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La clase prorrumpió en carcajadas, que se pioloi. ron intencionadamente. ¡Acusón I- -susurró Orozco dando un fuerte codazo á su compañero. En seguida, levantándose, gritó con voz chillona: ¡No es verdad, D. Cándido... Es que quiere hacer chistes... ¡Silencio... ¡Basta! -clamó el profesor. -Señor Orozco, pase usted al extremo del banco. Bien... Pues la Elegia ó lirica del dolor, puede ser intima, filosófica ó heroica: si bien debo hacer constar que los latinos compusieron poesías amorosas, escritas en disticos, que también se llamaron elegías... Qué acabo de decir, Jiménez... ¿Qué ha dicho usted... Pues... (Apúntame, Robles. Pues que... i ¡Que los dísticos son las elegías! ¡Qué atrocidad... ¿Quién ha dicho semejante cosa... ¡Yo no he sido! -No, señor. Ha sido Robles, que está mochales. Un clamoreo estruendoso siguió á estas palabras. -Señor Jiménez- -gritó el profesor, -póngase usted de plantón... Y como vuelva á suceder esto, permaneceremos en clase media hora más. El ruido cesó como por encanto. -Pues bien... Como íbamos diciendo, los tratadistas estudian tres clases de elegía; la íntima, la heroica y la filosófica. Comenzaremos por analizar la primera, recordando ante todo la célebre de Manrique, que puede servirnos de modelo: Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte... etc. Todos ustedes la conocen... Canta, por consiguiente, el poeta, en la elegía íntima, un dolor particularísimo que sufre... La intensidad misma de su pena le hace buscar en la poesía una válvula por donde escape su dolor... Por eso es la elegía íntima como un raudal de lágrimas amargas, que han cristalizdo á veces en versos inmortales... ¡Oh... No crean ustedes á quien les diga que serenamente, fríamente, haciendo la disección del dolor y sin sufrirlo, se pueden escribir elegías... Sólo bajo la pesadumbre de una l) ena que agobia cruza la inspiración por ntre el Ihmto, como el rayo de sol por entre la lluvia; sólo entonces la grandeza del dolor sufrido abre los ojos del espíritu, y, dejando bucear hasta lo más recóndito el secreto de la vida exclama: Xo se engañe nadie, no, lion. sando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio. ¡La hova! -interrumpió el bedel entreabriendo a puerta. -Bueno... -replicó el profesor con un gesto de desagrado. -Entonces, m a ñ a n a continuaremos... üero... Los alumnos, impacientes, se aproximaron á la plataforma. -Pero no se les olvide á ustedes- -continuó- -que en la elegía es el dolor el que escribe y que sólo... -Muy bien, D. Cándido, muy bien... i Eiasta mañana... -exclamó Jiménez. ¡Hasta mañana, D. Cándido! -repitieron alegremente los demás muchachos, corriendo ya hacia el patio del colegio. Y un griterío ensordecedor señaló la salida de la clase. Descollaba la voz de Jiménez, que silabeaba poderosamente: -i ¡Marro... ¡i Marro... El profesor cruzó el pasillo y dirigió una mirada llena de bondad y de cariño hacia el patio. Luego salió á la calle. II No extrañó á los alumnos la severa elegancia con que aquel día se presentaba D. Cándido. Sabían que era muy rico y que solamente su afición por las bellas letras y por la enseñanza, que no el lucro, le llevó á publicar algunas poesías muy discretas, á aceptar una auxiliaría en uno de los Institutos y, más tarde, á acceder á la petición de un su amigo y compañero de estudios, que montó aquel colegio con grandes esperanzas, pero sin el suficiente dinero para pagar á los profesores que el establecimiento requería. Por estos datos, que conocían á ciencia cierta, más que su levita de corte irreprochable y su enlutado sombrero de copa, llamó la atención de los