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herida que me pone nerviosa, que va á poder conmigo... ís usted una curiosona terrible, condesa. -i Impenitente! -Porfiadilla... ¡Rabiosa! -V a usted á hacerme olvidar la promesa- -Ii cha á mí mismo, -y voy á tener que cantar de plano... -i Ay! i Gracias á Dios I Mire usted, marqués, esto es muy raro, rarísimo... Yo no soy cur oad, no lo he sido nunca... He d ver el pico de una carta asomar por el bolsillo de la levita de mi marido, y he de ver que está escrita con letra de mujer, y allí se estará la carta, sin miedo de que yo la toque... Un paquetito, atado con un cintajo, conteniendo un reg alo para mí, para mañana, permanecerá toda la noche en mi tocador, sin que j- o lo abra y lo examine... Una historia resbaladiza se me puede referir sin que vo pregunte quién es ella. Ya ve usted si es virtud... Pero, amigo mío, esa herida de usted, esa cicatriz- -catisa de su permanente celibato, segtm usted ha dicho, -ese balazo en la mano izquierda, me aguijonea, me punza, me quita el sosiego... ¡No me deja vivir! Haga usted la obra de caridad de sacarme de penas, marqués de mi alma... Yo seré una tumba, una cripta... una pirámide faraónica, sin clave que permita descifrar sus jeroglíficos... -Es usted deliciosa, condesa. ¡No, por Dios! ¡Deliciosa no! Llámeme usted insoportable, pelma, como dice el chulón de mi marido, cargante, pegajosa... ¡Vaya! Voy á tener que desagraviar á usted de usted misma. Nada, que claudico, que ca itulo, que me rindo... ¡que cedo! ¡Marqués! ¡Ea! ¡Allá va la historia... -i Ay, por Dios, un momento... i Qué nerviosa estoy... Espere, espere un instante... ¿Dónde he puesto yo mis sales... ¡Qué emoción... Pero, ¿de veras, marqués... ¿De veras... ¡De veras, condesa! -Soy toda, todísima oídos: i una esponja que oye por los ojos... ¡Qué disparate... -He de empezar por recomendarme á la r. bsoluta discreción de usted... ¡Muerta! -A su reserva... ¡Enterrada I- -A su silencio perpetuo... ¡P u l v e r i z a d a pul- vis, nihil... -A su... ¡Marqués, por Dios, que revivo... i Que me resucitan mis nervios... -Se trata de una torpe acción de mi vida; de un hecho insólito, vergonzoso... Revolver estas cenizas es para mí tan doloroso como arañar la llaga privada de epidermis... Mi nombre, esclarecido siempre, está empañado por el borrón de esta infamia, indigna de tm caballero... ¡Marqués, por Dios! Casi me da miedo... Quizá cometa una indiscreción imperdonable... Un verdadero abuso... Me dan ganas de volverme atrás... -Sólo yo y usted, condesa- -y perdone usted las exigencias de la cronología, -conoceremos este secreto... -No, marqués, no. Devuelvo á usted su palabra... ¡lienuncio... ¡renuncio... ¡Perdóneme... -De este secreto bochornoso, que es el dogal de mi vida... ¡Uasta! ¡No me cuente usted nada... He sido una loca, tma imijcrtinente... -De este secreto... -i Que no! ¡Que no quiero! ¡Que me levanto; que lo dejo solo; que me voy... -No, amiga mía, no. No es para tanto. Tranquilícese usted, que daré fin al melodrama. He querido mortificar á usted un poquillo... Veo que, efectivamente, no es usted curiosa; que puedo confiar en su buena amistad, y como prueba de mi segu- ridad absoluta en su discreción de usted, allá va! a historia. ¡Respiro! i Qué susto me ha hecho usted pasar! -Comienzo. n Así, durante una neblinosa tarde de invierno, de esas tardes que se ha dado en llamar grises, de cielo de plomo, de calles enlodadas, de aceras resbaladizas y de cristales empañados, en el amable y tibio ambiente de un primoroso gabinetito japonés atiborrado de lacas y de nácares, de ídolos y de sederías, de monstruos de pesadilla y de marfiles de ensueño, ante los rojizos resplandores de una artística chimenea devorada de tueros crepitantes, departían amigablemente mientras saboreaban la aromática mfusión, tan cara á los pueblos orientales, la encantadora condesa de Nestares y el bizarro- -es de ene, -bizarro general marqués del Izarilla. La condesa, mujer de gran talento y de una labia y una declarativa célebres en la corte, era extraordinariamente simpática, correctísima, y pasaba por hermosa, aunque bien mirada, resultara fea. Fea, sí; perdonadme la palabra, pero es justa. Verdad es que la blancura y sttavidad de sus carnes optilcntas resaltaban con el rizado ébano de sus cabellos; cierto que sus dientes eran perlas; que sus orejitas eran un encanto: dos copos de nieve y de rosa... pero sus ojos eran pequeñillos y escondidos bajo los párpados grosezuelos: su nariz, un poquillo irregular y un tanto abultada, y su boca, rasgada, hundida, de muy corto labio superior y de ¡jrominente mandíbula, prognata... Recordaba las de los Austriás... Signo de energía, de dureza. El marqués era un sesentón muy bien conservado, alto, enjuto y tieso. Mostraba con orgullo su aún negro bigote rufo, coquetonamente salpicado de discretísimas canas, certificantes de la ausencia de todo menjurje teñidor y embustero. En cambio, la ca eza, la cabeza sí que era una ruina, tm marco de plata, orillando una calva tersa, olímpica. Hombre originalísimo era el tal marqués; correcto y atildado, galanteador exquisito y comedido, militar valiente y pundonoroso, rico, mundano y solterón empedernido. Jamás se le habían conocido amores, ni pudo nunca colgársele el más liviano pasatiempo. Era un misógino furibundo; y de la más exaltada ginecomanía- -allá en sus verdes años- -había pasado á tma misoginia desconsoladora, á tm anafroditismo absoluto. He dicho, y he dicho mal, cpic no se le habían conocido amores al mar ués. Quise decir nuevos amores, pues, en realidad, había sentido arder en su pecho la llama del amor cuando rayaba ya en los treinta años. Había amado, sí; y, por lo visto, de un modo absorbente, devastador, devorante. Tocóle en suerte una muchacha divina, rica, noble, irresistible, una de esas mujeres que dominan, que subyugan con el solo imi) erio de su belleza. Pero ¡ay! qtie como suco de tan apetitoso bocado, tenía la niña una tal cantidad de coquetería refinada, tma inseguridad de carácter, una volubilidad y una ligereza capaces de desconcertar y de volver loco al hombre más equilibrado y ecuánime del universo, cuanto más al impulsivo y vehemente marqués del Izarilla, especie de piroxilina amorosa, en espera siempre del fulminante que había de hacerlo estallar, volando hasta las nubes. Las escenas violentísimas provocadas por los celos rabiosos del marqués, basados en flirteos inocentes, pero irresistibles de la damisela, eran el pan de cada... hora. Rompíanse las relaciones cada semana, para reanudarse cada ocho días, pues ella, realmente, estaba enamorada de él, y él no podía vivir sin ella. En la alta sociedad- -medio ambiente de los novio. s- -no se hablaba de otra cosa: Izarilla ha tronado. Izarilla ha vuelto á tronar. Izarilla ha tronado de nuevo... Aquello era una tormenta continua. Y un día tronó, en efecto, y tronó para siempre. La novia se metía monja; digo, se metió monja, y dio en las Huelgas con todo su flirteo, con toda