaciones C ue permitía hacer la obscuridad de la noches porque no brillaba luz alguna en las ventanas de las casas