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Cerca de la orilla estaba a m a r r a d a una enorme barca, que era la que servía para el paso de carros y ganados. L a comitiva se detuvo, cesó por completo la conversación, y el cabo, estimulado por el sentimiento de sus deberes, sólo pensó en cumplirlos con diligencia y puntualidad. Cuando se disponía á llamar al barquero, se despidió el alegre doctor. -Aquí nos separamos- -dijo, porque mi familia me espera para comer... ¡Salud, ciudadanos g e n d a r m e s ¡H a s t a la vista, ciudadano cabo! N o olvidaré enviaros mi receta contra el vértigo de los caballos, yo os lo p r o m e t o tengo va rias otras no menos eficaces que os remitiré también P r o n t o recibiréis noticias mías... ¡Conque, buen viaje, y que Dios os libre de cualquier jpercance! H i z o un signo de despedida y no t a r d ó en perderse de vista entre los árboles y matorrales que desde las orillas del río se extendían al interior de la comarca. L a transparente ironía de aquella despedida no hubiera dejado de chocar al cabo en cualquier otra circunstancia; pero impacientado á la sazón con la tardanza del barquero en salir de su vivienda para desempeñar su oficio, se contentó con responder distraídamente á los saludos del médico, y casi ni aun reparó en su partida. Todos los jinetes habían echado pie á tierra, esperando al barquero, que no parecía ni respondía á los que le llamaban. -U n o de ellos se acercó á la casa por orden de su jefe, pero encontró la puerta abierta y vio que n o había nadie d e n t r o sin duda, el barquero, creyendo que no se presentarían viajeros á una hora tan avanzada, había ido á divertirse ó á sus negocios. Con tal convencimiento, el impaciente Vasseur empezó á j u r a r de una manera terrible, y no tardaron en imitarle sus subordinados, poco deseosos de pasar la noche al aire hbre. E n medio de tal concierto de maldiciones, se apareció á la orilla del río un individuo, según las apariencias un labrador que regresaba de sus faenas, y se acercó con indiferencia al grupo. ¡Ah, ah! -dijo sonriendo. ¿Estáis esperando al tía Gambillot el barquero? H o y ha a n d a d o bien el oficio, y sin duda el viejo borracho se ha ido á descansar á la taberna. ¡V o t o á D i o s Buen amigo- -contestó el cabo, -si sabéis dónde puede estar ese maldito barquero, corred á avisarle, y que se presente aquí inmediatamente, porque ss trata del servicio nacional y será responsable de la tardanza... Ea, marchad á buscarle y os daré un asignado de veinte sUeldos por vuestro trabajo. ¡Bien iDor D i o s! ¿Y dónde queréis que yo lo encuentre -preguntó el campesino con frialdad. -H a y más de diez tabernas donde puede haberse detenido Gambillot, y no es cosa de recorrerlas una por una. Además, me atrevo á apestar á que el viejo está, á la presente, borracho omo una uva, y aun cuando se dieira con él se le encontraría hecho u n leño, sin poder ni verse. ¿Y qué hacer en eil, caso? -dijo el cabo. -i Bah! P o r poco os a p u r á i s tenéis delante la barca, sólidamente a m a r r a d a á un cable sumergi- do que va de una á otra orilla; ¿por qué no entráis en ella con toda vuestra gente? Con tal que no carguéis demasiado el barco, y pasando en dos tandas, no hay nada que temer. -Es posible- -replicó Vasseur; -pero ninguno de nosotros sabe manejar la barca, y en una noche tan obscura, en un río desbordado, cuya corriente es tan rápida... Vamos á ver, amigo; me parecéis experimentando en estas f a e n a s ¿n o podríais echar una mano y reemplazar á ese maldito barquero? Seréis debidamente recompensado por vuestro trabajo. -Bien, si así lo queréis... Algunas veces, en efecto, he tenido que ayudar á Gambillot cuando está borracho, cosa que le sucede con mucha frecuencia conque, si queréis fiaros de mí, espero conduciros sin entorpecimiento á la otra orilla. Vasseur dio un millón de gracias á aquel hombre servicial que venía á auxiliarle en tan crítica ocasión, y se convino en que pasasen primero el coche con su tiro y dos gendarmes con sus caballos, efectuándolo después los otros viajeros y el resto de los caballos. Zanjado este punto, el improvisado barquero dijo, como recordando una cosa que no había pensado: ¿P e r o hay gente en el coche? Porque, en tal caso, es preciso que se apeen. -Tenéis razón; sería una inhumanidad dejar á esa pobre gente ahí encerrada, cuando tal. vez un ac 6 dente imprevisto... Además de que yo mism o les vigilaré sin perderles de vista. El cabo abrió la portezuela del carruaje é invitó á sus prisioneros á echar pie á tierra, io que verificaron inmediatamente Daniel y M a r í a pero la infeliz marquesa, incapaz de comprender la necesidad presente, se resistía á abandonar el coche, protestando contra todo lo que pudiese retardar su llegada al castillo de Merevihe, donde se creía esperada con impaciencia. P o r fin, las cariñosas súplicas de su hija triunfaron de su resistencia y consintió en apearse, yendo los tres á t o m a r asiento en un banco de piedra delante de la casa del barquero. El cuadro que se ofrecía á su vista no era el mas á propósito para reanimar sus espíritus a b a t i d o s la campiña solitaria, el cielo sombrío y nebuloso, el agua fangosa que corría rápidamente en medio del lilencio de la noche con lúgubre gemido; todo tenía un marcado carácter de tristeza y de desolación. La joven se volvió hacia su primo, y! e dijo lacónicamente: ¿Y bien? ¡Quién sabe! -contestó Daniel. Ocupábanse en aquel momento del embarque del carruaje y de los jinetes que debían ser transportados en el primer viaje del barco. Asustados los caballos con la obscuridad de la noche y el ruido de las aguas, se encabritaron, negándose á entrar en la barca, pero se logr reducirles y todo quedó, listo para la partida. Los gendarmes, que ya se hallaban á bordo, recibieron las últimas instrucciones de su j e f e el barquero se puso á halar con todas sus fuerzas sobre el ble, y la pesada embarcación se movió, al pri -Mü í una manera insensible y luego se