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Luz miró á su amigo anhelante; entreabrió los ab: os cual si fuera á comenzar la recóndita conf: 3 Í de su tedio, Dero se apagó la decisión en su nV; ada; un ligero movimiento de hombros acusó M icguridad que las frase; no habían de aliviarla, y triste p r e g u n t ó ¿Tienes buenas noticias de tus padres? gracias á Dios. Allá en el caserío de Bcllamas continúan su existencia plácida rodeados de hijos y de nietos, como unos patriarcas. Los tuyos tampoco lo pasan mal. Sanos y felices, sólo se quejan á veces de su aislamiento... Tener ima hija única y en lejana tierra no es grato. -i Pobrecillos! -suspiró entristecida TAIZ. 1. -V- -P e r o ellos quisicion tu boda, t gran boda con un millonario... -S í ellos... -balbució í n t i m a i m t e desfallecida. U n a inmensa coinniscración apasi nada brilló en los oj os del militar, y queriendo, generoso, distraer el alma, que adivinaba doliente, de su amiga, con tono jovial habló de los lances de la campaña, de mil pequeneces pintorescas de su vida heroica y alegre de soldado español. H a blaba acariciando á la esquiva nena, que lo miraba recelosa y expectante. Y charlando de su niñez, de los triunfos de la patria, una dulce emoción les hi. cía expansivos, confiados, en aquella L. -ct radiante de su encuentro. Cuando Luz dijo que iban á almorzar al aire libre en la Moncloa, donde les a; uardaba la institutriz de la niña, Rafael pidió el favor de acompañarlas. Dirigiéronse á las frondas lentamente, efusivo él, sonriente ella, la nenita lloriqueando á ratos, sin razón, y otros corriendo aturdida. Los pinos abrían sus ramas de frescura perenne, y sobre los vivos céspedes deshojaba sus copas de tono encendido el árbol del a m o r el rojo arbusto que llora, con hojas, cual si fueran lágrimas de sangre... -P u e s t o que estás de paso con la nena y madeinoiselle en Madrid, y no tienes mejor amigo que yo, te serviré de cicerone y solearemos á tu híjíta cuanto el médico manda. El Retiro, la iMoncloa, El P a r d o ¿H a s estado allá alguna vez? -No. -P u e s mañana vamos al Pardo, ¿quieres? -Sí, sí; m a ñ a n a al P a r d o á que corretee la mimosita ésta en los pinares. Seguían locuaces, alegres, reanimado el corazón por un recóndito alentar del sentimiento, acallado en la prisión del deber y la soledad irremediable üe la ausencia... Inconscientes del peligro que los cercaba como un incendio, y que los confundiría en inmensa ígnea espiral de dolor si no se detenían en el umbral de aquella franca puerta de la seducción y el recuerdo. Cuando más elocuente hablaba él y más animada ella le respondía, pasó por una calle transversal, allá en lo alto, el entierro de una criatura. E n el carro iba la cajita cubierta de flores, esparciendo su vaga fragancia en el camino árido Demudada detúvose Luz, amparando en los brazos á su hija, cual si aquella blanca visión de la muerte viniera en su busca. Breve lucha agitó su p e c h o miró á su amigo, y dándole ¡a mano, díjole suavemente: -P e r d o n a Rafael, p e r o no m. e acompañes m á s Yo n o debo... Palideció Rafael, y aunque ni por su espíritu ni por su noble voluntad había pasado la som bn. siquiera de un buscado secrete, entendió el súbi. vj cambio de su amiga, sin darse cuenta más que c nfusamente de lo que removía en su alma el paso de aquella cajita blanca, cubierta de flores, que dejaban tras sí el incienso vago de ellas y la ena incurable de una madre. -Tienes razón... Separémonos. Todo es dolor... el de la mujer que ha visto morir á esa criatura en sus brazos, y el que hallaríamos si no nos alejamos. Sé fehz. ¡A d i ó s! Luz volvió la cabeza: tenía los ojos llenos de lár; TÍmas; la nena, viendo alejarse á Rafael, con uno de esos súbitos y misteriosos movimientos espirituales que son intuición, guía en las tinieblas, misericordia divina, corrió tras él, gritándole -Un beso... dame un beso... i A d i ó s! ¡A d i ó s! SOFÍA CAS ANO VA. Dibujos de Méndez Bringa.