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OaMUeJER EiGOSñ PAGINAS FEMENINAS iss: CRÓNICA DE P A R Í S MIÉRCOLES i 4 DE AG; S: 0 P arece imposible que en estos días que los cha parrones se suceden sin interrupción, la incansable fantasía de los modistos nos presente nuevos 3 originales modelos. Realmente, este año, con un bonito im crmeablc, chanclos y paraguas, nos hubiese bastado, si esc sentimiento innato en la mujer elegante n o la obligase á pensar siempre en la toilette, aun en medio de un torrente de agua. P a r a ver y admirar verdaderas maravillas de buen gusto es preciso ir á Trouville- Deauville. Allí hacen su debut las novedades de mejor tono y de la distinción más suprem. a. Los vestidos bordados son le cri du chic. P a r a ue mis simpáticas lectoras formen n n a idea, les describiré alguno de los más bonitos, y, por consiguiente, más sencillos. El primero, de liberty negro, con túnica hasta la rodilla y cordeliere de plata oscilada; el sombrero, para completar un conjunto de lo más distinguido, será de paja de Italia, con la copa de terciopelo negro y un jjájaro del paraíso. El segundo (siempre bordado á la inglesa) es crudo, cubierto de muselina de seda del mismo tono. U n a cinta ancha rose France dibuja el talle Imperio, atenuando la brillantez de su colorido se rcvoilc de muselina. La nota discreta domina en todas estas toilettes, y si una pincelada interrumpe la armonía del conjunto, se procura dulcificarla todo lo posible. El sombrero para este vestido es del mismo bordado, con havolet de terciopelo y guirnalda de pois de senteur, dentro del tono vicux rose. El tercero, y más original, es de broderie blanco soidigné en el borde, con un bies de terciopelo negro. o es posible imaginar nada más elegante que esta aparición blanca, con ligeros toquecitos negros. El mismo tercio elo finaliza las mangas y forma el sombrero, que es bastante grande, con l) lumas blancas. Difícilmente se puede ver una toilette más enlcvée. La innovación de este año va seguramente á sorprender, y quizá arranque exclamaciones de) rotesta. Se trata del manguito de broderie anglaise con volante de terciopelo negro, que las francesas han acogido con entusiasmo, adoptándolo sin vacilar, tanto por lo bonito como por lo práctico, puesto C ue protege las manos de nuestras elegantes de los rayos del sol, del aire del campo ó de la brisa del mar, que son los enemigos de su nacarada blancura, y contra los cuales resultan insuficientes los guantes, como no sean de gamuza. Sabido es la importancia que la mujer en general concede al cuidado de stts manos, considerándolas como la demostración más patente de la delicadeza de su raza, y, por lo tanto, es casi seguro que el manguito de verano sea bien recibido, y que se generalice su uso en cuanto las más decididas lo lancen á la calle. E s absurdo, y sin embargo exacto, cjue el terciopelo, con una ambición desmedida, ha querido ensanchar sus dominios, y lo ha conseguido, puesto que desde los zapatos á la sombrilla constituye la tela indispensable para la toilette de las elegantes en plena canícula. El foidard y el liberty luchan contra esta invasión, y se unen para rechazar al soberano del invierno y el o t o ñ o pero sus esfuerzos son insuficientes, porque el invasor está protegido por una diosa, aunque voluble, poderosísima, que se llama la moda. CONDESA D ARMONVILLE. REHABILITACIÓN D E L ÓPALO 1 a mala reputación del ói) alo está en camino de desaparecer. La tradición ha perpetuado una leyenda acerca de esa piedra tan bonita, de reflejos delicadísimos, que es la siguiente: Parece ser que en el año de 1700 una princesa sajona se enamoró locamente de un poeta joven, guapo y arrogante, que la declaró su amor en sonoros y sentidos versos. Una tarde, aprovechando la ausencia de su padre y el descuido (le sus servidores, abrió la puerta del jardín y dejó entrar al apuesto galán. Al despedirse se hicieron los juramentos y promesas más sublimes, y el poeta entregó á la gentil princesa una sortija con un ópalo precioso. Desde aquel día las calamidades se sucedieron sin interrupción: una tempestad de aire arrancó los corpulentos árboles y destruyó los bosques: luego v- io la plaga de un insecto desconocido y se perdieron todas las cosechas; más tarde, por efecto de una espantosa sequía, se declaró una epidemia que diezmaba á los habitantes del reino, y, por último, el pueblo se amotinó, amena, zando con prender fuego al palacio real si la princesa no echaba la fatídica sortija al mar, porque de unos en otros había corrido como una chispa eléctri ca la noticia de que la enamorada heredera poseía un ópalo encantado, y que mientras brillase en su regia mano, las calamidades no tendrían fin. Su padre la llamó, una vez enterado de lo ocurrido, y la ordenó que inmediatamente entregase la sortija; la princesa se negó á obedecer, asegurando que se moriría si se la quitaban. Ni súplicas ni amenazas pudieron convencerla, hasta que supo que el poeta había sido condenado á muerte; entonces prometió á su padre tirar ella misma la sortija al mar si indultaban al que tanto quería. Aquella tarde se dirigió, seguida de toda la corte, á la roca solitaria, donde solía ir algunas veces á contemplar la inmensidad del mar. Iba mortalmente pálida, y en sus ojos se reflejaba un dolor muy profundo. Subió á la roca; la multitud se apiñaba para cerciorarse de que cumplía lo que había prometido, y la vieron avanzar con paso firme, quitarse la sortija y, después de besarla, la dejó caer sobre la superficie Verdosa, salpicada de espuma. El arito de oro se sumergió instantáneamente, mientras que el ópalo, desengarzado, flotaba, sin que el leaje fuese capaz para separarlo de la roca. La princesa dio un grito desgarrador y se tiró al agua, que se separó para recibirla amorosamente. Al cabo de muchos años se repetía la leyenda de la