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secas las fauces y los ojos preñados de lágrimas, quedó sólo en lo alto de la plataforma. Vamos- -pensó de pronto. -Esto ha concluido... Sin prestigio no hay maestro... Castigo de Dios, sin duda... j Gozaba demasiado explicando mis lecciones... Pasó las manos por su rostro, pugnando por atenuar la rigidez dolorosa que lo contraía: recogió las cuartillas y los guantes, se puso el sombrero, y, con paso que en vano pretendía hacer seguro, se encaminó á la dirección; luego salió de la Academia para no volver. III Diez años después, en una deliciosa mañana de otoño, revolvía D. Cándido un montón de papeles que cubrían la mesa de su despacho. -Pero i dónde demonios está mi elegía? -murmuraba. -A er estaba aquí. A que se le ha llevado Lisín para leerla? ¡Esa chiquilla... D. Cándido hizo sonar el timbre. -A la señorita Elisa, que venga- -dijo á la doncella que acudió. -La señorita está en San José con doña Amalia. ¡Ah, sí... Es verdad... Bien. Se levantó D. Cándido y se dirigió á las habitaciones de su hija; allí, dentro de un precioso mueblecillo de sándalo, aparecieron las cuartillas. Las cogió en un puñado 3 volvió al despacho. -No sé si incluirla en el nuevo tomo... Volveré á leerla, por si admite corrección... i Qué cosa más extraña... Todo es falso en ella. Parece que el autor de esta elegía no ha sufrido nunca el dolor que pretende expresar... ¡Y yo la escribí cuando el dolor me abrumaba... I Voy creyendo ya que el poeta sólo encarna bien los sentimientos por acción refleja... Bajo el imperio de una impresión intensa, el poeta se convierte en hombre, y no dice más que tonterías... Oh, pérdida cruel... ¡Fúnebre día... ¡Uf... i Qué malo es esto... Voy creyendo que tenía razón aquel zángano tan gracioso... y tan grosero que me puso en ridículo... Decididamente, ésta se queda inédita... D. Cándido interrumpió su monólogo. Entre las cuartillas de la elegía acababa de aparecer un pheguecillo de papel escrito por las cuatro caras. El ex profesor sonrió... ¡Hola, la pequeña... ¡Ya me lo recelaba yo... Desdobló la carta y comenzó á leer. De cuando en cuando una mueca de profundo disgusto alteraba sus facciones. El manjar debía ser poco agradable. ¡Valientes profesores de Gramática y de Literatura habrá tenido este pollo... ¡Qué manera de desbarrar... Hacer música... El alto honor... Apercibir por advertir... calambar por equívoco... la dirección de mi casa... ¡y qué sintaxis, santo Dios... Periquín... ¿Quién será este Periquíii? Elocuente sí es... i Con qué calor se expresa... ¡Si no es un sentimiento reflejo... Se entreabrió la puerta del despacho. Una lindísima cabeza coronada de cabellos rubios asomó; se oyó un grito; luego, una risa argentina y acariciadora, y Lisín, pues ella era, entró corriendo, enlazó con sus brazos el cuello de su padre y, haciendo un mohín encantador, le dijo: -Conque enterándote de mis secretos, ¿eh... -Estoy muy enfadado contigo. ¡Calla, tontín... ¡Si hasta hoy no había más que escaramuzas... Por eso no te dije nada... Hoy, 31; ya venía dispuesta á decírtelo... Se ha formalizado la campaña. ¡Es más bueno que el pan, papaíto... -Bueno podrá ser, pero esta cartita no es presentable. Un hombre que escribe con esa sintaxis no puede ser un buen marido... -Ah, ¿sí... ¿Oposición por mor de la sintaxis... D. Cándido se echó á reir. -Bueno... Pero ¿quién es? ¿Le quieres... ¿Te quiere mucho, á pesar de sus atrocidades gramaticales? -Es un muchacho muy bueno. Le quiero. Me quiere... Y no escribe atrocidades... Trae y verás... ¡Es que tú no sabes leer... Y Elisa, abaritonando la voz al principio, pero