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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA elegante carroza, y, tomaba á los gendarmes por su guardia de honor. Daniel y María no teníar valor para llevarla la corriente ni para contradecirla, pero exhalaban un suspiro cada vez que la desgraciada loca hacía una demostración en que se revé- laba su orgullo aristocrático. Hacía un rato que la madre se había quedado adormecida y los jóvenes contemplaban por una ventanilla los accidentes del camino, como buscando una distracción á las tristes ideas aue les dominaban. Daniel había tomado la: mano á su prima, que ésta no retiraba, pero no se atrevían á hablarse ni á mirarse, temerosos de que su desesperación interior se revelase en sus ojos ó en su acento. Al pasar por delante de un puebíecillo que se descubría, con su viejo campanario de pizarras, entre la bruma de la tarde, como á distancia de una media legua del camino, Daniel, que le examinaba con visible interés, exclamó como si hablase consigo mismo: -Sí, sí, no rae engaño; esa debe ser la aldea de Francheville, donde reside el ciudadano Leroux. ¿Quién es ese hombre, Daniel? preguntó maquinalmente María. -Un rico negociante en granos, á quien el año último tuve ocasión de prestar un gran servicio. En el mercado de N... Leroux fué acusado de acaparar el trigo con objeto de producir eí hambre en la comarca; acusación que no tenía fundamento alguno, pero que bastó, sin embargo, para sobreexcitar los ánimos y provocar un motín. El populacho sé apoderó del infeliz comerciante, le colmó de injurias y de golpes, y le sacó á la calle para ahorcarle de un farol. No había esperanzas de salvarle, cuando tuve noticia del caso. Aunque j o no disponía en el momento de ninguna fuerza armada, la humanidad y mi carácter de magistrado me imponían la obligación de socorrer á aquella víctima del error popular. Me lancé solo en medio de las turbas, luché contra los más furiosos, y empleando unas veces los ruegos, otras las amenazas, conseguí, no sin arrostrar graves riesgos personales, libertar á Leroux de una muerte inminente. Desde entonces, aquel buen hombre ate. ha, demostrado un reconocimiento sin límites, repitiéndome muchas veces que su fortuna y su vida me pertenecían, y empeñándose eii enviarme cuantiosos regalos que nunca he querido aceptar. Desesperado, por último, con mis perseverantes negativas, fué á hacerme una visita á N... acompañado de su anciano padre, de su mujer y de sus Lijos, para darme todos las gracias personalmente por el servicio que había hecho al jefe de la familia. No olvidaré mientras viva aquella dulce y conmovedora escena. Después me ha ocurrido la idea, querida María, de que hubiera podido invocar para vos y vuestra madre el amparo de esas excelentes personas. Leroux tiene grandes relaciones, ha tomado parte en la provisión de víveres para las tropas, lo cual le da alguna influencia, y probablemente hubiera podido procuraros un asilo seguro... y todavía, ¿quién sabe? ¡Si llegáramos á escaparnos... -i Escaparnos, Daniel? -interrumpió la joven, estremeciéndose á esta frase. Creéis que sea posible? -No- -respondió Daniel volviendo la cabeza. -Por un instante llegué á concebir esa esperanza; ¡pero fué una locura! -Sin embargo, Daniel, decidme en qué se fundaba esa esperanza, por remota que fuese, yo os lo suplico... Yo no tengo vuestro valor estoico; temo la muerte por vos, por mi madre, por mí misina, ya que es fuerza decirlo, y me estremezco aiíté la idea de la suerte qué nos aguarda. ¡María, querida María, no me habléis así! -exclamó Ladrange con pena; -dejadrhe abrigar la ilusión de que vuestra juventud, vuestra belleza, vuestra inocencia, desarmarán á los jueces; y en cuanto á vuestra madre, ¿quién se atrevería á condenarla en el estado en qué se entuentra... Pero no esperéis tampoco und evasión imposible, porque sería más cruel el desengaño. Sin duda yo no comprendí bien á la persona cuyas vagas ifrases despertaron en mi imaginación quiméricas esperanzas y que, aunque tuviese voluntad de realizarlas, sería impotente para conseguirlo. ¿Por qué, cuando falta la fuerza, no se ha de recurrir á l á astucia? j Oh, Daniel! Dejadme creer que hay en el mundo una persona que pueda intentar nuestra salvación. La certidumbre de que un amigo, por humilde qué sea su condición, espía un momento favorable para acudir en nuestro auxilio, bastaría para infundirme valorV. ¿No habéis notado, Daniel, que el jefe de nuestra escolta nos démuestraá todas horas las mayores consideraciones y él más afectuoso interés? Diríase que deplora verse obligado á custodiarnos tan rigurosamente, y apostaría á que si llegara el caso se alegraría de nuestra fuga. -Tal vez, María; pero se dejaría hacer trizas antes que contribuir á ella, mientras estemos bajo su vigilancia. Conozco de sobra al cabo VasseUr; tiene un gran corazón y le contrista la misión que ahora desempeña; pero la cumplirá hasta el fin sin miedo y sin flaqueza. No esperéis nada por ese lado. Esta seguridad acabó de disipar los sueños que la pobre niña había acariciado, tal vez á pesar suyo. ¡Dios mío! murmuró. ¿Será preciso morir? Aun cuando Daniel comprendía la inutilidad de sus consuelos, se disponía á intentar un nuevo esfuerzo para reanimar el abatido espíritu de su prima, cuando un ruido de voces atrajo al exterior la atención de entrambos. Un joven, vestido de campesino, con la blusa echada sobre el brazo y íos instrumentos de la siega al hombro, estaba sentado á la orilla del camino. Levantóse al descubrir á los viajeros, y con el tono humilde que suelen adoptar las gentes del campo para con sus superiores, dijo al cabo que marchaba á la cabeza: -Tardecillo andáis por los caminos, ciudadano... Pero, ¿adonde vais por ahí? ¿No sabéis que la tempestad de ayer se ha llevado él puente de Nervilliers, y que o será imposible pasar con el coche y los caballos? Vasséur fijó en él su mirada escrutadora, y sin dud, a el oficioso interpelante no salió rriUy favorecido de este exanien, piorque el cabo contestó con sequedad: É s t á bien; ya lo verernos al llegar.