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ble y santo del hot ar. Siempre dispuesta y diligente, el descuido más imperceptible no escapaba á su mirada escrutadora, y lo mismo en la ayuda de las campesinas labores que en los trabajos caseros, siempre vigilante, suplía las faltas de criadas y de mozos. Pero todos sus cuidados, todas sus habilidades domésticas- -los postres delicados, los bien sazonados guisos cuidadosamente servidos, las camas siempre limpias y oliendo á romero- -no eran, al fin, sino recursos de mujer olvidada que intenta atraer al marido hilos de tela de araña. Era el compañero de su vida un hombrón alto y fornido, de anchas espaldas, fuerte como un espartano y con el rostro curtido por el aire y el sol de las castellanas llanuras. Qué hombre aquél... I Se contaban por el pueblo las hazañas de su juventud, motejándole de calavcrón y mujeriego. Pero, no obstante, éstas sus calaveradas tenían todas un agradable fondo de nobkza. Marta, al igual que casi todas las mujeres débiles, se enamoró del hombre robusto, con pecho pujante de atleta y férrea cerviz, del hombre aquel que, cierto día de ferial, en la plaza del pueblo, humilló á un toro haciéndole dar en la arena con las húmedas carnosidades de su hocico. ¡Bravo mozo era el tal D. Sebastián! El día de su unión con Marta más de una moza Doró de rabia y despecho... Y pasaron meses y años, y Marta, siempre infecunda, como tierra baldía é inútil, no daba fruto. Entonces comenzaron los rezos y las novenas y el altar de la Milagrosa se llenó de ex votos y flores, regalos de la estéril que, allá en lo recóndito de su espíritu, lloraba inconsolable su desventura. Y ocurría que, apenas la claridad lechosa del amanecer se columbraba por Oriente, Marta encaminábase montecillo arriba, cara al santuario, deseosa de ser la primera en acudir á la misa de- alba y llevando la oración, fervorosa en el pensamiento, el estómago ayuno y el espíritu limpio de impurezas. Muchas veces, por las veredas escondidas entre los cajigales, encontraba una amorosa pareja de aldeanos que, como ella, iba al santuario de la Milagrosa. ¡Santos y buenos, doña Marta! ¡Buenos y santos os los dé Dios! Y seguían su marcha alegres, con los rostros llenos de satisfacción, demostrando la tranquilidad de sus almas. Ella, fresca y lozana como un Abril, con el mirar recatado y en la faz sonriente ese aire de ingenuidad de las doncellas medioevales. El, musculoso, de rostro atezado y cucr 0 robusto, fijaba sus ojos en un hermoso niño, rubio como las mieses, que su com añcra sostenía en los brazos. Marta 1o s veía desaparecer en el fondo obscuro de la vereda y recordaba la inutilidad de su existencía y la sombría encarcelación en las paredes de la vieja casa solariega. Luego renacía en su espíritu la calma y, pensando en la Milagrosa, descendía sobre ella, como un rayo de sol, la serenidad y el consuelo. Delante de Marta iba brincando un recental albo é inocente como los cordcrillos bíblicos. Era su ofrenda. Oh, la encantadora tradición judaica de las estériles! En la puerta del santuario aguardábala D. Martín, el anciano sacerdote á cuya custodia estaba la virgen legendaria. El recental se quedaba en el atrio mordisqueando la yerba; mientras, el buen anciano hablaba poseído de fe candorosa. Quizá, viendo á Marta, pensaba en el misterio de la Encarnación. Era el tal D. Martín un sacerdote modesto y campesino; poco versado en materias filosóficas, enemigo de disquisiciones dogmáticas y sin más ciencia que su fe y su humildad, llevaba por senda segura á sus feligreses camino de la bienaventuranza. Tan caritativo, tan bondadoso era aquel santo varón, que, cuando sus manos alzaban, los devotos creían ver su cabeza de plateados cabellos ninibada jior la aureola del esplendor esinritual que c; ¡rüna los. mártires. Parecíase á los pastores evangélicos que aaüan pau á los pobres y sanaban á los enfermos, y á cuyo paso doblaba el pueblo la rodilla, besándoles la orla del vestido. D. Martín y Marta entraban al santuario. Entonces en los labios de ella temblaba una sonrisa. Sí, allí estaba su virgencita, más bella y resplandeciente ue nunca, con su Xiño Jesús entre los brazos. Y mientras el címbalo saludaba al nuevo día llamando á los fieles para la poética misa del alba, la estéril, llena de la fe candorosa y arcaica de los pastores de Belén, decía de rodillas una oración que, tierna y suplicante, se elevaba á los cielos como una canción geórgica y pastoril impregnada de los campesinos perfumes de la juncia y el heno fresco y oloroso... II En vano fueron rezos, ex votos y lágrimas. Eso sí, Sebastián la quería, aunque su amor tenía mucho de fraternal. Erecuentemente, y al retorno de sus excursiones venatorias, entraba e n el cuarto de su mujercita, y al encontrarla triste y con los oíos anublados por un llanto que pugnaba i) or asomar, la reprendía con aire dulce y sentencioso. Luego la sentaba sobre sus rodillas, como padre que desea contemplar á su cbicuela, y su voz adquiría un tono amoroso é insinuante. ¡Bah, que no vuelva á ocurrir! -decíala luego de largo rato de sermoneo. ¿Has oído, nena? Sé obediente. Pero la verdad era que el amo, como ella llamaba al marido, buscaba insensiblemente la sociedad de sus amigotes y la alegría de los pasados tiempos. Bien pronto vinieron las ausencias y las sonadas correrías con los jaquetones del lugar. Muchas veces se pasaban dos y tres semanas sin que Marta viera á su esposo. Luego volvía él apesadumbrado, sintiendo vergüenza de su conducta y contaba la historia de siempre, haciendo promesa formal de que aquello no volvería á oeurrirle así se hundiesen las esferas. Ella le escuchaba silenciosa y ahogando su dolor á riesgo de morir de una congestión de lágrimas. Algunas de las mozas que antaño gozaron del amor del gentil D. Sebastián y que luego intimaron con la desgraciada mujer, acudían solícitas á traerla noticias del marido. -Sí, era un calaverón incurable, empedernido. quella conducta no podía tolerarse. Y luego, con maligna complacencia, con suave crueldad, añadían: -i Si al menos tuvieses un niño... -i IJn niño! -repetía ella suspirando. ¡Eso! ¡Lhr niño! ¡El dulce atractivo que retendría en el hogar al díscolo varón... Y en af (uellns momentos se adueñaba de su es irítu la imagen del nene rubio, angelical y sonriente... Las ausencias del marido fueron cada A ez más largas, v al volver, ya no traía como antes el aire contrito, sino que entraba en el tranquilo caserón haciendo sonar y resonar fuertemente sus espuelas como si con su ruido quisiera ahogar toda protesta de su esposa ó apagar el remordimiento de su propia conciencia. Marta lloró mucho. Un día supo la verdad dolorosa y cruel. Su marido amaba á una robusta mocetona del lugar, robusta y sana como él, y con ella tenía un niño, un niño rubio, muy rubio, digno fruto de la unión de aquellos dos seres tan espléndidamente dotados por la Naturaleza. i Qué dolor el de la pobre Marta al saberlo! Ya sí que era imposible retener al esposo; en otro hogar le ofrecían lo que en el suyo no encontró. La estéril perdió su última esperanza.