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CRÓNICA DE PARÍS MIÉRCOLES 1 7 DE AGOSTO n una de mis últimas crónicas decía que la es trechez exagerada de las faldas decaía por momentos; ahora casi puedo asegurar que es una moda abandonada, y que la tendencia á las faldas amplias se va acentuando; pero como hay algunas señoras (muy pocas, afortunadamente) que se asustan ante la idea de que sus vestidos tengan vuelo, aunque sólo sea el preciso para moverse con soltura, los modistos han creado unos modelos que pudiéramos llamar de transición. El que más ha gustado es de foulard verde muy obscuro, sin otro adorno que su lisiére. La tela no tiene cenefa, pero se forma con bieses de diferentes tamaños. El delantero del cuerpo es muy sencillo, un poco flojo, sujeto con el cinturón, que será otro bies, del mismo ancho del que desciende por delante hasta el borde de la falda. P o r detrás se recoge como las amazonas, descubriendo la segunda falda, que, siendo redonda, descansa en el suelo. Este es el primer indicio de la moda que aparece en el lejano horizonte. El mañana intenta desterrar la nunca bastante ponderada trotteusse, cortita y cómoda. La toilette se completa con un doble volante de tul verde separado por t e r ciopelo. I a novedad que más éxito ha obtenido es, sin luda alguna, la zwste romaine sin mang: as, de paño blanco, muy ligeramente bordada con trencillas negras ó con un bies estrechito de raso blanco y negro. Resulta eleganíisima, y la temperatura realmente anormal de este verano le ha hecho indispensable. A pesar de todas las predicciones, no tenemos más remedio que confesar que las blusas, desjiués de haberse sostenido á l écart, vuelven á reaparecer, confirmando su triunfo. Lía sufrido todo género de variaciones y modificaciones, pero no ha sucumbido. Con el traje tailleiir sencillo de mañana, y aun con el más vestido de l aprés- midi, lo más práctico es una bonita blusa. L a de cachemire se ha vulgarizado mucho, y es lástima, porque tenía cierto chic de antigüedad, sobre todo cuando se cubría de gasa. Al desaparecer ha dejado algo así como una sombra de su cachet particular en los bordados en camaíeu, que son de un precioso efecto. Se usan mucho los bordadlos multicolores soidignés, con cintas de tonos tranchés. E s bonito, per que tratarlo con moderación, porque ki más tolerancia del buen gusto sería de funestas cuencias, un verdadero desastre. L a batista incrustada de Valenciennes siendo de rigor para las blusas chenusiers; le conservan la línea correcta, son un poco 1 p o r o s a s el cuello se forma con entredoses, m o que los puños, y deben hacerse postiz poder llevar la blusa alta ó un poco escota Los zapatos claros también están en cia; son preferidos los negros lustradoí parte superior de gamuza gris, ó el americano, todo negro, con hebilla de nácar. Con estidos de lingerie se lleva calzado muy fino, maic, y las más elegantes se lanzan á la calle con los zapatos de terciopelo negro y tacón rojo ó morderé. L a moda del terciopelo cada día se extiende más, siendo casi indispensable en la composición de vestidos y sombreros de todos géneros y categorías. U n modelo de los más originales y sencillos es el siguiente: calotte de terciopelo negro y ala de encaje blanco, sin ningún adorno. Los contrastes más atrevidos constituyen la nota del momento, y realmente es absurdo, porque se puede ser elegante sin caer en la exageración. Si ahora usamos terciopelo, ¿qué nos pondremos en i n v i e r n o? CONDESA D ARMONVILLE. f EL TRAJE DE BAÑO a playa es un sitio admirable de observación; se ven tipos de todas clases, desde la elegante de alta alcurnia hasta la modesta burguesa que viene atraída por el deseo de darse á conocer. En la playa, la moda ejerce su tiranía como en ninguna otra parte. A la orilla del mar, la vista se acostumbra á ese incesante ir y venir de las olas, y aprende á mirar la inmensidad en conjunto sin detenerse en detalles, y sin duda por esto se adquiere el hábito de iuzgar á las personas por el efecto que producen al primer golpe de vista, y pobre de la que haga su aparición con una toilette que sea de la quincena pasada! Aunque reúna todos los atractivos imaginables, como la moda no la conceda el titulo de elegante, ya puede resignarse á la idea de que su presencia sea durante toda la temporada saludada con una sonrisa de conmiseración. La moda, animada por el éxito, viendo que todos se someten sin la más ligera protesta, cada día va ensanchando más sus dominios y ya se ha posesionado del mar, llevando sus exigencias hasta el traje de baño. Las encantadoras bañistas tienen que zambullirse en el agua entre los pliegues de amplia túnica griega, que si bien es bonita antes de entrar en el baño, resulta incomodísima una vez dentro y se presta á lances un poco cómicos, como el siguiente: En una playa británica, de las más elegantes, veranea una excelente condesa de la más alta aristocracia italiana, que por prescripción facultativa se baña dos veces ai día para adelgazar. Entusiasmada con la silueta de una inglesita espiritual y olvidando por un momento su volumen, se sumerge en el agua entre) s pliegues de artística túnica griega. Avanza serena lacia una ola que viene á su encuentro y, como tiene por costumbre, se baja para recibirla; pero no tiene en cuenta la amplitud de su túnica, que á impulso de la ola se levanta, envolviendo los brazos y la cabeza de la aristocrática italiana. La confusión natural la hizo perder pie, y hubiese perecido arrastrada por la corriente sí una mano caritativa no hubiese acudido en su auxilio. Todo tiene límites en este mundo, y la moda tiene que detenerse, aun haciendo un gestito de disgusto, ante la evidencia de que el antiguo traje de estameña azul es insubstituible para bañarse en el mar. I