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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 21- GÍON se levantó con las mejillas encendidas y lanzando de sus ojos un relámpago de indignación. P e r o la buhonera ni siquiera reparó en ello; dio im paso atrás, y, sin apartar la vista de la señorita de Mereville, m u r m u r ó con torvo acento: -i Hermosa j ¡H e r in o s a como un ángel... A h o r a lo comprendo todo. Daniel, que se había puesto en pie, dijo con viveza Señora, ignoro quién sois y cuáles son vuest r o s derechos en esta casa; pero debíais respetar mejor los deberes de la hospitalidad respecto de unas personas honradas, que se hallan en vuestro poder merced á las vicisitudes de la época. Rosa le miró con fijeza. Y vos, ¿quién sois? -preguntó rudamente. Con qué títulos, tomáis ía dífensa de esta joven? -E s mi parienta, mi- amiga... -Y o hubiera creído otra cosa al ver el calor con que la defendéis; pero aunque sólo sea. parienta y amiga vuestra, cómo decís, ¿por qué no habéis arrostrado mil veces la muerte antes que con. sentir que sé la trajese aquí? ¿Sabéis dónde os halláis? ¿Sabéis en qué manos habéis caído... Y vos, señorita- -prosiguió volviéndose á M a ría, ¿no sospecháis el objeto con que tantas personas se han expuesto á los mayores peligros? ¿N o sabéis nada? ¿N o adivináis, no teméis n a d a? ¿Y qué podría temer, señora? -dijo María con aire de profunda inocencia. -Si ha habido amigos desconocidos que han facilitado nuestra libertad. ¿qué otra recompensa pueden esperar que nuestro eterno agradecimiento... Pero cualquiera creería al oíros, señora, que todavía estamos en peligro. ¡O h! si, es así, yo os lo suplico, protegednos, porque estoy segura de que podéis liacerlo... ¡Dios mío, no comprendo nada de lo que asa en mi derredor de algunas horas á esta parte, Me parece que estoy soñando, no acierto á coordinar mis i d e a s mas, ¿por qué. se abrigan malos propósitos contra nosotros? ¿Qiié hemos hecho? Nada, poseemos, y ¡somos tan desgraciados... Hace dos días presenciamos una horrible, escena de bandidos; mi querida, madre perdió allí la razón. Después de tan terribles emociones, fuimos arrestados, y, ahora, cuando acabamos de ser libertados por una mano misteriosa, se nos anuncian nuevos peligros... Decid, señora, ¿n o somos Lien dignos de lástima y acreedores á vuestra compasión? Estas súpKcas hacían poco efecto en Rosa, cuyos negros ojos permanecían obstinadamente clavados en la señorita de Mereville. ¿N o me engañáis? -replicó con desconfianz a ¿N o conocéis á la persona que os ha arrancado de manos de la fuerza a r m a d a? -N o señora, os lo juro. Rosa reflexionó un momento. -E s imposible- -dijo, dando una fuerte patada en el suelo; -una mujer, por tonta que sea, sabe adivinar... ¡Mentís, joven! -Señora- -exclamó D a n i e l indignado, ¿os atrevéis á hablar así á la joven marquesa de M e reville? ¿Y á mí qué me importa que sea marquesa, duquesa ó reina? -contestó la buhonera con dureza. -Lo cierto es que es hermosa, sí, hermosa, y capaz de trastornar la razón de alguno cuya v o luntad jamás ha conocido freno... Vos, que la defendéis -continuó suavizando la voz; -vos, que estáis ligado á ella por vínculos más tiernos que los de un simple parentesco, respondedme por vuestra p a r t e ¿ignoráis realmente quiénes son vuestros libertadores? Daniel tuvo en los labios el nombre de Francisco el buhonero; pero un sentimiento de prudencia le aconsejaba no revelar aquella circunstancia sino en un caso extremo. Contestó, pues, qu no sabía absolutamente á quién era deudor de tan importante servicio. -O s creo- -dijo Rosa con ademán pensativo, -vos debéis tener la perspicacia de una persona, qtie ama... Pues bien, contadme lo que ha pasado cerca del río y tal vez lograré yo aclarar éste enigma. Daniel obedeció, y al llegar á la tentativa hecha por el supuesto doctor para poner á María en su caballo, se estremeció la buhonera. ¡N o hay duda! -exclamó. -Ahora veo por completo su proyecto... ¡Y estos dos pícaro. s- -continuó lanzando una mirada fulminante sobré Bautista y el Curüla- -eran los encargados dé eje- cutar este inicuo plan... Siempre se acude á élíos cuando se trata de mentiras, imposturas y bajezas. Y se puso á recorrer á largos pasos la sala, mientras Daniel y las damas esperaban con ansiedad su decisión, de íá que debía depender sil suerte. P o r fin, la buhonera se detuvo enfrente de L a drange, y le p r e g u n t ó ¿Conocéis á alguien en estos álredédore. s? -Me figuro- -respondió Daniel- -que n o debemos estar lejos de Franchéville, donde reside el ciudadano Leróux, negociante; en granos, y creó poder contar con que en Franchéville hallaríamos un asilo y buenos aniigós- ¿Q u é es Franchéville? -preguntó R o s a al Curilla. Una aldea distante de aquí una leg ía por el camino de travesía. ¿Y. conocéis ese Larnino? -Perfectamente, señora. Rosa dio algunos paseos más por la sala m a d u rando sin duda úri atrevido proyectó. Deteniéndose por fin delante de Daniel y de. lá damas, dijo con resolución: -SÍ yo estuviera dispuesta á haceros conducir; a Franchéville, ¿juraríais n o revelar jamás lo q ¡ue hayáis visto y oído esta noche? -P o r mi parte, yo no vacilaría en pronunciar ese juramento, señora- -contestó Daniel pero, ¿qué temor pueden inspiraros nuestras indiscreciones? Llegados á esta casa en una noche obscm ra, á través de un país desconocido, no hemos