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FOLLETÍN D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 17. CONTINUACIÓN cuyos nombres no podría recordar... Temería acusar á algún inocente. -Amo- -dijo un criado de la alquería, ¿y esa mendiga que en toda la noche no hizo otra cosa que dar vueltas alrededor de la casa... ¿No os parece que... -Quieres callar? -exclamó c o n viveza 1 a ¿granjera. -Bernard y yo conocemos á la mujer de quien hablas; también el ciudadano Daniel la conoce, y todos sabemos que no pertenece á esa gavilla de asesinos... ¿No es verdad, ciudadano Ladrange? ¿No es así, Bernard? Sublime en su mentira, la granjera tenía tal acento de autoridad, de certeza, de resolución, que debía acallar toda sospecha. Daniel y hasta el mismo granjero hicieron un signo de asentimiento; pero el mozo, con su rústica terquedad, no se daba por vencido y replicó: -Como queráis, mi ama; pero lo cierto es que esta mañana ha desaparecido, y si su conciencia hubiera estado tranquila... La he echado yo, yo misma, ayer noche- -dijo la granjera, -antes de la llegada de esos malvados, á quienes ella nO conocía; y la prueba es- -anadió con una especie de salvaje energía- -que esa mujer es mi hija, ¡sí, mi hija deshonrada, que venía á implorar su perdón... y que no lo ha alcanzado! Esta confesión, ein aquellas circunstancias, demostraba tanto, heroísmo y sufrimiento, que los circunstantes hubieran mirado como una profanación el contradecir á la desdichada madre. Esta continuó, haciendo un esfuerzo: -El ciudadano cabo debe comprender ahora que mi hija Fancheta no tiene nada que ver en esto, i Dejadnos en paz, por Dios! Bastantes penas tenemos sin que se quiera aumentárnoslas penetrando en nuestros secretos de familia... Y, además, ¿qué puede hacer una pobre mujer cargada con un niño? ¿No hay otras gentes que con más razón pueden infundir sospechas? Ayer ha estado la casa llena de agosteros, desconocidos casi todos... Y, á propósito, ¿dónde están esos dos hombres que han debido acostarse en el pajar? La granjera no había mentado á sus dos huéspedes sino á la ventura y para apartar de su hija las sospechas; pero las dudas que expresaba hallaron eco entre los circunstantes. -Pues es verdad- -dijo el mozo de labor; -ese perdido, el Tuerto de oiíy, tenía un airecillo burlón que no anunciaba nada bueno; y luego, durante la comida, no cesaba de hablar de los grandes tesoros del ciudadano Ladrange. -Tal vez no va Pedro descaminado- -dijo Bernard, y ahora recuerdo que anoche, cuando esos picaros me tenían delante del castillo para hacer que les abrieran la puerta, he oído cerca de mí una risilla particular, que hubiera tomado por la del Tuerto de Jouy. Claro es que nó. puedo afirmarlo, pero... -Yo, á mi vez- -añadió Daniel, -debo, bajo las debidas reservas, enterar al ciudadano Vásseur de una circunstancia que me ha chocado. Ayer, cuan- do los ladrones se disponían á salir de la alquería, oí una voz fuerte dar la orden de marcha, y me pareció que esa voz se asemejaba extraordinariamente á la del buhonero herido, que yo mismo había introducido en casa de maese Bernard. Consigno el hecho sin atreverme á afirmarle de una manera positiva. El cabo se levantó con viveza. -Esto ya es algo- -exclamó. -Tal vez nos hallamos sobre la pista de los verdaderos culpables... Así, pues, ciudadanos, decidme todo lo que sepáis acerca de esos dos individuos. El granjero, dio algunos pormenores referentes al Tuerto de Jouy, que tres días antes había ido á T) edirle trabajo con los demás agosteros. No se podía echar en cara á aquel mozo más que una gran holgazanería unida á una buena dosis de astucia y curiosidad; pero su vida nómada, cierto no sé qué en sus modales, y, sobre todo, sus idas y venidas sospechosas, y la particularidad de aquella risa que Bernard había oído á la puerta del castillo no prevenían mucho en su favor. Daniel, por su parte, contó cómo había encontrado en la carretera al buhonero Francisco, herido y sin conocimiento, sin omitir la circunstancia del triple pasaporte y las explicaciones que sobre estoliábía dado; y concluyó refiriendo la manera: cómo había llevado á Francisco á la alquería, donde recibió los auxilios que su situación reclamaba. El cabo Vasseur escuchaba estos detalles con extrema atención. -Todo esto puede ser muy inocente- -dijo, -y, sin embargo, yo apostaría á que esos dos bribones han puesto mano en la obra de anoche... Pero, veamos, ¿no me habéis dicho que han debido acostarse aquí? -Sí, ciertamente- -respondió Daniel, -y por más señas, que anoche, con el fin de librar de sus importunidades á la familia de Bernard, los encerré yo mismo con llave en el pajar. A pesar de esta precaución, no es probable que los encontremos ahora. -S i realmente h a n desaparecido- -dijo e l cabo, -no deben quedarnos dudas respecto á la culpabilidad de esos vagabundos. Sepamos, pues, lo que ha pasado hacía la parte del pajar, y si, como presumo, han volado los pájaros, podremos sacar efe este hecho preciosos descubrimientos. y dio órdenes en voz baja á dos hombres, que salieron inmediatamente. Todos los de la alquería tenían por evidente que el buhonero y el Tuerto de Jouy eran cómplices, si no autores principales, de los crímenes de aquella noche, y á nadie se le pasó por las mientes que hubiesen dejado de seguir en su retirada á los demás bandidos. ¿Cuál, pues, no sería la admiración general al ven volver á los gendarmes acompañados de FranciéCÓ y del Tuerto? Uno y otro llevaban exactamlente el mismo traje del día anterior, y las pajas de heno pegadas todavía á sus vestidos demostraban la clase de mullido en que debían haber pasado la noche. Sus