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í i i i r? fí EN E L U M B R A L Y calmado el berrinche de la niña, que lloró y pateó largamente, siguieron por la senda del Parcjfue, llevando entre ellos á la pequeña, que se aferró al brazo de su madre. ¡Qué casualidad, encontrarnos después de ocao años, L u z! -Sí. ¿Q u é ha sido de tu vida en ese tiempo? Nada supe de ti. ¿E s verdad que fuiste á Me- p r L sol fulgía en las áureas arenas del Parque, y las azules ondulaciones del Guadarrama se confundían con el cielo, coronadas, como por nubes, por las nieves puras. En aquella grata soledad, la silueta aristocrática de una dama llevando una niña de la mano, fijaba la atención gratamente. Ágil y amable seguía la joven á su hijita, que subía y bajaba riendo las cuestas caprichosas; sé detenía oyendo el bullir de los arroyos, y en la fuente, eccondida c i gruta protectora, dondt ofrece el agua su caudal abundoso, hundía la pequeña sus manos, que llevaba prontas á la boqui ta sedienta. El sol daba transparencias de pétalos rosados á los dedos unidos; el agua se esca paba entre ellos, dejando insatisfecha á la cria tura, y la madre sonreía melancólicamente, qui zá asociando aquel juego de su hija, ansiosa d (beber y saciarse, á los anhelos de felicidad... ds gloria. Volvieron á lo a l t o la chiquilla, incansabk como un i ajarito dichoso de volar; la madre, erguido el gentil cuerpo, seguro el paso, aunque deslumbradas los negros ojos por el sol. Descendía por la ancha vereda, cuando ella la subían, un caballero. Cruzáronse las miradas de él y la joven. -i L u z! ¡Rafael! -exclamaron sorprendidos y gozosos ambos. Estrc- síiáronse las manos en silencio, aproxi 11- jse la peciueña, y á las caricias del caballero, respondió hosca, irritada; ¡V e t e no te quiero. T ú no. eres mi i aoá i Vete! Y agarraditas las uianos tercas al abrigo de recién llegado, tiraba para que éste se apartast de su madre. -T u hija también me trata mal- dijo él intentando con la cortesanía del tono disimular una pena honda y un rei) roche. ¡E s tan caprichosa! Está muy delicada de salud y muy mimada, por ser la única- -añadió turbada ella. lilla? -D e allá vuelvo. Yo de ti supe siempre. Primero tu boda, tu gran posición, tu dicha... Tenía ganas de encontrarte un día y darte mi enhorabuena... Pero dime, ¿no echas de menos tu tierra, la próvida tierra nuestra, donde jugamos de chicjfuillos bajo los limoneros y l o s parrales umbrosos? ¿No sientes nostalgia de aquella playa, única en su belleza de serenidad, en la cual asientan sus viejos muros hidalgos las casas de nuestros padres? ¿Recuerdas que á los diez años ya me metía yo i) laya adentro para buscar los nácares ue preferías? ¡O l i! Sí, y también ue á los quince te sacaron t na tarde medio muerto del agua, porque te metiste demasiado en el mar buscando las conchas de la llama, las que así denon 7 Ínamos por sii raro reflejo interior. -i Qué delicia fueron esos perdidos años de creer y de a m a r! Luego... No agradezco á las buenas gentes que me sacaron con vida esa tarde que recuerdas, su santa acción. -i Por Dios! Rafael, qué cosas dices. Tienes motivos para estar contento... -Sin d u d a estt) y un poco cansado solamente. -E r e s joven... Tu carrera es brillante. El sonrió con ironía, diciendo -Pase por lo de brillante, pero en cuanto á lo de joven, mira mi cabeza. Se descubrió, mostrando en la negra cabellera romántica muchas canas. -E s o no importa. Yo también las tengo y no me considero vieja -E s natural, no cuentas, aún treinta años. -P e r o me siento muy fatigada. ¿T ú? Fatigada de qué, criatur? ¿de la dicha? Será de gozar, de reírte-