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nejaba la rueca á las mil maravillas, gastaba humos hombrunos cargando tojos y hoja, hacía media mejor que su abuela y pintábase sola en achaques bodeguiles. Pórtelo sentía gran comezón por la rapaza, y decía, en los momentos de expansión, que le hacía bullir en la esponjilla de entre pecho y espalda un bicho, desmandado de nación y malo de remate, cada vez que le endilgaba una mirada, ó, por sus negros pecados, la veía en los trajines caseros y de labranza, sobre todo cuando barajaba adrales y estadonios á la luz del día ó de las estrellas. A ella, y Dios me lo perdone si peco, no le debía producir descontento el mozo, á pesar de ser muy de holgar el indino, pues si lo veía andar cara á sí por algún sendero, quicr de pies, quier de cabras, no se alongaba por camino diferente aunque ellos fuesen tantos y tan disparatados como los del laberinto de Creta; y poníanse á tiro de ballesta, á veces á los alcances de la mano, disparándose frasecillas socarronas y punzantes, de tan gran colorido que fueran bastante á sacar los colores á un muerto ó á hacer saltar el zumo á un limón, y aún cometían de cuando en trecho ciertas picardías con los ojos y las manos que si las alcanzara á ver el buen cura D. Bernabé, tan corto y comedido como el del Pilar de la Gradada, los hubiera maldecido á grandes voces y n Dios y mi ánima que los liabría dejado como no digan dueñas. Acontecía, en finiquito, que entrambos á dos se sentían acometidos por el tabardillo del amor y por carriles encontrados llevaban á remolque el sino de sus vidas; buscaba ella puntos del común vivir, y corría él á tributarle pleito homenaje. Así, concurrían á los hilandones del lugar, donde se palicaba de lo lindo y sacaban á colación los cuentistas atildados narraciones fantástico- locales de brujas, magas, difuntos empecatados y otros espíritus maléficos que retornan á- la tierra por permisión del Señor y pasean sus negros sayalc por montes yermos y parajes selváticos. Concurrían además á la tradicional deshoja del maíz de tal c cual vecino de bienes raices y fácil pagar, y allí, entre consejas atávicas y narraciones legendarias, enroscábase él como perrito de faldas á los enfundados pies de Mari- Pepa, á la cual pellizcaba de tapadillo v como quien no quiere la cosa, y hacíale cosquillas á lo que creo, pues ella solía dar brinquitos como si en la piel se le enterrara el aguijón del tábano ó el de la vara de ganados. Y llegado, como es uso en esto último quehacer, el gran barreño de barro vidriado lleno de tope en tope de patatas cuarteadas, emparentadas con torreznos, cebolla y tomate, el jarro de f) urrela coronado de espumas rojizas y la canasta de manzanas orondas, salidas de un cuarto rayano con la solana, él apenas si pasaba bocado ni mojaba el gaznate á titulo de ningún ruego, v hacía cada disparate á presencia de los róndenos y demás sujetos reunidos que encendía el pelo y daba mucho que reír y no poco que charlar. ítem más: en los domingos v fiestas de guardar la esperaba al tercer toque de la campana lugareña, frente al crucero del templo, un edificio románico lleno de antos y polillas. Ya en la casa de Dios, era mejor para visto que para contado; hacían desde el primer evangelio hasta el ite, misa est atrocidades cOii los ojos, medio ocultos entre los pliegues del mandil ó deí mantón de ocho pimtas y en la bufanda á cuadros que él tenía al cuello, Al echar la bendición el digno pastor de almas. y de ovejas que había sido cu sus buenos tiempos, salía éste y, tomando la delantera, plantábase, tieso ccmo un prebendado y en unión de la mocod- -d casadera, en el atrio para piropearla al sal r y ro arse con ella una miaja... Otrosí, y vaya do d. itos en menor: en el asado inveterado de las castañas, tomadas del cercado ajeno, de la noche de Todos los Santos, en la cual noche jóvenes del sexo feo y del sexo guapo eoniparecen en planicies cercanas a! lugar, era