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UN ES CALO CONCLUSIÓN Al fin fué de d í a los criados se levantaron y la casa se puso en movimiento. L a buena señora, comprendiendo que una imprudencia sería funes- ta, guardó el más absoluto silencio sobre lo ocurrido durante la noche, y salió, como de costumbre, á oír m i s a pero en vez de ir á la iglesia, se fué á casa del comandante de la Guardia civil, y en la mayor reserva se lo contó todo, suplicándole que le enviase al anochecer una pareja para esconderla en la casa, y cuando los malhechores sacasen la cabeza por el agujero, que no habían tenido tiempo de concluir, les echasen la mano. Así quedó convenido, y el plan de doña Sinforosa se hubiese realizado por completo si los ladrones hubie- S e ñ o r a ya han parecido los ladrones, y he descubierto su guarida. Lo que querían robar era el dulce, y no han dejado ni una pizca; el tarro no se lo han llevado, porque no tenía utilidad para ellos: pero el tul que lo tapaba está todo roído, y uno de ellos, al quererse escapar, tropezó con un cepo y se quedó preso para darnos la clave del enigma. Doña Sinforosa, llena de confusión, exclamó: ¿P o r qué no se me ocurriría á mí pensar en los ratones? MARÍA BE P E R A L E S LA VIVEZA R A T O N I L Descendientes de aquel célebre ratón que en la edad antigua dejó en fábulas y cuentos los recuerdos de su vida, los Pérez son los ratones de casta más distinguida, que unos llaman perezuna y otros dicen peresina. Los Pérez que fueron padres de nuestro protagonista, le pusieron de pequeño una institutriz magnífica una ilustre rata sabia, que gran parte de su vida se pasó de feria en feria haciendo mil maravillas. Sabía guiar un auto, manejar la artillería, trabajar en el trapecio, bailar en la pantomima y tantas y tantas cosas, que era capaz, si quería, de hacer juegos malabares con naranjas de la China! Con estos antecedentes, puede que el lector se diga: ¡Al lado de tal maestra, qué cosas aprendería! Y, sin embargo, es lo cierto que la Fraulein hizo pifia, porque el ratoncito Pérez y Pérez no daba chispas. ¿Por qué? Porque su carácter era vivo, y n podía sujetarse á aquella larga y pesada disciplina. A él que le dieran las cosas breves, instantáneas, vivas, y no esas latas de estudios, ejercicios y pamplinas. Las cuales serán muy útiles para las ratas tranc uilas; pero el que tiene viveza, ¿para qué las necesita? Así discurría Pérez, que, á la verdad, poseía la más movible viveza de la ratonil familia. sen contiuado su escalo. Pero dieron las doce, y la u n a todo el mundo dormía en la casa, menos ella, la pareja de la Guardia civil y un criado antiguo, que, sentados en el cuarto de la señora, escuchaban, guardando el más profundo silencio, sin oír el menor ruido. Cuando fué de día, registraron minuciosamente hasta el último rincón, y, convencidos de que los bandidos habían huido asustados con el recibimiento que los preparaban, se restableció la tranquilidad y en todo el pueblo n o se habló de otra cosa. A los pocos días fueron unos amigos á verla, y recordando que tenía un dulce muy rico en la bodega, mandó que lo trajesen p a r a obsequiarlos, y figúrense mis lectores la cara que pondría al ver entrar á la criada riéndose y diciendo