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3 P OíSí c: tiples elogios. Como ditirambo final exclamó don 1 ucas; -V. ha sido el principal extirpador del bandolerismo. Ahora ya podemos viajar tranquilos... -Sin embargo- -repuso el compañero, -tan atrevidos son los ladrones... lire usted... Iba una vez de viaje un amigo mío, y en su coche no había más que un señor de asi ecto tranquilo, pero de carácter huraño, pues á csar de todos los esfuerzos de mi amigo, apenas si soltó dos ó tres monosílabos. Dejólo, en vista de su aspereza, que se sumiera en su adorado silencio y se entregó á la contemplación del paisaje, que por cierto era encantador. Transcurrió así una hora, y va ilja sintiendo ganas de dormir cuando vio á su acompañante que se levanta... (A partir de este instante el narrador liace cnanto va diciendo) que sf levantaba, que se encaminaba hacia el, que sacaba repentinamente un revólver, que lo encañonaba así... 3 cpte le decía con cavernosa voz: ¡Venga todo lo que tengas... D. Lucas trató de sonreír, pero como el espanto le ahogaba, hizo una mueca de desesperado. El de los lentes negros rc itió, ahuecando la voz y apoyándole contra el pecho el revólver: -i Venga todo lo que tengas... Sacó el buen D. Lucas veintitantos duros y un hermoso reloj, y trémulo se los entregó al desconocido. L- ste. ajicnas los trasladó á su bolsillo, continuó: -Lo mismo hubo de hacer mi pobre amigo... Y, dicho esto, abrió la i ortezuela y desapareció. En seguida se asomó el expoliado á la ventanilla y pidió auxilio. Detiívose el tren y buscóse al caco por todas artes, jicro todavía no lia sido habido, como dice el manoseado cliché periodístico... JOSÉ A L U E N G O to del señor, está ya junto á él, alargando la jeta desmesuradamente, así que al punto se da cuenta de lo sucedido y exclama para sí: ¡Anda, Dios! ¡Se ha encontrado un billete de Banco! y procura sacar de aquella casualidad el mejor partido posible. -i Déme usted algo, señorito! Yo he visto el billete el primero, pero como usted es un señor mayor y yo un monigote, no he querido adelantarme. ¡Sea usted bueno, señor; con oquiío me conformo! Expone su ijetición en forma tan justificada y respetuosa, que el caballero saca del bolsillo de su chaleco dos pesetas y las entrega al muchacho. if s CUENTO VIADRILENO p o r un bulevar de JXladrid poco concurrido pasea mi caballero. Detrás, á muy poca distancia, viene el Boliche, un golfito muy redicho. Sabe más que Merlín, según me han dicho en sus barrios. El caballero anda muy distraído, hasta que un papel, que el viento hace revolotear por el suelo, llama su aten- ción. Se inclina, coge el papel, lo examina y no ptiede disimular un grito de alegría. El Boliche, que no ha perdido el menor movimien Después de mostrar efusivamente su agradecimiento, marcha paseo arriba dando saltos y discurriendo qué va á hacer con aquel capital que nunca había soñado poseer. No había andado cincuenta pasos y nuestro observador golfillo reparó en una señora que hablaba sola muy agitada y conmovida, palpándose los bolsillos y la pechera de su blusa, como buscando impaciente un objeto. ¿Qué le nasa á usted, señora? -le preguntó el Boliche. ¡Casi nada, hijo; que he perdido un billete de cincuenta pesetas! -i Ah! si? Pues no se apure. No lo dé entodavía por perdido, porque se lo ha cncontrao aquel cabaycro del paja, que aún está muy cerquita, y en cuanto usted lo alcance y se lo pida, ya lo tiene usted en su bolso. Le conozco yo; sé qtte es un hombre muy cabal- -dijo enfáticamente el golfillo. La señora vio el cielo abierto con la revelación del Boliche, y en un santiamén alcanzó al caballero del hallazgo, -le exf) licó su lamentable- descuido, y convencido aqxicl señor de la veracidad de las palabras de la buena vieja, le devolvió su billete... y consagró un recuerdo á las dos pesetas que antes había desembolsado. El Boliche se quedó á una prudente distancia, esperando los acontecimientos, y á poco vio á la señora que regresaba radiante de satisfacción, guardando cuidadosamente el billete recuperado. -I Qué tal, señora; se ha convencido usted de que es un caballero de verdáf Si tengo yo unas relaciones! Y entre ellas ya la considero á usted desde ahora, pues creo que recordará siempre con gusto el motivo de nuestro conocimiento. Todas estas zalamerías del avisado niño se creyó la señora obligada á traducirlas metálicamente, y le gratificó con dos pesetas, que él recibió con, grandes muestras de reconocimiento. Se desoidiñ muy respetuoso y la posesión de tanto dinero llegó á preocuparle de tal modo, que pensó no lanzarlo á la circulación sia contar con el consejo de su madre. T. GASCÓN.