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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO ¿Pero su carácter, su profesión, su género de vida... ¡No queréis saber poco... Pasaba por un buen muchacho en la época de que os he hablado; i por qué no ha de continuar siéndolo al presente? Daniel se quedó á su vez pensativo. -Está bien- -dijo como si hablara consigo mismo -cualesquiera que sean el carácter y costumbres de ese joven, las, extrañas combinaciones de mi tío no pueden ya realizarse, y yo debo limitarme á cumplir las instrucciones que he recibido. Y prosiguió, después de una breve pausa: -Ya podéis marchar; no descuidéis nada para corresponder á la confianza que ha depositado en vos un hombre que probablemente no vivirá mucho tiempo... Bien quisiera- -añadió- -poder daros algún dinero para sufragar los gastos de las indagaciones que vais á emprender; pero soy pobre y las circunstancias no son muy lisonjeras. No obstante, si necesitaseis algunos asignados... Echó mano á su cartera, pero el Gudpo Francisco le detuvo. -Es inútil; tengo lo que necesito, y concluido el negocio, ya me arreglaré para indemnizarme de mi trabajo Pero, vamos á otra cosa, ciudadano- -prosiguió con cierto misterio; ¿creéis, en efecto, que vos y esa joven señorita no tenéis ninguna esperanza de salvación? -No me habléis de ella- -contestó Daniel con desesperación; -no me habléis de ella y de la suerte que la aguarda, porque me voy á volver loco. El Guapo Francisco fijó en Daniel una mirada penetrante. ¿No podréis indicarme- -preguntó e n v o z muy baja- -por qué camino os conducirán los gendarmes? -Habéis oído como yo al cabo Vasseur; esta tarde debemos salir para N mañana seremos conducidos á Ciiartres, adonde llegaremos probablemente por la noche, y de allí presumo que se nos trasladará á París. -Bien está... Sería posible que encontraseis amigos en el camino; pero no os odmiréis de nada y estad preparado á ayudaros á vos mismo en cualquier caso. ¿Qué proyecto es el vuestro? -preguntó Daniel sumamente admirado. El buhonero fué á recoger su caja y dijo por lo bajo al Tuerto de Jouy, que parecía muy maravillado de aquella conferencia secreta: -Ven. Un minuto después estaban fuera de la granja y se alejaban á buen paso. Ladrange permaneció algunos instantes sumergido en sus reflexiones, y en seguida iriovió la cabezn con desaliento y fué á tenderse sobre un colchón. Agobiado de fatiga y de dolor, poco tardó en dormirse con un sueño penoso, mientras un gendarme velaba á su cabecera. XI de los interminables caminos llanos y despejados peculiares de la Beance. No se descubría en toda la extensión aue abarcaba la vista más que una llanura fértil, cubierta á trechos de abundantes mieses, pero sin variedad, sin árboles y sin verdor. Una fuerte tempestad que había estallado en aquella comarca la noche precedente, había dejado el suelo salpicado de charcos de agua amarillenta, donde se reflejaban los postreros resplandores del día. Interrumpidas las faenas agrícolas con motivo de aquella especie de inundación, la campiña estaba poco animada y solitario el camino, exceptuando alguno Que otro grupo de trabajadores que de vez en cuando se cruzaban con la comitiva del carruaje, dirigiéndqee á las granjas vecinas. Como no podía menos de suceder, el coche y escolta excitaban la curiosidad de los campesinos, á los que se veía de lejos acercarse corriendo á la orilla del camino para contemplar aquella siniestra comitiva, y, cuando había pasado, decían entre sí con aire de estéril compasión ó de egoísta indiferencia: Más aristócratas que llevan á Chartres para juzgarlos. El lector habrá adivinado, sin duda, que aquel carruaje encerraba á Daniel Ladrange y á las señoras de Mereville. Un postillón, adornado de cintas tricolores, dirigía los dos caballos enganchados al vehículo; pero no lanzaba joviales interpelaciones á los transeúntes, ni hacía oir los secos restallidos de la fusta, en que se manifiesta el alegre humor de los hombres de su oficio. Hasta los gendarmes marchaban silenciosos, atemperándose, sin duda, á las órdenes de su comandante Vasseur, que caminaba solo delante de ellos con triste ademán y frente, sombría. Era ya bastante tarde cuando habían salido de N... por haber tenido que llenar ciertas formalidades legales, y, una vez en marcha, el cabo auiso dar prisa al postillón á fin de ganar el tiemoo perdido; pero el camino, que no era de los mejores, se había puesto intransitable con la borrasca de la víspera. Así es que á cada paso se hundían las ruedas en profundos baches y los caballos resbalaban en un lodo arcilloso y escurridizo que no les permitía avanzar. Era, pues, indispensable caminar al paso, de manera que la noche se venía encima y aún faltaban algunas leguas para llegar á Chartres, término de la jornada. En el interior del carruaie reinaba un triste silencio, solamente interrumpido á largos intervalos por algunas frases cambiadas en voz baja. Las señoras de Mereville habían abandonado sus trajes de paisanas percheronas, cuyo disfraz ya no les era necesario, y llevaban vestidos de ciudad, pero tan sencillos, que no podían llamar la atención. También Daniel había trocado su carmañola y sombrero de cucarda por un traje obscuro que no era peculiar á ningún partido ni cargo público. La infeliz marquesa juzgaba, en su extravío mental, que entraba triunf almente en las posesiones de Mereville; el tosco carruaje le parecía una LA BARCA D E GRANDMAISON. El día siguiente, por la tarde, un carruaje cerrado, escoltado por la gendarmería, seguía uno