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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO apartó lentamente de la orilla. Viósela un momento destacarse corno una masa negra sobre la superfitit fosforescente de las aguas y desapareció en las tinieblas. Sólo quedaban tres gendarmes, incluso Vasseur, para custodiar los presos, pero demostraban ía más completa seguridad, y nunca había estado más distante de su pensamiento la sospecha de an peligro cualquiera. Colgadas las carabinas de fos arzones de las sillas, pacíficamente suspendidos los sables del gancho de los cinturones, j con las bridas de los caballos rodeadas al brazo, aguardaban, conversando á media voz, que les Hegara el turno de embarcarse. ¡Ahora ó nunca murmuró Daniel con ansiedad. Pero todo permanecía en calma... La campiña estaba triste y silenciosa. Un ruido sordo, que se elevaba á la orilla opuesta del río, dio á conocer que la barca había ya llegado á tierra y que se estaban desembarcando el coche y los caballos, cosa que se vio después confirmada de una manera positiva al oirse los chasquidos lejanos del látigo del postillón. Casi al mismo tiempo, las sacudidas del cable conductor, agitando la superficie del río, anunciaron que la barca estaba ya en marcha para venir á tomar á bordo el resto de los pasajeros. ¡Vaya! pensó Daniel. -Todo ha concluído... me había engañado. Transcurrió un minuto y oyóse una voz en medio del río, que era, sin duda, la del barquero. Los gendarme, no se engañaron é hicieron un movimiento para acercarse á la orilla; pero no tuvieron tiempo, porque cinco ó seis hombres que, al parecer, habían estado hasta aquel momennto oculto: detrás de la casa del barquero, se lanzaron rápidos y silenciosos sobre aqttellos bravos militares, que, sorprendidos por lo inesperado del ataque, fueron derribados en un abrir y cerrar de ojos, mientras, asustados los caballos, hcían en todas direcciones. Sin embargo, los agentes de la fuerza pública no estaban todavía vencidos, y pasado el primer momento se volvieron enérgicamente contra sus adversarios, ¡lamaiido en su socorro á los camaradas del otro lado del rio, sin recordar que estaba interrumpida toda comunicación entre ambas orillas. El cabo ha? ía ooiiciguió levantarse, y sin más armas que sus vigorosos puños, cargó con rabiosa furia sobre los enemigos. El resultado de la lucha era todavía dudoso, pero los prisioneros no lo esperaron, porque uno d é l o s desconocidos se acercó á ellos, y con voz baja y precipitada, les dijo: -Si queréis libraros de una muerte cierta, seguidm. e. María se asió á su brazo con una especie de desesperación; Daniel se apoderó del de su tía, qtie no opuso ninguna resistencia, y todos se alejaron con paso acelerado del teatro del combate. XII LA CASA DEL FRANCO T aniel Ladrange y las señoras de Mereviile, conducidos por su desconocido libertador, siguieron al principio un camino tortuoso y encajonado, que penetraba en el interior del país; pero no tardaron en abandonarle, internándose en los campos, á través de setos y sembrados, y marchando con rapidez y sin hablar palabra. A distancia de 500 ó 600 pasos del río, se detuvo el guía bajo un frondoso manzano, y se puso á mirar á todos lados, manifestando viva impaciencia, como si esperase á alguno que no llegaba. Oíase aún distintamente el combate, que parecia prolongarse con diversas alternativas, pero se conocía que los agentes de la fuerza pública debían llevar la ventaja, porque se llamaban unos á otros en alta voz y se oía el rápido galopar de sus caballos. -No podemos permanecer aquí mucho tiempo- -dijo Daniel al guía, -porque á lo que infiero, vuestros compañeros van en derrota, y los gendarmes pueden descubrirnos en sus idas y venidas. -La. noche es obscura- -respondió el desconocido; -y además, este ataque no era una cosa formal, porque ¿qué se iba ganando con batir á la gendarmería? No se trataba más que de entretenerlos para daros tiempo de escapar. ¿Qué decís? Y ¿á quién somos deudores de semejante servísio? ¿Qué os importa? Aprovechaos de él y no os preocupéis por lo demás... Pero no viene- -continuó el guía como hablando consigo mismo y dando una patada en el suelo, -y bien sabe que yo solo no puedo... ¿Pues á quién esperáis? -A nadie. Siguió otro momento de pausa, durante el cual resonó hacia el río un disparo seguido inmediatamente de gritos tumultuosos. Alguno de los vuestros acaba de ser herido- -dijo Daniel; -es un juego peligroso el buscar querella al cabo Vasseur... Pero, ¡en nombre del cielo! ¿Qué hacemos aquí? Si realmente vuestra intención es la de salvarnos, estamos perdiendo un tiempo precioso. -En efecto- -dijo María asustada- -el ruido se aproxima á este lado. -Mucha casualidad sería que los uniformes azules viniesen hacia esta parte- -replicó el desconocido, -porque nuestra gente debe maniobrar para atraerles en otra dirección. Sin embargo, posible sería... ¡Vamos! prosiguió bruscamente. -Obraré por mi cuenta y riesgo; no es culpa mía que me dejen en este pantano. Previno á sus protegidos que le esperasen y se alejó, regresando pocos instantes después con un calDallo ensillado, que había dejado, sin duda, oculto entre las mieses. Entonces fué cuando Daniel reconoció en su libertador al doctor veterinario que había conversado tan amigablemente con los gendarmes de la escolta; Continuara.