muchachos la tristeza que expresaba el rostro bon- dadoso y aniñado de su profesor. Como dijo Jiménez al verle, tenía vm aspecto verdaderamente elegiaco Había faltado á la clase el día anterior. La anomalía de que hubiese hecho novillos el inexorable, el cronométrico D. Cándido, quedaba explicada ei cierto modo con el enlutado traje que vestía. Al pro fesor le había ocurrido algo muy gordo Los alumnos entraron en clase y ocuparon su asientos. Luego, contra toda costumbre, guardare silencio. -Hoy no paso lista- -dijo el profesor con voz 1 geramente empañada. -Una terrible desgracia ii ha herido fieramente... Más que á explicar una k ción, que no he podido preparar por falta de trai quilidad de espíritu, vengo á buscar en! a clase, c la diaria labor, siempre para mí grata, un consuelí que en otra parte no hallaría. Un amigo de la iii fancia, un hermano del alma, á quien yo quería coi todo el poder de mi corazón, ha abandonado estt mundo para siempre; vengo ahora de arrojar sobre su cuerpo inanimado un puñado de tierra y una lágrima... D. Cándido ahogó un sollozo. Los alumnos se sonreían á hurtadillas. Jiménez, con un gesto hipócri tamente compungido, había comenzado á hacer pu cheros El profesor prosiguió: -Mas es preciso que de todos los acontecimientos de la vida, incluso de aquellos que nos aniquilan, sepamos extraer útiles enseñanzas. Anonada el dolor, se rinde el alma bajo la pesadumbre del sufrimiento, y llegamos á pensar y á creer que nada logrará sacarnos del aplanamiento en que el sufrir nos deja... Y luego observamos que instintivamente va buscando nuestro espíritu el remedio, y que á veces lo halla hurgando en la propia herida que mortal imaginaba, y emplea el dolor como medicina del dolor... ¡Pues bien, amigos míos; cuando eso ocurre, brota lozana y bella la elegia... Un ¡a h de decepción y desencanto recorrió la clase... Aquello se iba á convertir en una lecciói más... ¡Y ellos que pensaban que D. Cándido de mostraría su pesar anticipando la hora del recreo... ...Y para que de enseñanza les sirva y confir men ustedes con un hecho lo que anteayer les dije yo he de confesar que cuando anoche, rendido dt cansancio y de amargura, salí de casa de mi amigo muerto, al entrar en la mía no pude hallar el descanso que el cuerpo apetecía; y el espíritu, desolado, ávido de consuelos, llevóme ante las blancas cuartillas; y el dolor guió mi pluma, tantas veces rebelde... ¡Y surgió la elegía... Y yo hallé alivio al escribir mis ver, sos, y mi infeliz amigo tendrá una flor más sobre la losa de su tumba... Y esto diciendo, D. Cándido sacó unas cuartillas y leyó con voz quejumbrosa: EN LA MUERTE DE MI AMIGO SEVERlANOí Doce estrofas llevaba declamadas con patético acento, cuando al decir: ¡Oh, pérdida cruel... í Fúnebre día... Perdida la amistad, perdí contigo la venturosa... -j D. Cándido... i D. Cándido! -interrumpió Jiménez sollozando exageradamente. ¡B a s t a por Dios, D. Cándido... ¡Una palabra más y pierde usted á otro amigo... Por primera vez en su vida experimentó D. Cándido un deseo inhumano. De no haber escapado Jiménez antes de que el profesor pudiera reponerse de su asombro, ¿quién sabe lo que hubiera ocurrido? Los muchachos, cogiéndose el vientre con las manos, reían á más no poder, estrepitosamente... D. Cándido, confuso, aplanado por el ridículo, miraba como atontado su flamante sombrero, sus guantes negros, sus blancas cuartillas arrugadas... -Pueden ustedes retirarse- -dijo. Los jóvenes no advirtieron siquiera el dejo amargo y triste con que el profesor pronunció aquella frase. Disimulando un poco sus risas, salieron atropelladamente. D. Cándido, de pie, lívidas las mejillas.