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FOLLETm DE BLANCO Y NEGRO Y siguió adelante, mientras el campesino se internaba en un campo inmediato, silbando con indolencia. ¿Habéis oído? -dijo María asustada a su compañero de viaje. Aseguran que hay entre nosotros una inundación, un puente arrebatado por las aguas, y sin embargo, el cabo no piensa en retroceder. ¿Querrán deshacerse de nosotros aun antes de llevarnos á presencia de los jueces? ¡Pobre niña! ¿Podéis abrigar semejantes ideas, y creéis que el bravo militar, cuya franqueza y humanidad ensalzabais hace poco, consentiría en ejecutar tales órdenes? ¿No tenéis sobrados motivos reales de temor, sin necesidad de forjaros otros quiméricos... Pero precisamente, he aquí el cabo que está tomando informes. En efecto, Vausser se había decidido á preguntar á una mujer y dos niños que, cargados de gavillas, venían probablemente de espigar en las heredades próximas. La mujer afirmó que una legua más arriba estaba interceptado el aso por las aguas desbordadas del río, que habían arrastrado el puente de la carretera. Otro tanto sostuvieron osadamente los niños, dos pillastres de fisonomía descarada. -ía. prueba es- -dijo uno de ellos mordiendo una manzana verde, -que á la vaca de la tía Giraud la llegaba el agua hasta los cuernos, y que se ha ahogado; la vaca de la tía Giraud, sí, señor. -Y además- -dijo el otro subiendo con desparpajo su pantalón de lienzo hecho pedazos, -el heno del pertiguero de Norvilliers se ha largado todo agua abajo, de modo que las ovejas hubieran podido pacer en medio del río... ¡Cosa más bonita! -Es la pura verdad, ciudadano gendarme- -repitió la espigadora con zalamería; -y si lleváis pFÍsa, debéis tomar el primer camino que se encuentra allá á mano derecha y que va á la barca de Grandmaison, por donde podréis pasar cómodamente el río con el coche y los caballos. Tan reiterados avisos pusieron en gran perplejidad al cabo. Acercábase la noche, faltaba aún gran trecho para llegar á Chartres, y no parecía prudente empeñarse en seguir adelante, á riesgo de tener que desandar el camino. Hombres, caballos y carruaje habían hecho alto en medio de la carretera. Vasseur, cada vez más irresoluto, pregunto al postillón si tenía algún antecedente de que el río desbordado se hubiese llevado el puente de Norvilliers. -Yo no sé nada- -contestó aquel hombre con indiferencia; -pero no tendría nada de particular, porque ha caído una buena rociada la noche última. Pero, en fin, ¿seguimos el camino recto, ó hay que tomar el que conduce á la barca de Grandmaison? Esta era precisamente la duda que atormentaba al cabo. Sin saber por qué, las noticias de aquella mujer zalamera y de aquellos chicos descarados excitaban todavía sus sospechas; y es que Vasseur, desconfiado por carácter y por la experiencia adquirida en su profesión, se figuraba que todos aquellos á quienes interrogaba tenían cierto aire de falsedad, é ironía. Al tender á lo lejos su mirada buscando alguna persona de quien adquirir datos fidedignos, descubrió un jinete, cuyo porte era el de un campesino bien acomodado, que se dirigía hacia oi viajeros. ¡Pardiez! -dijo. amos á saber al fin si han querido ó no burlarse de nosotros. Aquí llega precisamente un caminante que debe venir de Norvilliers, y si hemos sido engañados... Vamos, arrea, postillón; nos informaremos de aquel ciudadano que viene por allí, y sabremos, en fin, á qué atenernos. Puestos en marcha, y después de haber dado algunos pasos, volvió el cabo la cabeza para observar de nuevo á lá mujer y los niños á quienes acababa de preguntar; pero habían desaparecido súbitamente, ocultándose, sin duda, en las rnieses no segadas, que ondulaban al soplo de la brisa á ambos lados del camino. ¡Hum! -dijo para sí Vasseur. -Todo esto me parece algo turbio. Su atención se concentró entonces en el viajero, de quien esperaba informes definitivos y al que alcanzó justamente en el sitio en que la carretera enlazaba con el camino de Grandmaison. Haciendo seña á su gente de que se detuviese, se acercó al jinete, con quien cambió un cortés saludo. El desconocido, como ya hemos dicho, tenia el aspecto de un hombre acomodado de las inmediaciones. Llevaba un redingote de los llamados Roquelaures, botas altas, perfectamente lustradas, con espuelas de plata. Largos cabellos y un sombrero de anchas alas ocultaban en parte sus facciones que la obscuridad creciente impedía distinguir; pero al descubrirse dejó ver una. fisonomía risueña y unos ojos vivos que anunciaban un humor jovial. El cabo, muy conocedor en caballos, notó con cierta extrañeza la finura y gallardía del animal que montaba el viajero. Aunque ya viejo, al parecer, y mal enjaezado, tenía todas las condiciones de un caballo de raza, contrastando la elegancia de sus formas y la flexibihdad de sus, movimientos con la pesadez de los caballos de los gendarmes. Preocupado Vasseur con el deseo de proseguir su marcha y descargarse de la responsabilidad que sobre él pesaba, preguntó con urbanidad al desconocido si venía de Norvilliers y si era cierto que el puente había sido arrastrado por una inundación. -Soy el médico de esta comarca- -respondió el viajero, -y vengo de visitar un enfermo en una aldea próxima á Norvilliers. Os han dicho la verdad: el camino está, en efecto, interceptado, y desde aquí podéis ver que el río es muy capaz de haber jugado esa mala pasada á los viandantes. Y extendió la mano hacia un punto lejano en en el horizonte, donde se destacaba una línea blanquecina, caprichosa é interrumpida, sobre el fondo obscuro de la campiña, reflejando las postreras luces del día; era evidentemente un río desbordado. Esta afirmación positiva y el aspecto de la localidad no dejaron ya ninguna duda al cabo. Continuará.