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45 C siempre á lo justo y lo bueno gran inclinación mostró. Jamás vio desgracia ajena sin sentir gran compasión, ni ser débil oprimido sin mediar en su favor. No era el espejo del alma aquel rostro, no, señor, y el refrán que lo asegura esta vez se equivocó. Volvía una vez del campo cuando el hombre se encontró á tres muchachos del pueblo jugando con un gorrión. Habían atado al pobre animalito de Dios un cordón á una patita, y toda la diversión consistía en arrojarle al alto con gran vigor, para que fuera volando, Sujeto por el cordón, lo mismo que las cometas; pero como el volador era nuevo y no tenía fuerza en las alas, cayó cuantas veces le lanzaron al aire, sin compasión, los- muchachos, que querían volase como un cóndor. Al enterarse del caso el tío Pantaleón, se les acercó y les dijo: Rediez, y qué bestias sois! Es decir, pior que las bestias, que en mi vida he visto yo un burro que se entretenga en hacer daño á un gorrión. A ver si soltáis el pájaro, porque os juro que si no... Uno de aquellos chiquillos contestó de mal humor: -Métase usté en su camisa; i quién le pide su opinión? Hacemos lo que queremos, porque es nuestro, sí, señor. -i Y por qué es vuestro? Sepamos. -Porque le he cogido yo. ¡Cuánto me alegro! ¿De modo que tú eres dueño y señor del pájaro por cogerle, y él tiene la obligación de sufrir todo el martirio que tti le des? ¡Vive Dios, que me gustan esas leyes! por lo ciial, te cojo yo y te ato con esta soga, y va á ser mi diversión que hagas lo que tus amigos hagan al pobre gorrión. Y, según lo fué diciendo, lo hizo, y al chiquillo ató. El cual, para verse libre, procuró con gran tesón que desatasen al pájaro, y es fama que se acordó siempre de la lección dura del tío Pantaleón. Gavilán es un tomador de lo más avispan que hay en Madrid, y, según las noticias, se encuentra á estas horas en Zaragoza. -Tenemos el retrato, pero dicen que se disfraza muy bien, y na más que se quite el bigote que aJnira gasta... ¡adivina! En éstos ó parecidos términos conversaban dos agentes de Orden púbHco en un paseo de la capital aragonesa la víspera de las fiestas del Pilar. Entre tanto, y por la Puerta del Carmen, entraba en la ciudad muy mudan, con su traje de paño de cubica, su buena faja de estameña y su pañuelo de la India en la cabeza, el Palomo, un vecino acomodado de Cadrete, un pueblecito muy próximo á la Siempre Heroica, pues el tal Palomo era muy aficionado á los toros y desde que él dispuso de un duro no recuerda haber perdido una corrida de las que se celebran en aquella tierra por Octubre. Venía á pie nuestro hombre. Entró en una alpargatería de la calle de los Escolapios, cambió las alpargatas que traía por otras nuevas que le dieron, ya pa- CUENTO BATURRO jC ería un pilen golpe, Pérez, si cogiéramos á. ese endeviduo. El gobernador paice que tiene gran interés en que lo trinquemos, pues, según se ve, el tal sadas á lo miñón, y completó así su indumentaria, que resultaba irreprochable. Lanzóse por aquellas calles á ver el ornato é iluminaciones de aauel año y á lucir su ropica de comer bien. Paróse en un escaparate del Coso á ver el cartel de los toros que allí se exhibía, y entre tanto, uno de los guardias que ya. conocemos le decía á su compañero -Fíjate bien, Venancio; ese baturro me paice un baturro apróguifo; le está demasían bien la ropa y está mu bien resurau. -Pues no lo perdamos de vista y saca la fotografía. Estudiaron bien el individuo del retrato; lo compararon con el de Cadrete, y ambos convinieron en que aquel baturro era el mismísimo Gavifán, hábilmente disfrazado, por lo que acordaron detenerlo en el momento más oportuno. El Palomo entró en el teatro Principal á tomar una delantera de gallinero, y al salir se encontró cogido por los guardias, que le sujetaron. por los brazos. ¡Alto á la autoridad! Venga usted con nosotros. ¿Con vusotros? ¿Y ande vamos? -Ande usted y calle- -replicaron los guardias. -Pero ¡rediós! ¿no se pue saber por qué me prenden ustedes? Eres poco vivo pa pegárnosla. á nusotros... ¡Gavilán! ¿Cómo, GavilánT- -Sí, siñor. Tú eres el estafador madrileño que llaman el Gavilán. Rédiós, Gavilán! No entendís ni miaja de pájaros. ¡Si huhiáis áizh. Q él Palomo! T. GASCÓN.