dejando luego su humorístico tono, que su emoción no Mbnjo de Ranclis. consentía, leyó la carta que firmaba Perico; y en tanto que ella leía, su padre la contemplaba embelesado. Faltas de sintaxis, barbarismos, incorrecciones de toda índole, pasaban inadvertidas para D. Cándido, que con toda la fuerza de su paternal amor, que en admiración se convertía, miraba arrobado con sus ojos aquel divino cuerpo, para él compendio de todas las bellezas; y escuchaba, no las palabras, ni su enlace, ni su valor, ni la idea que encarnaban, sino ia música suave y armoniosa de aquella prosodia de ensueño que emanaba, pletórica de encanto, por entre los rojos labios de la niña. ¿Qué... ¿L e has encontrado ahora alguna falta? D. Cándido, obligado á romper su silencioso éxtasis, exclamó: -No, Lisín; ninguna. ¡Es impecable... Si el autor es como debe ser y te quiere mucho... mucho... -Muchísimo. Y á ti también. ¡Es un gran admirador de tus poesías... -Bueno, pero ¿quién es? ¿Le conozco yo... -Creo que sí... Es el nieto de tu íntima... de la marquesa del Robledal. -No recuerdo... -i Sí, hombre, sí... Un chico muy guapo, alto, con un bigote muy gracioso... ¡Además, ha sido discípulo tuyo... ¡Te tiene miedo... ¿Cómo? ¿Discípulo mío? Espera. Voy á ver las listas... Las conservo como oro en paño... Sacó de un cajón de la mesa una libreta y comenzó á hojearla. Romero, Ruiz, Ramírez, Rivas, Rodenas... ¡Pues no está en la R... í- -No, papaíto. Si Robledal es el apellido de la madre... El es Perico Jiménez Robledal. D. Cándido estuvo á punto de desmayarse. ¡Perico Jiménez... ¡El de la elegía... Ahora se explicaba el miedo del muchacho... ¿Te acuerdas de él? -preguntó la niña con cierto temor. El ex profesor no contestó. Abstraído, sondeaba en su alma, en donde la herida del ridículo sangraba todavía á pesar de los años, de su bondad inagotable, de su amor propio, cada día más lejano y más débil... -Lisín... Lisín... ¡Vida mía... ¿Le quieres mucho? ¿Le quieres de veras... ¿De veras del todo... -Como á ti, no, ¿sabes... Pero un poquito menos, sí... Sólo un poquito menos... Y diciendo esto, la niña ocultaba su rostro besando á D. Cándido en el cuello. -Y él te quiere á ti... -musitó. -Hablamos mucho de ti... Y le gustan mucho tus versos, papá... ¿Te lo ha dicho? -murmuró D. Cándido. ¿No te engañará en todo como te engaña en eso, hija mía... Lisín se irguió. -Papaíto- -dijo solemnemente, no soy tonta... Pues bien; te digo que me quiere porque lo sé... Te digo que le gustan tus poesías porque lo sé... ¿Y si yo te dijera... -También lo sé, papaíto- -interrumpió Lisín con voz mimosa. -Para demostrarle que estaba en un error- -porque yo, papaíto, estoy orgullosa de ti y quiero que él lo esté, -cogí anoche las cuartillas de tu elegía que estaban sobre la mesa... Luego, mientras tú jugabas con la marquesa yo le leía al nieto tus hermosos versos... Me escuchaba embelesado. Oyó hasta el final... Casi lloraba... Luego me dijo: Tienes razón, Lisín... ¡Eso es divino... i Qué niño, qué ciego, qué malo y qué grosero he sido... i Tuve que consolarle... -Y te oía... arrobado... como yo antes, ¿verdad? ¡Eso es... Como tú... ¡Lo mismito que tú... D. Cándido tragó saliva, miró á su niña con los ojos arrasados de lágrimas, y le dijo al oído con voz entrecortada: -Dile que puede hablarme su abuelita, Lisín... j i Sí que te quiere... Y luego, mientras la hermosa joven se lo comía á besos, él pensaba: -Tengo cincuenta; y seis años, y diez, sesenta y se. s... Y diez... 5 S E Í O S me da vida, mis nietos- escribirán mejor qué sS. padre... J. B. PONT. De nestro Conctírso de cuentos. Lema: cl, Voluntas -S 4 B 878-