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í f -il f! V- Vi í. X ílA t K I i s w i Ve it ii A- iJ LA V I D A HIDRÁULICA ción cite la consabida voz del instinto, que nos obliga á buscar en todo momento lo más conforme á nuestra naturaleza. Fácil es, asimismo, que se refuerce con el caso de los animales emigratorios, imitado por el hombre que, al fin, es un individuo de la escala zoológica... P e r o á mí, la verdad, me cuesta trabajo confesa. -que fué u n animal el primer veraneante. Y tampoco creo que se deba atribuir á un grupo de hombres el invento de uno solo de ellos. No. Las playas veraniegas han seguido el curso natural de las instituciones humanas. Primero las disfrutó un hombre, luego u n a familia, después una tribu... y así sucesivamente, hasta la completa formación de la sociedad veraneante. Sociedad civilizada, naturalmente es decir, con fondas, hoteles, casinos, modas y demás zarandajas que recuerdan y obligan á seguir las mil molestias que se abandonan. No aspiro con esta lucubración á poner algo sólido en el líquido que remoja ahora mismo las carnee pudientes de mis contemporáneos ídem; pero sí á que la medite un poco todo hombre reflexivo, al sahr de la caseta con su traje de baño. i Querido compañero: piensa en el primero de nuestros hermanos que se echó al m a r en estío para refrescarse! Fué el precursor de tus higiénicos chapuzones. Esta es una de las ventajas del verano, que neu- J IENTRAS honramos, bendecimos y glorificamos á una porción de gentes que no hicieron más que corrompernos las oraciones, olvidamos á los hombres que han inventado las cosas más prácticas y beneficiosas para sus semejantes. L a humavádad es así de injusta, de ingrata y de olvidadiza. ¿Quién ha inventado las sopas de ajo? ¿Quién fué el inventor de la cama? Nadie lo sabe, pero todos nos aprovechamos di; esos beneficios. Bastan los dos ejemplos, escogidos al azar, pa, a que comprobemos la ingratitud y la injusticia t e la especie. Pero allá va otro, de rigurosa actual dad en el estío riguroso, porque siemjire es oportuno presentar tres argumentos en defensa de cualquier idea. El número tres goza de un justo y saludable prestigio ideológico. Este es el tercer ejemplo ¿Quién inventó la costumbre de explayarse cabe la playa, apenas el padre Sol ejerce su tiranía de padrastro r También se ignora. Y también, sin hacer apreció del inventor, todo el m u n d o disfruta del invento. E s posible que cualquier sociólogo crea y diga que eso no se le ocurrió á un hombre solo, sino á varios al mismo tiempo, y en apoyo de su observa-