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UN ESCALO 1 a buenísima doña Sinforosa, modelo de muje res trabajadoras y ordenadas, se retiró á descansar después de haber guardado en la bodega un operación de los ladrones. U n poco más serena, pensó después c ue quizá se contentasen con robar y no la matasen si ella prometía no descubrirlos. Conforme se api- oximaba la madrugada el ruido fué haciéndose menos perceptible, hasta que cesó por completo. Doña Sinforosa recobró aliento ante la idea consoladora de Cjue, temerosos de ser descubiertos por no haber podido dar el golpe antes de amanecer, hubiesen aplazado su hazaña para la noche siguiente, y entonces sí que caen en la ratonera pensaba llena de júbilo. Continuará. AVENTURAS DE E S T A C I Ó N A E S T A C I Ó N T íntincó en la estación una campanilla, silbó estridentemente la locomotora y el tren partió moviendo sus acerados músculos. D. Lucas líscóiquiz se dejó caer sobre su asiento y contempló á su único compañero de viaje, lira alto y hercúleo, bien vestido y afeitado de faz. Sobre sus ojos, á guisa de intransparentes pantallas, llevaba unos lentes negros. En cuanto el tren se encontró en pleno campo empeza- frasco de dulce hecho por ella para obsequiar á sus amigos el día de su santo. Lo dejó destapado porque no estaba del todo frío, cerró la i uerta y subió á su cuarto, situado encima. H a r í a poco más ds dos horas que se había acostado cuando un ruido extraño la despertó. Se sentó en la cama, encendió la luz y escuchó. El ruido cada vez era m i s claro y M- eciso. Comprendiendo que oponer resistencia sería temerario, ODtó por bajarse con muchas precauciones, echar la llave á la puerta de su cuarto y atrancarla con sillas y butacas. Después se vistió, en previsión de lo que pudiera ocurrir, cogió su rosario con intención de r e z a r pero el miedo no la dejaba coordinar sus ideas; mil fantásticas alucinaciones la perturbaban por completo. Se le figuraba que los ladrones se habían introducido en la bodega, y, haciendo un escalo, iban á presentarse 1 de un momento á otro en su cuarto, y sin darle i tiempo para decir Jesús, la retorcerían el pescuezo, exactamente lo mismo que hacía su cocinera con los pollos, y en seguida registrarían los armarios y se lo llevarían todo, sin arriesgar nada y teniendo tiempo de sobra para escaparse. Esta idea la helaba la sangre. El ruido persistía cada vez más cerca (creía ella) Temblando como una azoron a charlar de la siembra, del cariz del tiempo y de gada, cerró el armario y escondió la llave en una otras muchas cosas, hasta que la conversación se debutaca, pensando que así, al menos, dificultaba la tuvo en el ferrocarril, de cuyo nvento hicieron múl-