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l e t Comenzaron los derribos para hacer una gran vía, y tuvieren los ratones que escapar más que de prisa, ¡Qué emigración tan penosa por zanjas y alcantarillas! ¡Y qué hambre, sin hallar nada que comer en varios días! Por fin dieron con la cueva de una tienda bien provista, y el más anciano de todos le dijo á la compañía: -Señores, hay que ser vivos; á racionarse en seguida, antes que los gatos huelan que estamos y nos persigan, ¿Conque hay. que ser vivos? Perecito, -por mi vida, que en eso de la viveza no hay ningmio que me siga. Allá abajo veo un queso que es excelente comida. Y fué corriendo á buscarle, pero olió que más arriba había tocino magro y se fué de una corrida, En esto vio que del techo colgaban las longanizas, y dio á trepar el gran Pérez por las paredes arriba, Y así, persiguiendo olores de unas v otras golosinas, corriendo por todas parles, fué á parar á la cocina, donde se halló con un galo que puso fin en seguida á la ratonil viveza ue el gran Pérez poseía! C. s dijo al bajarse para cogerlo; pero al tenerlo en sus manos pudo ver que no era un librico, sino una cartera nuevecita que contenia 1.500 pesetas en billetes tan nuevecitos como la cartera, -No había más en la cartera; ni documentos ni tarjetas; nada que diera indicios de su dueño. E tío Sabaslián era una buena persona; pero los billetes le alegraron el alma tanto, que no pudo menos de exclamar: ¡Si no paiciera el dueño! Pero paicerá; ya verán ustedes como paicc. Guardó la cartera con su hallazgo y se volvió á su casa, después de una breve inspección por su viña, con el propósito de no contar su aventura y pensando en qué iba á invertir aquel dinero. A la entrada del pueblo se encontró con Ciríaco, otro labrador que andaba muy atropellado en su administración, y que en aquellos momentos no le hubiera venido mal otro hallazgo de 300 duros. -Oye, Ciríaco- -le dijo Sabastián; -me paicc que te voy á comnrar aquel bancalico del Plano, de que me hablastcs, porque me ha tocan nn pisco á la lotería, según hi visto en el periódico. -Pues, chico, me pondrás en mi casa, porque debo dos tercios de contrebución y un plazo de la muía ¡ue compré y no sé ponde salir. -Pues ya hablaremos de esto mañana nicsmo- -replicó Sabastián, y se dirigió á su casa. f fl C U E N T O BATURRO p 1 tío Sabastián, un labrador bien llevadico de mi pueblo, salía íiace días á dar vuelta por su maiuelo, pues le habían dicho que lo tenía muy liermoso. Allí se encontró con el médico del pueblo, abatido, medio muerto, esijerándole imjiacicnte para largarle la siguiente historia: -Amigo Scliastián: PTe estado de consulta en í. ccera, y el Curro me ha entregado para uste l i. ñoo pesetas, que me ha dicho que le debía de unos borregos; pero al llegar al ijueblo nie he encontrado sin la cartera en el boIsilUj, He desandado el camino, he preguntado, pero la cartera no parece, y es lo peor que hoy no tengo esa cantidad para resarcirle de este perjuicio, Com renda usted mi apuro y iierdone usted mi torpeza. M ¡a si sabía yo que paiccría el dueño I- -exclamó i at a. í íá i, y lirígiéndose al médico, dijo: -Vava, tranquilícese usted, D. Aniceto, la cartera está a uí; hi tenido la suerte de encontrarla yo. Ahí se la devuelvo después de guardarme los l illctes. Al médico le vulvió el alma al cuerpo y se fué más contento que una Pascuas. Sebastián, cariacontecido, salió de su casa y se dirigió á la de Ciríaco, á quien le dijo; -Cliiqnio, vengo á date una mala noticia, Y a no hay nada de lo de la compra del bancal. -Y yo que yz. me había hecho la ilusión. -Pues, hijo, lo de la Lotería no se ha confirman en la lista oficial. T GASCÓN. ota, Ya muy próximo á su finca llamó su atención un objeto que había en medio del camino. ¡Rediez qué librico tan majo! ¿De quién será?