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se creen con méritos, belleza y mantón de Manila suficientes para presidir la fiesta. Los matadores, que son los que rnayor cantidad han escotado para los gastos, quieren que sus novias sean las que vayan al palco. Las madres de las desairadas rajan á su placer comentando la elección hecha por los muchachos. ¿Pero va á presidir la de Ramos? -dicen de la novia del primer espada. -i Habrá que verla de mantilla! Y ¡habrá que ver la mantilla... Pues miren ustedes que Lolita Antúnez va á estar preciosa... ¡Un fideo con claveles amarillos! ¡La ictericia... En camUio, las cuatro elegidas se pavonean ante sus amiguitas y marean á su familia con las mil y mil necesidades é impertinencias que el honroso cargo lleva consigo. El padre de la Antúnez tiene que hacer un viaje á la corte en busca de atavíos. -Vete á casa de mi hermana Micaela- -le dice sumujer- -y pídela el mantón de Manila. Dila que no se lo mancharemos... Vh! Te traes de La Camcrana un par de medias de seda, rojas, y si puedes comprar flores, las compras poco antes de venir, no se te vayan á secar en el tren. El pobre Antúnez llega cargado de líos el día de la corrida por la mañana, y es asediado á preguntas por la presidenta madre y por la presidenta hija. Ambas tienen buen cuidado de ocultar al padre f iíe el menor de los nenes ha tenido un calcnturón terrible, á consecuencia de un empacho de higos verdes: Temen que de darle la noticia, el i) adre se enfade y prohiba á la niña ir á los toros. El chico, al que haft hartado de ricino, está tirado en una butaca, con cara amarillenta y triste. ¿Qué tiene Rufinito? -pregunta Antúnez. -Nada- -dice la madre. -Esta tarde saldrá con sus amiguitos... ¿Verdad, monín... El chico, por no perder la salida, se calla, y la familia, emocionada, apenas almuerza. A eso de las dos de la tarde, la trascendental operación de vestir á Lolita comienza, ante un corro de amigas y vecinas llamadas al efecto desde el día anterior. La madre ayuda á todos, y el prendido de la mantilla se UCva á cabo después cíe varias pruebas previas. Ahora estás muy graciosa... ¡Qué manóla vas... Pareces una figurita de Goya... Estas y otras flores oye la presidenta, que, cohibida por el corsé, atada de movimientos, tiesa é inmóvil, para que no la bailen sobre el rostro los madroños de la mantilla, y molesta por la presión de los zapatitos bajos, espera en violento martirio, la llegada del a) ídea? í pagado por los galantes toreros. Al llegar el coche, el asombro de Lolita es grande, pues en vez de la cuarta presidenta elegida, viene otra niña cursi que á última hora ha tenido que substituir á la designada, por haber ésta recibido un telegrama en que se la anunciaba la muerte de un pariente lejano. La niña de Ruipérez, avisada con dos horas de anticipación, se había arreglado como había podido. Estaba para darla un tirito en la sien. Con un visillo liado á la cabeza, se hacía la ilusión de que lucía blanca mantilla de casco. Una cascada de geranios ro (xs completaban su taurina toilette... Era otra figura de Goya... (Una bruja de Los capricho. Todo hubo que aceptarlo, y el coche, orlado de mantones y acompañado por el alguacilillo (qiK iba 4 caballo, junto al estribo) llegó á la plaza. Un rumor de admiración y una salva de aijlauso- saludaron la presencia de las presidentas en el palco. Las madres temblaron de emoción. Pepito Andama, que en sü att o había venido desde su finca de Los Trigales á pfe, senciar la becerrada, después de asarlas con los gemelos, se hizo conducir al palco y fué presentado a l a de Antúnez. J a corrida- deslizóse aburrida, como de costumbre. El alguacil hizo unos alardes de caballista, dando botes y pasos- de costado; tardando dos horas en desempeñar su cometido y medió (Icsnudándose de ai tirado. La roja faja se le dcsceiiía, y cuando se vio en ridículo y- se convenció de. c ué la becerrada no consistía sólo en el acto de pedir la llave (llave que no logró coger con el sombrero) retiróse satisfecho, dando paso á los lidiadores, mortificadores del manso ganado, Las presidentas parecían no interesarse por la li- día. Su afán era el de sacar el pañuelo, cuando se lo indicaban, para cambiar la suerte; su preocupación, la de arrojar á los- matadores puros y regalos (cuatro petaquicas de plata comiiradas por Antúnez en una liisutería de Madrid) su único interés, el de ser contempladas. Andama piropeó toda la tarde á I olita, y al despedirse quedó en asistir al baile que por la noche se daba en el Casino en honor á las presidentas. En aquel baile, Pepito se declaró á la presidenta. La de Antúnez vióse por un momento dueña del auto y de Los Trigales Andama dióla palabra de volver al pueblo antes de tres días... Pero pasado el entusiasmo, la alegría del vino, la ilusión de haberla visto con aquellos gallardos arreos de maja, Pepito lo pensó mejor y... aún le están esperando la madre v la hija, porque la madre también se había tragado lo del Panard, 40 H. P... La historia de la infeliz presidenta viene á ser igual á la de todas las lindas muchachas que, á fines de Agosto, se pi stan á presidir esas becerradas en las que nadie se divierte, si no son el alquacilillo, luciendo su penco y su chaquetilla corta de terciopelo corinto, y el Quisquilla Chico, que aquel día se da importancia de torero de verdad y devora en él C asino el banquete con que le obsequian los pollos de la colonia, encantados de tenerle entre ellos v de oírle referir fantásticos relatos de su vida taurina... P e r o las presidentas. ¡Pobres presidentas! Luis DE T A P I A Dibujos de SaucliA