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c FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO el mal ha hecho progresos considerables y son ya irnpotentes los recursos de la ciencia; de lo ciial infieren que es ineficaz la medicina. Por eso, hubiera yo arrastrado aquí una existencia miserable sí me hubiera concretado á prestar mis auxilios á la humanidad doliente y no los hubiera hecho de igual modo extensivos á los bueyes, á los caballos, á los asnos, á las ovejas de la comarca, en una palabra, si no fuera á la vez doctor en medicina... y albéitar El cabo no pudo contener una carcajada. -Reíd todo lo que queráis- -dijo alegremente sü interlocutor; -pero lo que os cuento es la verdad, y habéis de saber que de ambas profesiones, la que me da más consideración no es la que vos probablemente pensáis. Un labrador, que dejará que su mujer y sus hijos sufran durante muchos meses las tercianas sin aplicar remedio alguno antes que llamarme y comprarme un medicamento de veinte sueldos, no obrará de la misma manera sí cae enferma su vaca. En cuanto se declaran los primeros síntomas del mal, me envía recado tras recado, si no puede venir él en persona cuando llego á su casa me recibe como á un salvador, me adula, me mima, escucha mis palabras como oráculos, y ejecuta mis prescripciones con minuciosa exactitud. Si tengo la suerte de salvar ál animal enfermo, se me colma de alabanzas, se eleva al quinto cíelo mí habilidad, se me pagan con largueza mis visitas y medicamentos, y aun se suele añadir un barril de sidra, un par de pollos ó un ganso cebado, en prueba de reconocimiento. Si, por el contrarío, el labrador me ha mandado llamar para cualquiera de su familia ó para sí propio, apenas se dignan mirarme, no se hace caso de mis recetas, y se regatea furiosamente cuando se trata de pagar mis honorarios. Así es que adopto el partido de informarme, cuando soj llamado para el establo ó para la cuadra, de si hay alguna persona enferma en la casa; casi siempre resulta que hay alguna intermitente, algún catarro rebelde, algún reumatismo, que esperaba esta crítica ocasión para exhibirse y que yo combato sin ajustarlos. Ya tengo buen cuidado de no incluir en la cuenta las visitas y medicamentos destinados á las personas, cosa que me perjudicaría en gran manera: las pildoras según arte, y las pociones según formulario van á cargo de los caballos curados del muermo y de los carneros salvados de la morriña, y todo el mundo queda contento. 1 campesino, persuadido de que me ha escamoteado la salud para sí y los suyos, cuando sólo la ha pagado para los animales, se ríe para sus adentros y yo me río de él para mi capote. El cabo Vasseur estaba tan embelesado con las originales narraciones de su compañero, que no pensó en volver la cabeza para asegurarse de si el vehículo que venía de Nocvilliers era, en efecto, una carreta de acarreo ó un carro de labranza, ni reparó tampoco que el doctor lanzaba de cuando en cuando miradas furtivas á los lados del camino, donde se veía ondular las mieses, como si algunas personas hubieran seguido, recatándose, los pasos de la caravana. El cabo repuso tranquilamente: -Reconozco en ese rasgo á nuestros paisanos beancerones, y os felicito, ciudadano doctor, por haberles sabido entender el flaco tan perfectamente. Pero no me habéis dicho cómo ha venido á vuestro poder ese hermoso animal. ¡Ah! Sí: este caballo pertenecía, años atrás, al ex conde de Ménars, que tenía las mejores caballerizas de todo el país chartrense. Se desarrolló una epizootia entre los caballos del señor de Ménars y fui llamado para cuidarles; curé á varios, pero éste parecía tan de remate enfermo, que, desesperando de salvarle, se dio orden de degollarle, á fin de que no contribuyese á sostener el contagio en las cuadras. Pedí que se me entregase, cosa que obtuve sin dificultad, y á fuerza de cuidado y de medicamentos, conseguí que recobrase la salud. Desde entonces me sirve de cabalgadura en mis correrías por los pueblos, y esta curación me ha dado más crédito y honra que sí hubiera salvado la vida á diez cabezas de familia. Por donde quiera que voy es conocida la historia de mi caballo, y éste viene á ser una prueba viviente de mi ciencia á los ojos de los incrédulos, sirviéndome á la vez de prospecto, de certificado y de recomendación. Todos tenemos nuestros detractores y nuestros enemigos, como sabéis; pues bien, cuando se pone en duda mi habilidad práctica, enseño mi caballo y la envidia queda anonadada. El doctor veterinario se expresaba con una facundia, sencillez é ingenuidad tales, que su oyente estaba encantado: cualquiera le hubiera tomado por un honrado campesino que aprovecha con gusto la ocasión de cambiar sus ideas con una persona que le es simpática. No le habían preguntado por el lugar de su residencia, pero indudablemente vivía en una aldea poco distante, porque conocía al dedillo todo el país y saludaba con familiaridad á cuantos encontraban al paso. Además, no había aventurado, respecto de los prisioneros del carruaje, ninguna pregunta alarmante para la vigilancia del cabo, y apenas los había mirado. Tranquilizado Vasseur por todas estas circunstancias, no tardó en entablar con su compañero de viaje una conversación sobre la hipiátrica, en la que tomaron también parte los gendarmes de la escolta, y poco después todos ellos estaban subyugados bajo el encanto de las palabras, ora doctas, ora joviales, del práctico. Conversando así, llegaron, á pesar de la lentitud de la marcha, á la barca de Grandmaison, por la que se debía pasar el río. Había cerrado por completo la noche. Exceptuando una casita que se alzaba á orilla del río, y que era, sin duda, la del barquero, no se divisaba vivienda alguna; únicamente dos ó tres luces que brillaban en la llanura, á largas distancias una de otra, revelaban que el país estaba habitado. A los pies de los viajeros, el río desplegaba apaciblemente sus aguas espesas y cenagosas, más crecidas que de ordinario; pero nadie diría que una legua más arriba aquel río hubiera tenido bastante empuje para llevarse el puente de madera del camino principaí.