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f REO sinceramente que ios inventores de aeroplanos trabajan en balde. Su plausible afán por convertir al hombre en pájaro tiene algo de redundante y de inútil. ¿Para qué tratar de conseguir lo que ya es... ¡Menudo pájaro está el hombre sin necesidad de alambradas alas de kaki y aluminio! Y de la mujer, no hablemos... La mujer es otra pajarita de cuenta que ¡ya, ya! El mundo para mí es una inmensa pajarera, llena de toda clase de alados avechuchos. El género humano tiene gran semejanza con el genero de las aves. Y en esta época del año, la analogía aparece con mayor claridad. Al llegar el estío las aves emigrantes salen de la corte y se dirigen á países más frescos. Los pájaros y pí ijaras de rico plumaje tienden el vuelo, ora hacia la sierra, si se sienten águilas, ora hacia el mar, si presumen de gaviotas. Y los pobres pájaros que no tienen dinero, hincan el pico, se quedan en la plaza de Santa Ana, de Madrid, y al llegar Agosto son, sencillamente, pájaros fritos. Yo ftú de los que ahuecaron el ala, y tanto yo como los demás de mi bando, hemos podido observar las distintas clases de pajarracos que pasan, alejados de la corte, el breve estío. En todo balneario, estación estival, playa ó pueblo de la Sierra, existen curiosísimos ejemplares de aves veraniegas. ¿Qué es la orgullosa familia de Sánchez- Molinillo, sino una familia de pavos reales... Sin títulos ni pergaminos en que fundar su orgu- lo, las niñas de Molinillo desdeñan el trato con las restantes aves del corral en que se agitan. Ni van á los paseos donde las pollitas de la colonia dan vueltas y más vueltas á la noria, ni hacen cx 3 ursiones en burro, ni pasan dos veces por el mismo sitio, ni hacen otra cosa que ofrecer un gesto de resignación y melancolía como diciendo: Estamos aquí á la fuerza; por no sabemos qué condcscen- diente tolerancia, pero nuestro lugar no es éste... ¡Ah, mi Biarritz... ¡Ah, nuestro Ostendc! Las Molinillo, cuando alguna vez se dignan asistir á la música que los domingos toca en el paseo, siéntanse separadas de los demás veraneantes, como marcando las distancias, y allí extienden su policroma cola de inocentes pavas reales. Esta aristocracia existe en todos los modestos nidos veraniegos. Son aves harto abundantes, que más infunden tristeza que otra cosa. ¡Cuánto más alegre, sincera v simpática es la paIcmita estival ene se oculta bajo los vaporosos vestidos de Purita Antúnez! Purita es una paloma sin hiél, cuya única misión es r. mar y ser amada. Su blanca pechuga, sus grises y tornasolados trajes, que recuerdan las plumas colombinas; su andar á saltitos, todo, en fin, la da el aspecto de una paloma que vive arrullada i or cualquiera de los pollos pichones del palomar veraniego. No se concibe á la de Antúnez sin novio, ni se la ve jamás sin su palomo al lado, pcgadito á ella y, ambos, con los piquitos juntos... Y no es la de Antúnez la única palomita de la colonia. Son muchas más las cpue pasan estos ardien-