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Y se encorvó hasta quedar completamente cubierto por las mieses. Daniel y María le imitaron, pero la marquesa se resistía tenazmente á los esfuerzos que hacían su hija y sobrino para decidirla á adoptar la misma postura. -Yo no quiero estar más aquí- -dijo en voz alta; -yo no quiero correr por los campos en medio de la noche. ¡Que acerquen el coche! ¡Que vengan á mi lado los lacayos! Estas palabras, pronunciadas con acento animado, resonaron en medio de la calma de la noche, y la pobre insensata seguía obstinadamente en pie. -Hemos fracasado- -murmuró el guía disponiéndose á huir; ¡la loca lo ha echado todo á perder! Daniel suplicaba á su tía que se ocultase, pero no lo conseguía; por el contrario, se preparaba aquélla á hacer un llamamiento directo á los perseguidores, cuando María, cogiéndola una mano, la dijo con acento de desesperación: -i Silencio, madre mía! Nos persiguen... ¡Silencio, ó antes de ocho días, tal vez, vos y yo moriremos en la plaza pública, como mi desgraciado padre! El remedio era violento, pero surtió efecto. Aquella terrible frase penetró en la embotada inteligencia de la señora de Mereville. La infeliz mujer palideció; un estremecimiento convulsivo recorrió sus miembros y se dejó caer casi moribunda en los brazos de su hija. La resistencia de la marquesa atrajo la atención de los jinetes, que hicieron alto de repente. -Cabo- -dijo uno de ellos, á quien Daniel reconoció por el gendarme que le había prestado los primeros socorros en la granja del Breuil, -se oye hablar allí detrás de aquel campo de trigo, y me ha páíecido ver que se movía alguna cosa. Quietos! -contestó Vasseur con impaciencia; -los astutos mr Vados que nos han jugado esta mala pasada, intentan atraernos á esos terrenos Cultivados, y empapados de agua llovediza donde se hundirían nuestros caballos; 3 ero no hay que dejar el camino trillado... Mañana buscaremos las huellas de esos guapetones, algunos de los cuales llevan señales mías, y, por lo menos, uno está gravemente herido. Lo que urge ahora es apoderarnos de nuestros prisioneros, y lo primero que hay que hacer para esto es guardar escrupulosamente las avenidas del pueblo... C o m o queráis, mi cabo- -replicó el otro; -pero mientras buscamos á esas pobres gentes, yo rogaré á Dios que no las encontremos; al fin y al cabo, no son malhechores, y me parece que no habría gran inconveniente... -Tienes buen corazón, hijo mío- -interrumpió el cabo; -pero quedarás arrestado por ocho días cuando volvamos á la gendarmería, para enseñarte á interpretar de ese modo la consigna. Todo lo que tengo daría yo por saber que esas pobres señoras y ese excelente joven estaban exentos de riesgo; pero me estrangularía con el cinturón de mi sable antes que favorecer la evasión de presos confiados á mi vigilancia; es cuestión de honra para nosotros. Ea, pues, basta de conversación y prosigamos nuestras exploraciones, que mañana será otro día. La tropa se alejó. Los fugitivos seguían acurrucados en el rastrojo, pero tan luego como se aleió el ruido se levantó el doctor. -Marchemos- -dijo; -se habla de hombres heridos, y seguramente necesitarán por allá de mí... Vamos, y, ¡prudencia! porque, ya lo- habéis oído, no os tocaría mejor suerte que á nosotros. Pusiéronse de nuevo en camino á paso acelerado. ¿Os negáis, pues, á darnos á conocer nuestros libertadores? -preguntó Daniel al guía, después de una pausa. -Pero ¿qué os importa? vuelvo á decir. -El hombre generoso que dirige esta trama, i sería acaso cierto buhonero, á quien he conocido no ha mucho? -Si lo sabéis, ¿por qué lo preguntáis? Yo nada puedo deciros, y más tarde os lo expHcarán si quieren. -Pues bien, doctor, una palabra no más; creo que nos conducís al pueblo de que hablaba hace un instante el cabo; ¿no teméis que las pesquisas de la gendarmería... -No tengáis cuidado, que los que me ocupan son más astutos y más fuertes que el mismo cabo Vasseur; pero no os molestéis en averiguar la verdad, porque no lo conseguiríais. Daniel no se atrevió á insistir, aunque sospechaba vagamente un peligro mayor que el que acababan de evitar él y sus compañeras; pero nada dijo, temeroso de inquietar á María, que se consideraba al presen, te dichosa por haber alcanzado su libertad, y caminaba con paso firme. En cuanto á la marquesa, todavía impresionada con las fatídicas palabras de su ja, guardaba silencio y se dejaba conducir como un niño. Pasado otro cuarto de hora, se vieron detenidos por un obstáculo, fuese tapia ó edificio, que la profunda obscuridad de la noche impedía distinguir; pero el doctor, sin mostrar vacilación, llamó varias veces, de una manera particular, á una puerta invisible. Inmediatamente, una voz recatadp respondió del otro lado: ¿Eres tú, Bautista? -Yo. soy. ¿Y la traes? -La traigo... Y él, ¿ha vuelto? -Todavía no; pero no puede tardar. La puerta se abrió; el doctor cogió al azar la mano de una de las personas que se hallaban á su espalda, y como éstas no se separaban ni un segundo, las introdujo á todas en una. especie de huertecillo. El habitante de aquel lugar exclamó con acento de sorpresa é inquietud: ¡Dios de bondad! Pero, ¿en qué estás pensando, Bautista? ¿De dónde traes tanta gente? ¿No se había quedado en que dejarías al hombre y á la vieja que se arreglasen como pudieran y que sólo la chicUela... -Se hace lo que se puede y no lo que se quiere. Yo soy, poco más ó menos, tan valentón como t ú