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NOTAS TAURINAS y expuestos espectadores, y de una sola estocada, con esa valentía insuperable que todos, aun los que le son menos afectos, reconocen en el admirable lidiador, mató á la res, exponiendo la propia vida por salvar las de los demás. Puede el lector ima. sjinarse la ovación con que se premió aquel inmenso rasgo de arrojo. Las mismas víctimas del derrumbamiento aplaudían y aclamaban al matador, y á sus voces y á sus aplausos se mezclaban láp; rimas de agfradecimiento de todos. No habrá olvidado Machaqiiito aquella tarde. La corrida se suspendió á consecuencia de los desperfectos ocasiona- Todo es compatible, y si bien es cierto que produce deleite la fina labor de los artistas de la literatura, no lo es menos que la narración de los hechos verídicos, hecha j u s t a m e n t e por escritores de reconocida imparcialidad, nos Droporciona el placer de saborear la historia, recordar á las figuras que hemos conocido y hasta hacernos la ilusión de que volvemos á ver sobre la arena á los que se marcharon para no volver más. Uno de los libros de mi predilección e. el que, hace cerca de diez años, p iblicó el gran aficionado y escritor malagueño D. Aurelio Ramírez Bernal, que hizo popular entre la afición el seudónimo de P. P. T. Se titula el libro Los grandes sucesos de la vida taurómaca de Lagartijo, y es la historia detallada de cuanto el gran Rafael Molina hizo durante su dilatada vida de torero. Consta allí lo malo y lo bueno, y del conjunto resulta la gran figura del que fué más popular entre todos los toreros del pasado siglo. Entre lo mucho que en sus casi trescientas páginas contiene la obra, veo una relación de la corrida celebrada en Málaga el día 3 de Junio de 1877, y en ella está retratada la figura de Lagartijo: el anverso y el reverso de aquel gran artista que casi no conocía los términos medios y hasta cuando quedaba mal era grande. Toreó aquel día con Chicorro y fueron 1 o s toros d e D. Anastasio Martín. Nada de particular hizo al despachar al toro primero, sin que por bueno ni por malo mereciera pasar á la historia. Pero llegó el turno al toro tercero, grande, hasta el punto de rascarse el hocico en el borde de las tablas sin forzar la natural postura; su pelo era negro, rizado por cara, cuello y papada; la cabeza, voluminosa, y la armadura en proporción á las demás señas personales, con la añadidura de tener las puntas tan finas como si se hubieran afilado á formón y lima. El autor del libro, que presenciaba la corrida en un asiento de barrera, cerca de donde estaba el espada cordobés cuando la temible fiera salió del chiquero, dice que oyó decir á Rafael: ¡Mardita sea la vaca que ta parto! No hay que decir que en la frase encerrada en las anteriores siete palabras estaba expresado todo lo que iba á venir después. Aquel toro, además de su descomunal tamaño, tuvo la agravante circunstancia de no ser bravo, y como los picadores tenían miedo á su temible poderío, no hicieron m á s q u e romperle la piel, sin apenas hacerle sangre, en las diez varas que tomó de Julio Fernández, José Calderón, Antonio Caldercn (hijo) y Bigornia. Mariano Antón y Juan Molina, con mucho trabajo y más miedo, sólo le clavaron cuatro palos malamente, ea las innumerables entradas q u e hicieron. Llegó la hora de matar, y Lagartijo salió decidido á no arrimarse. Transcurrió cerca de media hora sin que hiciera otra cosa que dar diez ó doce muletazos con la derecha y con el pico del trapo, teniendo á ambos lados á Mariano Antón y al Gallo (José Gómez) para orevenir contratiempos. En vista de que había que matar, pues el toro no se iba á morir de risa, comenzó el hombre á tirar puñaladas y dio: una á naso de banderillas; otra igual, saliendo encunado y teniendo que tirar la muleta para correr más fácilmente y tomar las tablas, en las que cortó el viaje Francisco Molina con el sombrero; propósito de descabellar entre dos caballos muertos, sin que la fiera se prestase; un intento de sartenazo á paso de banderillas; un metisaca á toro corrido; nueva estocada á paso de banderillas; otro viaje con un tercer estoque, y un golletazo á paso de banderillas. Se echó el toro, lo levantó el puntillero, se volvió á echar y acabó todo. Rafael mandó cortar la cabeza de Cucharero y, disecada, la tuvo en su casa siempre. Cuando aquel gran torero volvía á su casa en las noches de juerga, un poco más tarde de la costumbre diaria, solía encararse con la cabeza de Cucharero, y, tras de dirigirla unos cuantos insultos, la golpeaba con el bastón, recordando indudablemente la tarde que le había dado. En el libro de Blasco Ibáñez Sangre y arena, se refiere algo parecido del protagonista, Juan Gallardo, y sin duda está basado en este hecho histórico. Pues bien, en aquella corrida y en el quinto toro, que se llamaba Cigarrero y fué bravísimo, stó- jiresentó el artista inconmensurable, el gran torero que ganó por verdaderos méritos y en noble lucha la superioridad artística sobre todos los de su época. Lo toreó con seis verónicas á la salida y remató con dos lances de espaldas. Alternó con Chicorro en los lucidísimos quites á que dio ocasión el tercio de varas y, también con José Lara, banderilleó á la res, produciendo entre ambos gran entusiasmo en los espectadores. Llegó la hora de matar y ella fué la de demostrar Lagartijo que no en balde era famoso torero. M u y cerca, derecho el cuerpo y quietos los pies, dio con elegante soltura de brazos un pase con la derecha, otro natural, uno de pecho y otro de molinete, con lo que quedó cuadrada la fiera. Entonces lió la muleta y acometió derecho á dar Un volapié sublime, que hizo caer al toro á sus plantas hecho una pelota. La ovación fué inenarrable, le fué La cruz de Beneficencia. dos en la plaza, pero no se quejó nadie de la suspensión. Lo que habían visto valía por una temporada completa. Se instruyó expediente para con: eder á Machaquito la cruz de la Orden de Beneficencia, que, como era JÓgico, le fué otorgada al bravo espada cordobés. El día anterior había lidiado Rafael una corrida de Castellones, llevando d e sobresaliente a 1 Cámara, que también figuraba en el mismo concepto en la corrida del 29. P P. CH NFLA. ANVERSO Y REVERSO J- 5 ay quien no gusta de los libros que en tauromaquia recogen fechas y relatan hechos, y pr- efieren sin duda las fantasías que producen las afortunadas imaginaciones de los literatos, maestros del bien decir.