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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 2 Í. CONTINUACIÓN -Caballero- -le dijo con afectuosidad, -mis rría entregarme á los que nos persiguen, que separientas y yo os debemos eterno reconocimiento pararme de mi madre... Daniel, mi querido Dapor el servicio que nos habéis prestado. Cuando niel, ¿no venís á socorrerme? os vi hoy acercaros al cabo Vasseur, tuve una Ladrange se apresuró á intervenir. vaga sospecha del proyecto que habéis llevado á- -Ciudadano- -dijo con entereza, -puesto que cabo con tan feliz éxito... esta señorita rehusa tan terminantemente el auxi- ¿Y de qué provenía esa sospecha? -pregun- lio que la ofrecéis, es preciso respetar su voluntad. tó con un ligero acento de inquietud el doctor. -Arrancó á la joven de los brazos del jinete, cu ¿Me conocéis acaso? yas fuerzas estaban agotadas, y la dejó con sua- -No, aunque tengo idea de que alguna vez vidad en tierra. El doctor, cual si acabara de fracasar un senos hemos encontrado... pero yo nó sé qué precreto proyecto, lanzó una horrible blasfemia, más sentimiento me advertía... -Dejemos eso- -interrumpió el doctor prestan- propia de un bandido que de un sencillo camdo oído á los gritos que no cesaban; -decidida- pesino. En seguida pareció reponerse y se apeó mente los nuestros han sido derrotados, ó han del caballo. creído tal vez que estamos ya lejos... No pode- -rSi ello ha de ser- -dijo como si hablara mos permanecer aquí. para sí, -iremos todos á pie... Están los tres, engarzados como las cuentas de un rosario. Voy -Marchad y os seguiremos- -replicó Daniel. -Y que todas las bendiciones del cielo os re- á llevarlos allá y que se arreglen como quieran. Mientras así murmuraba, había ido atando, la- ompensen de vuestra generosidad- -murmuró brida al arzón de la silla y recogiendo los estriíaría. El médico montó á caballo, y antes de partir bos; hecho lo cual, dio una ligera palmada al caic incHnó para ver mejor á las señoras de Mere- ballo, diciéndole: ville, que se apoyaban una en otra llenas de mie- -Ea, Bucéfalo, busca tu camino. do. Después de un momento de examen, dijo con El inteligente animal, acostumbrado sin duda urbanidad: á esta laniobra, enderezó las orejas, relinchó y- -Mi caballo es manso como un cordero, y partió al punto en dirección opuesta al sitio en puedo llevar conmigo á una de estas señoras. Te- que se hallaban los gendarmes. A poco rato su nemos aún que caminar por medio de los campos, esbelta forma desapareció en las tinieblas. cual será muy fatigoso para ellas... Empezare- -Y ahora, nosotros en marcha- -dijo el doclos por esta joven señorita que parece tan débil tor, cuya voz había recobrado su tranquilo acento; -bastante tiempo hemos esperado. delicada; después tocará su vez á la madre. Pusiéronse en camino con grandes precaucioEsta cortés proposición excitó la desconfianza e María. Su instinto de mujer la decía que al, nes, marchando delaxte el doctor para explorar ceptar la invitación quedaba á merced de, un el terreno y marcar la ruta, y siguiéndole los fulesconocido, que no tendría más que espolear su gitivos, cogidos del brazo y estrechándose unos abaIlo para llevarla lejos de sus amigos. Así es contra otros, no tanto para preservarse de alguna caída en aquel terreno tan accidentado, como, que rehusó sin vacilar. -No quiero dejar á mi madre y á mi p r i m o para precaverse de cualquier nueva tentativa de contestó; -soy fuerte, tengo valor y caminaré separación. La obscuridad era tan profunda, que nada se veía á dos pasos de distancia, pero el guía como ellos. ¡Ea! -exclamó el doctor con impaciencia. -conocía perfectamente la localidad y marchaba sin No es ésta la ocasión de entregarse á frivolos vacilación. escrúpulos. Subid, os digo; se acercan, y ya deAsí prosiguieron durante un cuarto de hora. beríamos estar lejos. Las voces habían cesado por la parte del. río, ¡No! ¡No! ¡Jamás! y sólo, de vez en cuando, se oían en distintas diSin escucharla, el oficioso personaje la levantó recciones cuchicheos, llamadas misteriosas y sil- eii sus brazos por un movimiento súbito, y se bidos. El doctor se detenía con frecuencia á esdispuso á colocarla en la delantera de la silla. cuchar y después emprendía de nuevo la marcha María dio un grito; pero no obstante, el jinete con ardor. continuaba en su propósito y la retenía á pesar de La obstinada reserva del médico empezaba r su resistencia. inquietar á Daniel. ¿A quién debían su libertad? La marquesa, que hasta entonces había perma- i Adonde les conducían? ¿Qué pensaban hacer con necido como alelada, no sabiendo lo que se quería ellos? Estas eran las ideas que le preocupaban, y hacer con ella, se estremeció al grito de su hija aprovechándose de una parada, dirigió al descoy la agarró á su vez por los vestidos. nocido nuevas preguntas sobre este particular. ¡Dejadla, villano, miserable! -dijo con acen- -j Chist! -contestó el doctor aplicando el to colérico. -Es la señorita de Mereville, es no- oído. -Vienen por este lado. ble. ¡No la toquéis, ó llamaré á los criados y os En efecto, oíanse pisadas de caballos y voces en haré castigar como merecéis! un camino poco distante. Caballero- -decía María con tono suplican -Es el cabo- -murmuró el guía; -rprónto, oculte, -dejadme, que yo os seguiré á pie. Mejor que- témonos y no chistar.