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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO -Señor doctor- -dijo con tono agridulce, ¿no podríais dejar en paz esas herramientas, mientras estas buenas señoras oyen las palabras de la sabiduría? -Señor cura- -contestó Bautista con perfecta seriedad, hemos tenido algunos heridos allá hacia la barca, y me preparo á vendar las llagas del cuerpo con igual celo y caridad que vos ponéis en vendar las del alma. Esta respuesta pareció aplacar él resentimiento del cura, que dirigió una sonrisa á Bautista, y ce disponía á reanudar su disciirso, cuando se oyó á la parte exterior una voz melodiosa, una voz de mujer, que en la canturía peculiar á los industriales callejeros, decía: ¡Hilos! i Cintas! j Pasadores ¿Q u i é n los compra? Estas voces habían sido dadas con precaución; pero atendiendo á la hora, á la obscuridad y al aislamiento del sitio, tenían un carácter algo cho, cante. El Curilla y Bautista se quedaron petrificados, el uno con la boca abierta y el otro dejando caer el instrumento que tenía en la mano. Ambos aplicaron el oído. ¿Quién compra cintas, agujas, pasadores? -repitió la voz más cerca. Y una campanilla, agitada suavemente, sonó en el interior de la casa. Las señoras no se manifestaron alarmadas por aquel incidente que, en último caso, no podía anunciar un enemigo muy temible; pero el doctor y el cura se habían acercado vivamente uno á otro y sostenían en voz baja un animado diálogo: -1 Ella es! -decía Bautista con inquietud; -es Rosa, no hay que dudarlo... ¿Quién diablos podía esperar verla aquí esta noche? -Y es preciso abrirla, porque no gasta bromas. -Sí, pero si entra, tendremos escenas de que tú y yo no saldremos muy bien parados. Lo mejor es no chistar, y de ese modo acabará por creer que no hay nadie en la casa. Pero la voz y la campanilla se dejaron oír de nuevo. -Para insistir tanto, preciso es que la astuta mozuela esté segura de no engañarse- -dijo el cura. ¡Ea, no hay que vacilar... Voy á abrir por el lado de la calle, y se arreglará como Dios quiera... Digo lo que tú, Bautista: ¿por qué nos dejan en este pantano? Y salió. Bautista, de pie en medio de la sala, escuchaba con ansiedad. -Pero ¿qué es lo que ocurre? -preguntó Daniel. -Nada, nada- -contestó el cirujano; -pero podría suceder que la persona que va á llegar... como tiene á veces ideas tan extravagantes... Por eso yo rogaría á esta linda señorita que se echase sobre la cara el capuchón de su manto. ¿Y por qué? -preguntó María sorprendida. -Haced lo que os digo, que es por vuestro bien. La joven obedeció, y Daniel qtiiso también pedir explicaciones. ¡Silencio! -dijo el doctor. Oyóse en la calle murmullo de voces y poco después en el portal. El Curilla hablaba en voz baja a u n a mujer, que contestaba en tono altivo y colérico. Poco á poco fueron haciéndose más inteligibles las palabras, y se oyó decir á la desconocida: ¿Qué significa ese cuento ridículo? ¿Creéis engatusarme con esas palabras melosas que sacáis yo no sé de dónde? ¿Por qué vos y ese haragán de Bautista no habéis abierto más pronto? Ea, dejadme pasar, que estoy cansada y tengo gana de sentarme. Sin duda su interlocutor quiso hacer alguna objeción respetuosa, porque la recién lle. gada replicó más alto: -yNo creo una jota de todo eso, y os haré sacudir de palos en ocasión oportuna, á pesar de ese pingajo negro con que tanto gustáis engalanaros... El ir á preparar una emboscada á los gendarmes, ser el primero en atacarlos, arriesgar la vida de su gente, ¿y todo para qué? ¡Para rescatar ex nobles y realistas que van á la cárcel! ¡El, tan prudente y tan sagaz, irlos á traer á la casa de uno de nuestros francos más adictos! Por todo el oro del mundo no hubiera él hecho semejante cosa, á menos que no se haya transformado por completo en los ocho días que hace que no le veo... Pero, ¡qué idea! -prosiguió con aire pensativo, -si acaso entre esos nobles hubiese... ¡Oh, quiero verles; enseñadme esos aristócratas al instante! El Curilla intentó todavía apaciguar á aquella mujer é impedirla que pasase más adelante; pero ella le rechazó y entró bruscamente en la sala. Rosa, puesto que así era como la llamaban, representaba unos veinticinco años. Era pequeñita, pero robusta y bien formada. Sus facciones, aunque algo atezadas, eran de una belleza notable, y sus negros ojos, coronados de cejas atrevidamente dibujadas, brillaban con el fuego de la exaltación que en aquel momento la dominaba. Consistía su traje en un vestido de tela de Jouy y un pequeño delantal de seda listada, que revelaban una refinada coquetería. Llevaba en la cabeza un sombrero de paja fina, de anchas alas, del que caían profusamente ensortijados cabellos. Hasta el calzado, aunque fuerte y hecho expresamente para largas jornadas, daba cierto aire de elegancia á sus menudos pies, realzados por una pierna cuyos finos contornos se diseñaban bajo una media azul con listas encarnadas. Llevaba al brazo una caja ligera, provista de los objetos de su tráfico, que dejó sobre una silla al entrar en la sala. El cura y Bautista estaban como en un potro delante de aquella joven y bajaban la cabeza como criminales pero ella no se dignó siquiera mirarles y fijó toda su atención en los viajeros. Daniel y la marquesa sólo la inspiraron un vago sentimiento de curiosidad; pero cuando reparó en María, que permanecía retirada en la sombra, velado el rostro por el capuchón de su manto de viaje, frunció las cejas y dijo con altanería: ¿Quién es esa dama que tanto se recata. ¿Qué teme de mí? ¿Tan fea es, ó tiene sus razones para no ser conocida? Y como María no respondiese, Rosa, acercándose á ella, apartó con un rápido movimiento el capuchón que la cubría. Tal ultraje sublevó el orgullo de la joven, que Continuará.