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-iimiin- III 11 i- LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA ¿Qué, estamos por ventura en un pueblo? i Queréis decirme su nombre? Antes que el doctor tuviese tiempo de contestar á tan embarazosa pregunta, dijo una dulce voz: -No tengáis inquietud alguna, hijos míos, y recuperad vuestro valor, porque estáis aquí baj. o la salvaguardia de la virtud. La persona que había abierto la puerta exterior y que acababa de entrar en la sala, era un hombre como de cincuenta años, vestido con una sotana negra, bastante deteriorada. Daniel y sus compañeros se quedaron sorprendidos al verle. ¡Un sacerdote! -exclamó Ladrange; -un venerable sacerdote que, asediado por las persecuciones, se oculta sin duda en esta casa... ¡Oh! Entonces no debemos ya alimentar ningún temor. María, que se había puesto. en pie, dijo con energía, juntando las manos: ¡Padre mío, padre mío, yo os lo suplico, amparadnos! El hombre de la sotana, aunque al parecer algo cortado por la viva impresión que su presencia había causado en los circunstantes, respondió con gravedad: ¡Basta, hijos míos! -No es prudente en los tiempos que corremos... ¿Qué protección podría yo concederos, cuando para mí propio la he menester... Sin embargo, confiad en mí, que no os abandonaré. Bautista el Cirujano estaba, á pesar de su perversidad, asombrado del cinismo de su camarada, á quien lanzaba miradas coléricas; pero el supues- to cura no se dio por entendido, y únicamente al pasar por su lado, dijo por lo bajo con acento burlón: -Tan cura soy yo como tú médico; conque déjame en paz (i) Y empezó á prodigar á las damas vulgares frases de consuelo, en tanto que el médico, después de hacer un movimiento despreciativo, se puso á inspeccionar los instrum entos de su bolsa de curaciones, que había extendido en un ángulo de la mesa. Daniel no tardó en notar en la charla del supuesto sacerdote ciertas expresiones triviales y malsonantes, que, unidas á la fisonomía baja y vulgar del hombre de la sotana, no podían dejar duda alguna acerca de su condición. Ladrange, al descubrir tal impostura, tuvo que violentarse mucho para ocultar el horror y el disgusto que le inspiraba; pero su posición y la de sus parientas le imponían una extremada prudencia. Así es que no se atrevió á decir una palabra, contentándose con advertir, por medio de una seña, á María, que al parecer había ya empezado á sospechar la verdad. Mientras el falso cura proseguía su rastrera perorata, escuchándose con fruición, Bautista el Cirujano revolvía las pinzas y escalpelos de su bolsa de una manera tan ruidosa, que el hombre de la sotana acabó por perder la paciencia. (1) El carácter del Curilla como el del Guapo Francisco Bojo de Auneau Tuerto dé Jouy y Bautista el Cirujano son históricos. Véanse las piezas oficiales del proceso de la toanda de Orgeres, siete tomos en 4. Chartres he concebido y ejecutado el plan de esta empresa, pero no se me ha debido dejar sólo en el último momento, para habérmelas con más de uno... No es mía la falta. ¿Ha vuelto alguno de los nuestros? -Todavía no. Preciso es que haya habido tropiezos allá por el llano... No sería malo que fueses á ver lo que ocurre. -i Gracias! Eso no es de mi competencia. Cuando intervienen la pistola ó el puñal, yo me echo á un lado, por aquello de cedat armis scientia. ¿Está el franco en la casa? -Se guardaría bien de permanecer aquí, sabiendo que íbamos á venir. Así es que ayer salió para la ciudad, de manera que estamos aquí completamente solos. Esta conversación había pasado en voz baja; pero, además, estaba salpicada de expresiones estrambóticas, que la hubieran hecho ininteligible para Daniel y las damas, aunque hubiera llegado distintamente á sus oídos. Sin embargo, las sospechas de Ladrange iban tomando cada vez más cuerpo, y toda la penetración de su espíritu estaba en juego. Después de atravesar á tientas el jardín, llegaron á una habitación que, según podía juzgarse en la obscuridad, tenía apariencia de una linda casa de recreo. Parecía aislada y la calma más profunda reinaba en los alrededores. Entraron en un portal obscuro, y uno de los guías, abriendo una puerta lateral, introdujo á los recién llegados en una salita limpia, bien arreglada, y cuyas ventanas estaban herméticamente cerradas con dobles postigos. El lustroso pavimento, los muebles de nogal, las sillas de caña, las cortinas blancas, todo revelaba un propietario cuidadoso, bien acomodado, amigo del orden y dé la comodidad. Las paredes estaban adornadas de estampas piadosas, colocadas en cuadros negros de madera; pero como quiera que en aquella época los grabados á que aludimos podían ser un tanto peligrosos, el timorato dueño de la casa había mezclado entre ellos varios otros que representaban sucesos y emblemas revolucionarios. Un solo candelero alumbraba aquel interior apacible y tranquilo, pero ninguna rendija dejaba filtrar al exterior el más pequeño rayo luminoso, y la casa debía parecer totalmente deshabitada. El aspecto de aquella elegante pieza, en oposición con los lúgubres cuadros que acababan de herir sus ojos, tranquíHzó algún tanto á los viajeros. María exhaló un suspiro de consuelo y la marquesa se dejó caer en una silla con evidente satisfacción. Daniel preguntó con acento inseguro: -i Es esta vuestra casa, ciudadano doctor, y podemos ya considerarnos libres de todo peligro? Bautista el Cirujano, que en un abrir y cerrar de ojos se había desembarazado del capote y botas altas- con que se había presentado á los gendarmes, respondió con una sonrisa particular: -Estáis en casa de un hombre que pasa por el más honrado de toda la comarca y no pensarán en venir, á expulsaros de aquí. Pero, sin embargo, no habléis muy alto, porque Vasseur y sus jinetes deben estar todavía en el pueblo.