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FOLLETÍN D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 19. CONTINUACIÓN -Es decir- -replicó éste, -que el camino más eorto para llegar á Chartres es ganar la barca de Grandmaison. Ya veis, ciudadano, que estoy encargado de un servicio público, y no creo que tratéis de inducirme á error... ¡No lo permita Dios, cabo! A la verdad, no os queda otro partido que tomar, á no ser que vayáis á buscar el puente de Vaufleur, á cuatro leguas de aquí, y que, como es de sillería, habrá tal rez resistido á la inundación mejor que núes- tro infame puente de madera. -Está bien, ciudadano; os doy las gracias y me decido por la barca de Grandmaison. Voy, pues, á... Pero, ¡voto á mil diablos! -exclamó observando una masa negra que se movía lenta- mente en la parte de camino que iba á abandonar. I No es una- carreta de acarreo lo que se ve desde aquí, y que parece venir de Norvilliers? -Es ima carreta de labranza que vuelve cargada de forraje- -contestó con un aplomo lleno de sencillez el desconocido. -Tal vez tengáis razón... Se ve ya muy poco á esa distancia. Ea, pues; en marcha: en vez de isar el río en Norvilliers, le pasaremos en randmaison, con lo cual perderemos una legua; pero, ya la sacaremos espoleando los caballos. -También yo voy por la parte de Grandmaison- -dijo el médico, -y; con vuestro permiso, cabo, caminaré en vuestra compañía. Esta proposición acabó de tranquilizar al suspicaz Vasseur; porque, ¿cómo hubiera consentido aquel buen doctor en acompañarle, si su relación no hubiera sido exacta en todas sus partes? El cabo dio, pues, órdenes á su gente y al pos tillón, y en seguida toda la comitiva, dejando la carretera, penetró en un camino tortuoso y quehrado que conducía á la barca. ¡Daniel había escuchado desde el fondo del carrnaje la conversación del jefe de la escolta con el viajero, y hasta había alcanzado á entrever por la portezuela la fisonomía del médico campesino. Aquella cara ie era del todo desconocida; pero le parecía que había oído aquella voz en época no lejana, si bien no recordaba cuándo ni dónde; y se esforzaba por repasar su memoria, cuando María más y más asustada por aquel cambio de dirección, le preguntó la causa, que Daniel le explicó con aire distraído. La marquesa, sacudida por los violentos vaivenes que experimentaba el carruaje, se despertó y dijo sonriendo: ¡Ah! Debemos estar ya muy cerca de MereviHe: lo conozco en este infernal camino que conduce á nuestra querida residencia señorial. Ya podía ese avaro bailío mandarle componer. -Madre mía- -dijo María en voz baja incliaándose hacia ella, -nos hallamos aún muy distantes del sitio adonde nos dirigimos, y no sé si debemos desear... -i No importa! ¡No importa! -interrumpió g la señora de Mereville. -Haremos nuestra entrada á la luz de las antorchas... ¡Qué contentos se van á poner, al vernos, nuestros aldeanos! j Y qué delicioso se hace un viaje ante la perspectiva de tanta felicidad y alegría! Recostóse de nuevo en los almohadones del coche y volvió á caer en su sombría somnolencia- -i Pobre madre, pobre madre! -balbució María conteniendo con esfuerzo sus lágrirnas. -No la compadezcáis- -dijo suspirando Daniel. -Dios, en su misericordia, la ha quitado lo que nos deja á nosotros: la conciencia de nuestros peligros. ¿Cómo, si no, habría podido soportar por vos las angustias que nosotros experimentamos por ella? Mayores motivos tenemos nosotros para quejarnos, y sin embargo... ¡Pero no me engaño! -añadió apHcando la vista al pequeño cristal colocado en la parte posterior del carruaje. -El cabo tenía razón... ¡Es una carreta de acarreo! ¿Qué queréis decir, Daniel? -preguntó con vivacidad la joven. ¡Silencio, querida María! Tal vez me equivoco, pero rogad á Dios, y estemos atentos á lo que pueda ocurrir. Durante este tiempo, el cabo y el médico caminaban el uno al lado del otro delante de la tropa, con toda la celeridad que permitía el mal estado del camino. Ninguno mostraba impaciencia por entablar conversación, hasta que Vágseur rompió por ñn el silencio: -A fe mía, ciudadano- -dijo examinando el caballo del desconocido, -tenéis un animal fino y de fuegos. Dicho sea sin ofenderos, rio podía esperarse hallar un bicho semejante entre las dos botas de un médico de lugar. ¡Hola, hola! -contestó el viajero con complacencia. -Se conoce que sois inteligente, ciudadano gendarme. La verdad es que pocos caballos de este cantón podrían competir con mi pobre Bucéfalo, á pesar de sus años... No, ni aun vuestro normando, por más que no sea un animal despreciable. -Mi caballo tiene su valor- -dijo secamente Vasseur, que, á fuer de buen caballista, no gustaba de que se rebajase su montura. -Pero ha debido costaros buenos cvartos vuestro Bucéfalo, como le llamáis. -No muchos, puesto que sólo me ha costado el trabajo de tomarle. Es toda una historia... Porque habéis de saber, cabo- -prosiguió con tono jovial el desconocido, -que en este buen país, un hombre de ciencia necesita tocar varios palillos para ganarse la vida. Yo ejerzo la medicina, es verdad, pero mi posición sería harto precaria si me hubiese limitado á ejercerla sobre seres racionales. Los campesinos son, generalmente, avaros y duros para sí propios, soportando mucho tiempo la enfermedad antes de decidirse á llamar al médico, cuyas visitas hay que pagar, y sólo toman este partido en el último extremo, cuando