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su volubilidad y con toda su coquetería. ¿Qué había pa, 3 ado... Nadie jamás lo supo. Con la determinación de la novia coincidió- -y aun creo que la precedió- -un acontecimiento misterioso, que nunca pudo ser descifrado. El marqués, taciturno, reservado, hosco, paseó por casinos y salones su brazo izquierdo hundido en un cabestrillo. Tenía una herida en una mano: un balazo en la mano izquierda, taladrada de parte á parte. Hablóse de un desafío. Se dijo- -ofendiendo á la embargo, su cortesanía y su trato exquisito. Terminaron sus amores y sus devaneos. Murieron, para él, todas las mujeres. Y, ante esta catástrofe, anuladora del mundo y azote horrible de la vida, el marqués, si no por todas, se puso de luto por una. Por una mujer amante, agostada en flor por las tristezas y añoranzas del convento; por una mujer infeliz, que, por no haber sentido celos nunca, nunca supo lo horrible y lo avasallador que son los celos, y que, en brazos del Divino amante, á quien todos hacemos traición y á quien todos mortificamos, dejó un día dormida su ánima hermosa y pura. El marqués, desde entonces, vistió siempre de luto. De luto eterno llevó también velada su alma... III Ya sabéis lo que pasa siempre en estos casos. A lo menos, así nos lo cuentan los cronistas. Arrellanóse la condesa en una mullida butaca, retrepándose cómodamente en ella, disponiéndose á escuchar sin perder acento. Previa la galante aquiescencia de la dama, y después de apurado el último sorbo de té, encendió el marqués un aromático tabaco- -único calmante de su tos pertinaz y molesta, -y después de carraspear un poco, tomó aliento, como quien echa el pecho al agua... y dijo: -Ya sabe usted, mi querida condesa, que... ¡Ay, marqués complacientísimo! Un momento. Sólo un instante- -interrumpió la oyente. -Hace calor aquí... Un calor pegajoso... Perdone un minuto. Levantóse la condesa y tomó de encima de un mueblecillo maqueado un abanico japonés de sándalo y de concha, colocado allí como por descuido: una de las más delicadas chucherías de la salita. Volvió, rápida, á ocupar su puesto en la bordada butaca, y, deshaciéndose en excusas, suplicó al amable general: -Ahora si que no volveré á interrumpirle. Decía usted... -Pues decía, señora, que usted sabe muy bien... Y en este preciso momento, ¡ras! el ruidoso abanico de la condesa, que se abre con fragor de trueno, agitándose furioso entre su manecita de nieve. nunca pensé- -continuaba el general. ¡Ris! i El abanico maldito, que se cierra! el destino ineludible... ¡Ras! ¡Los cielos que se desgarran! sin que uno pueda... ¡Ris! i Las esferas que se derrumban! y- ¡Ras! y 1 r ti a? dama, y, por supuesto, á espaldas del marqués- -que los celos de éste no eran tan infundados como parecía. Se aseguró que el duelo había sido á muerte, y que el otro había oagado con la vida su bellaquería, dejando al marqués aquel balazo como recuerdo. Se dieron pelos y señales del sitio, de la hora, del cómo y del cuándo. Se pronunció el nombre de los padrinos... Y como resultado final de todas estas cabalas y de todas estas conjeturas, se sacó en limpio que nadie sabía nada. El marqués era una tumba. La discreción no permitía tampoco evocarla, siquiera fuera inútilmente. Cambió el marqués de carácter, conservando, sin Dibujos ele Míndez i; ringa. ¡Ris... El infierno que cargue con el abanico horrible y con el nipón pringoso y hediondo que lo decoró, y hasta con el estúpido que lo arrancó de Tokio para traerlo á los Madriles... ¡Imposible oír un concepto! i Dificilísimo pescar una sílaba i Hablaba el marqués reposadamente, correcto, comedido... Asentía la condesa, haciendo aspavientos de admiración, de duda, de asombro, de desencanto... ¡ella sí que se enteraba de todo... y el aborrecible, antipático, desesperante chirimbolo, erre que erre, ¡y tan írre que erre! -con sus ¡ris! ¡ras! ensordecedores, horrísonos, procelosos... ¡Oh, desesperación... ¡Ni una palabra... La revelación debió de llegar al ápice de su intensidad emocionante... Acercóse el general á la condesa... Inclinóse ésta un tanto, y absorta, transportada, fué debilitando la amplitud y la fuerza del ruidoso vaivén hasta dejar caer el odiado abanico sobre sus rodillas. Y entonces, sólo entonces, pude pescar al vuelo estas palabras anodinas, sin sentido, últimas de una dolorosa y verídica historia que, por no haberla oído, no puedo contárosla... El marqués, balbuciente, decía: ...y como vi que nadie, sino Dios, podría castigar tal felonía, yo, perfectísimo caballero, levanté esta mano, que, en vertiginoso rapto de celos, tan injustos como rabiosos, había oprimido aquel cuello de nieve... y rae la traspasé de un pistoletazo... VictNTE D Í A Z Dfc T U J 4 D A De nuestro Concurso de cuentos. Lema; Tríptico