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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO para vos mismo y para vuestros amigos, porque no tardaréis en necesitarla. ¿Qué queréis decir? Ya diferentes veces habéis aparentado amenazarme ó compadecerme, y ha llegado el caso de explicarme esas inconcebibles reticencias; os lo ruego, y si es preciso os lo mando, como vuestro superior... ¿Mi superior? -replicó con tristeza Vasseur. -Ya no lo sois. Si no he declinado en vos la dirección de esta causa, ha sido porque ya no teníais carácter oficial para ello, y ademjás porque necesitaba oiros como testigo. Ahora que he recogido vuestra declaración, me resta cumplir un penoso deber. Púsose en pie y, tocando ligeramente en el hombro de Daniel, dijo con voz ahogada: -Ciudadano Daniel Ladrange, ex juez de paz de N... quedáis arrestado en nombre de la ley. Daniel palideció y dio un paso atrás. -j Yo -exclamo. ¡listo debe ser una equivocación... ¿En virtud de qué orden... -En virtud de un mandato llegado ayer tardí de París y que yo venía á ejecutar esta noche pasada, cuando supe el crimen cometido en el Breuil. Podéis juzgar por vos mismo la legalidad de la orden de arresto decretada contra vos. Y le presentó un papel que ostentaba grandes sellos estampados. Apenas hubo Daniel pasado la vista por aquel papel autorizado por una firma harto conocida, se estremeció; la orden procedía del Comité de Salvación pública. Daniel era, pues, arrestado como sospechoso. Sin embargo, permaneció tranquilo y contestó devolviendo el papel: -Está bien, ciudadano cabo, os seguiré sin resistencia; pero confío en que, por vuestra parte, me concederéis todas las consideraciones compatibles con vuestro deber. -Estad seguro de ello, y si sólo de mí dependiera... Pero mi comisión no está terminada. Y volviéndose hacia la señora y señorita de Mereville, que se hallaban al otro extremo de la sala, dijo conmiovido: ¿Esas son, sin duda, la hija y j a viuda del ex marqués de Mereville? No intentéis negarlo, porque lo he descubierto hace rato... Con mucho pesar mío tengo que conducir también á estas pobre señoras á Chartres. Daniel creía haber agotado en aquellas últimas horas la copa de todos los dolores humanos; pero al saber que su tía y su querida María estaban también prisioneras, estallaron su rabia y sufrimiento. ¡Es una infamia! -exclamó. -Ciudadano Vasseur, vos, que sois un hombre de corazón, un leal militar, ¿os atrevéis á ejecutar esa orden inicua y odiosa? Los que la han firmado son unos monstruos, unos miserables desalmados... -i Silencio, por vos mismo! -exclamó con calor el cabo. Y apartando á Daniel á un rincón de la sala, continuó en voz baja: -Reportaos, yo os lo ruego; si no, os perdéis sin remedio. Yo me hago cargo de vuestra situación, pero advertid que estas gentes os oyen, y si se les antoja repetir vuestras palabras... Además, ¿de qué sirven las injurias? Daniel comprendió que Vasseur tenía razón, y se contuvo. -Por lo que á mí hace- -prosiguió en voz alta el cabo, -repito que seréis tratados con consideración, dejándoos algunas horas para que podáis recobrar el descanso indispensable después de tantas emociones. Entretanto me pondré de acuerdo con los maires de los pueblos vecinos, á quienes he mandado avisar y se reunirán aquí para discutir los medios de castigar á los autores de ese escandaloso crimen. Cumplido este deber, trataré de adquirir un carruaje donde vuestras parientas y vos podáis viajar cómodamente bajo mi custodia... Ciudadano Ladrange, no intentéis sustraeros á mi vigilancia, porque, os lo aseguro, no vacilaría en emplear toda clase de medios para haceros arrepentir de vuestro propósito. Estas palabras fueron pronunciadas con tono, firme y resuelto. María, que hasta aquel momento no parecía. ocupada de otra cosa que de la situación de su madre, alzó lentamente la cabeza, apartó los rizos que la cubrían el rostro, y acercándose al cabo, le dijo con acento de dignidad á la par que de súplica: -Soy, señor, en efecto, María de Mereville, y no pretendo sustraerme á vuestra autoridad; pero la ley debe haber establecido alguna distinción respecto á las personas enfermas; por lo tanto consentid en que mi pobre madre continúe en esta casa hasta que se mejore su salud, tomando por vuestra parte las precauciones necesarias; acta de humanidad del que ningún mal puede resultar. Parecéis bueno, señor, á pesar de los deberes inflexibles de vuestro cargo, y no podéis rechazar una petición tan justa y tan legítima. Aquella reclamación hecha por una joven tan hermosa y pura, á quien su dolor y sus lágrimas prestaban irresistible atractivo, no pudo menos de conmover hondamente al rígido cabo: una gruesa lágrima rodó por su mejilla, y le faltaron fuerzas para responder. ¡Encantadora niña! -murmuró tras él una voz. ¡Vive Dios que es una criatura admirable! Vasseur se volvió. El que expresaba tan calurosa y tal vez involuntariamente su admiración, era el Guapo Francisco en persona. El supuesto buhonero, inmóvil y apoyado en su bastón, miraba con particular insistencia á la señorita de Mereville; sus facciones bellas y regulares, aunque duras, rebosaban de entusiasmo, y sus ojos centelleaban como una hoja de acero bruñido; mas cuando advirtió que se le observaba, desapareció aquella especie de transfiguración, y dijo en su tonillo zalamero: -A fe mía, ciudadano cabo, que tendréis el corazón bien duro si resistís á las instancias de esa linda aristócrata. El Tuerto de Jouy se manifestaba en gran manera sorprendido de la apasionada intervención del buhonero en semejante asunto. Daniel dijo: La señorita de Mereville tiene razón, ciudadano Vasseur; una mujer enferma, moribunda, Continuará.