Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
FOLLETÍN DE BLA. NCO Y- NEGRO visto aquí á nadie más que á vos y á esos dos hombres, cuya conducta, aunque misteriosa, no ha tenido nada de hostil para nosotros. Además, estamos bajo la amenaza de un decreto de arresto, y nuestra propia seguridad nos impondría un absoluto silencio. -Mi primo tiene razón, señora- -añadió María; -yo estoy igualmente dispuesta á prestar ese juramento, pero ¿es por ventura necesario? ¿Nos juzgáis bastante ingratos y perversos para comprometer á personas que nos han dispensado tantos beneficios? Lejos de venderlas, todos los días de nuestra vida rogaremos á Dios que las colme de bendiciones. -Las personas de quienes habláis, señorita, no tienen necesidad de bendiciones; rogad más bien á Dios que no os ponga nunca en su camino. -Pero vos, señora, vos al menos, ¿no sois acreedora á toda mi gratitud? ¿Qué me importa vuestra gratitud? ¿Qué me importa vuestra vida ni la de los demás? Si supierais que el sentimiento á que obedezco... pero dejémonos de vanas palabras y pronunciad el juramento exigido. Daniel y María juraron de la manera más solemne no revelar jamás los acontecimientos de aquella noche. Rosa, satisfecha, se volvió hacía la marquesa. ¿Y vos, señora? -dijo con aspereza. -No puede comprenderos- -dijo Daniel por lo bajo; ¿olvidáis que su razón... Pero madama de Mereville, como si hubiera querido dar con su actitud un mentís á tal afirmación, dejó brillar- en sus ojos un destello de inteligencia y respondió con dignidad: -Soy la marquesa de Mereville, señora, y debe bastaros mi palabra, que jamás he dado en vano. Difícil parecía que la irascible Rosa se contentase con este compromiso; mas sea que se sintiese subyugada por el acento de autoridad de la marquesa, ó que creyese no tener nada que temer de una pobre loca, se sonrió desdeñosamente, y, en seguida, llamando aparte á Bautista y al Curilla, habló con ellos por lo bajo con bastante animación. Parecía que éstos encontraban muchas dificultades al proyecto de Rosa, y, sobre tjdo, que temían verse personalmente comprometidos. Su resistencia exasperaba á la joven, que golpeaba con el pie el pavimento y rugía como una leona enfurecida. ¡Se hará, porque yo lo mando! -exclamó por fin con energía. -Y tened cuidado los dos con no tomarme por enemiga. ¡Ea! Asunto concluido, y ni una palabra más! Vos, Bautista, os qviedaréis, puesto que vuestros auxilios pueden ser necesarios á nuestros heridos, y vos, cura, sois ti encargado de conducir á esa gente á Francheville. Daos prisa á dejar esa vestimenta que no os conviene en esta ocasión, y marchad. El cura se quitó con disgusto su sotana. Rosa se dirigió á Daniel y á las damas. ¿Qué esperáis? -dijo con acento sombrío. ¿Queréis que los otros os encuentren aquí? Entonces sí que no habría poder humano capaz de salvaros... No os detengáis. más; se os conducirá adonde deseáis ir. Lo que sí será preciso es que estas bellas damas se tomen el trabajo de canunar á pie, porque aquí no tenemos medios de transporte, y, además, el menor ruido podría llamar! a atención de los gendarmes, que sin duda vagan aún por estos contornos... Pues qué, ¿no ando yo á pie con frecuencia por espacio de muchas horas, y cargada con mis mercancías? Y, sin embargo, también soy joven y bella... por lo menos así me lo dicen. Dirigiéndose luego á Daniel en particular: -Espero- -prosiguió- -que vuestro guía no os dará motivo de queja; pero desconfiad de él, porque es traidor y astuto como la serpiente. Si tuvieseis motivo para dudar de su buena fe, tomad esto (y le entregó un cachorrillo que sacó del pecho) no tendréis más que enseñarle este arma, porque es cobarde y os obedecerá. En todo caso, y. á pesar del traje que usurpa algunas veces, no correréis el riesgo de matar á un hombre honrado. El supuesto cura, ya en traje seglar y con su sombrero militar de escarapela, aseguró humildemente que no descuidaría nada por complacer á la señora Rosa. Cuando los viajeros acababan sus preparativos, oyóse un tenue silbido por la parte del jardín. ¡Ellos son! -dijo Rosa con un estren ecimiento involuntario. -Es preciso que no os hallen aquí... Vienen por la puerta del jardín; vosotros saldréis por la de la calle... Venid, venid... Y vos, Bautista, por vuestra vida, no abráis. hasta que yo os lo prevenga. Arrastró á las damas hacia el. portal, seguidr. de Daniel y del cura, y después de abrir á tientas, una puerta, les empujó hacia afuera murmurando ¡Daos prisa, daos prisa, y estad alerta contra las traiciones! Volvió á cerrar la puerta y fué á reunirse con Bautista el Cirujano. -Ahora id á abrir- -le dijo. Pocos minutos después entraba en la saia un grupo silencioso de siete ú ocho hombres de fisonomía siniestra y atavío miserable. Dos de ellos llevaban en brazos al Guapo Francisco, ensangrentado y con el vestido en desorden, que había recibido una herida en la pierna. Al- ver á Rosa, manifestó una gran admi; acicn no exenta de contrariedad. ¿Tú aquí, mi querida Rosa? -exclamó. ¿Quién había de esperar... ¡Gran Dios! ¿Estás herido? -gritó la buhonera, olvidando todo lo demás. -No es nada- -contestó el Guapo Francisco, á quien acababan de colocar sobre unas sillas arregladas á manera de lecho de campaña; -una bala en la carne... Bautista ecliará aquí un remiendo Ese tuno de cabo Vasseur halló traza de yolver i pescar su carabina y de largarme una rociada. Yá le he enviado á Chaqueta Verde, nuestro nsejor tirador, que se ocultará detrás de un seto para devolverle el obsequio... Pero, ¡voto á mil diablos! -añadió echando una rápida mirada á su alrededor, -i dónde está la prisionera? ¿No debía ser conducida aquí? El prudente Bautista aparentó no haber oído esta pregunta, dejando á- Rosa el cuidado de res-