la gorda; aquello de á río revuelto ganancia de pescadores, veníales pintiparado, y les cuadraba tan á lo justo como á la cerradura la llave, pues entre ti humo de las carrascas y de los piornos, el chisporroteo festivo de las castañas, el olorcillo del vinito de la tierra y los giros parabólicos de los cohetes, usaban de unas llanezas y de un no sé qué picaresco que á fe traspasaba las lindes del claro- obscuro, Y lo propio acontecía en las romerías y rúas de la contornada, donde todo hijo de madre, señor ó villano se guardaría muy bien de toser á la moza si no quería habérselas con el invencible Pórtelo y poner en peligro de muerte todos y cada uno de los trozos de su armazón semoviente. Enderezadas talmente las cosas, tan sabrosas de suyo y dignas de escritura y especial comento, el vendehúmos llegó á ponerse loco y tan fuera de sí como río desbordado por aquellas carnes exuberantes de Mari- Pepa, que le hincaría el diente muy á gusto, y, ni corto ni perezoso, se presentó al padre en demanda de la hija, un labriego muy hacendoso con pocas haciendas, suyo hasta la medula de los huesos y tan amarrado á un huerto lleno de orégano y romero como la planta parásita al murallón. No miró el amonestado la demanda con buenos ojos, á causa de la pobreza del pretendiente, ue no tenía donde caerse muerto, y de lo dado que él era á holgar como referido queda; y púsole por condición que se industriase en ciertos menesteres de labranza y llevase al tálamo matrimonial treinta y tantos durejos para comprar una vaquilla y empezar por tan menguado peculio á medrar: que por poco se empieza, según es costumbre decir; pero hay que empezar por algo... Su hija tenía una dote de tres mi! reales á poco tener, y por añadidura rara habilidad en faenas de campo y hechura de guisos, y no era justo que casara con un truhán sin oficio ni beneficio, con el día y la noche por toda fortuna; porque, lo que él decía, hacia el altar se marcha muy fácilmente, pero después es ella: cuando los chicuelos empiezan á desgañitarse, enseñando dos filas de dientes dispuestos á todo menos á no hacer nada, no hay manera de contenerlos á no ser que se les llene la boca de migajas de pan ó torta. Mal aprovecharon estas razones al galán que á la presente era una despensa desamueblada, quiere decir, que no tenía un maravedí, ni maldita la gana de echarse por esos mundos á procurarlo. 1- a cantidad puesta en condición le costaría darse á servir tres años lo menos ó desatar velas derechura de las Castillas en el tiempo de la siega y achicharrarse entre los haces del rastrojo. Lo de los años, qué caray, santo y corriente, los dos podrían aguardar; lo malo era doblegarle! esternón, cosa que nunca había hecho, salvo en las palestras para librar la cabeza de alguna que otra pedrada certera... l- irujuleó por largo tiempo sobre la manera de allegar los dineros en cuestión sin echar los bofes en tierras castellanas ni bajar la nuca en propiedades ajenas, y se le ocurrió ver á Mari- Pepa, puede ser que abrigando la esperanza de que ella redujera el arbitro, ó quizá con otros tácitos designios de dcs (ünocidos alcances. Llevóse á efecto la entrevista en horas de poca luz y ninguna vigilancia. Yo no sé, y si lo sé para mí se queda, lo uc los dos trabaron: sólo puedo afirmar que al mes de esto ella estaba loca, perdida y poníase como una guinda de colorada cada vez que las buscadas ceincidencias le deparaban á Pórtelo; puedo decir que éste no tomaba traza de abandonar la vida regalona; antes bien, continuaba en un r. erfecto disfrute, como si se tratase de una renta vitalicia; puedo asegurar, en fin, que el vendcvidas de nuestro cuento y la uiozallona j u gaban al escondite en el hórreo, en el pajar, en la solana, donde se Ics terciaba, contraviniendo al espinnajc del vigía ó padre de Mari- Pepa, que esperaba del aspirante á las carnes de su hija una jugarreta de malas consecuencias, y que la adamada, despren- i i I j i I i