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Sx -Tío Pepe, ¿qué árbol es éste? -Mirad. ¿Veis entre las rania loas esas bolicas verdes ue parecen manzanicas chicas? Pues esas son nueces. Es un nogal. ¿No habéis visto mesas de nogal y muebles? Pues de esa madera se hacen. -Pues no. señor. Son las mcsiuas, las nueces de otra manera, con cascara diferente. -Pues, no, señor. Son las mcsvwx. sino que l) ajo esa tienen esa otra cascara dura. Ahora no puedxn cogerse. ¿l or qué, tío Pepe? -Aún es i) ronlo. porque ahora están cu leche. Calláronse los mucliaclios, pero sintieron vehementes deseos de ver por dentro el fruto, y como á las siete el tío Pe e se marchaba, ensaron cuando se fuese satisfacer el antojo. Y dicho y hecho. Mercedes sostenía la escalera, y Julio, como más fuerte, trepó á las ramas del árbol y recogió varias nueces. Nadie los vio, y en secreto los chicos desol) edicntes las partieron, las robaron y se quedaron tan ternes. Cuando llegó el hortelano á la mañana siguiente, les dijo al verlos ¡Ah, tunos! ¡Me habéis cogido las nueces I Iba á hal) lar Julio, y le dijo: -lis en vano ue lo niegues; niirarsns el uno al otro manos y labios y dientes. Corridos quedaron ambos al ver que las nueces verdes les habían denunciado con sus manchas, y el tío Pepe les dijo: -Lo que no se hace es lo que no pne saberse. Pues siempre las culpas dejan sus manchas, como las nueces. CARLOS L U Í S DE CUENCA. dura convenientemente atendida, se echó á la calle; compró ¡o prinierico el libro, despachó después otras urgencias que eran objeto de su viaje y, cansado del ajetreo de todo el día, se retiró á la posada, dio vuelta por su animalejo, cenó y se metió en la cama con ánimos de levantarse al alba. Antes de que amaneciera ya tenía Macario su bo- í í rrico cargado, y en el bolsillo interior del chaleco (del ajustador, como dicen allí) guardó cuidadosamente el librico para mosén Remigio. Empezaba á amanecer cuando atravesaba nuestro hombre el término de El Burgo, y de un recodo del camino (un atajo que él seguía siempre en sus viajes) salió un ladrón trabuco en mano que le dio la mañana con la desagradable frase de la bolsa ó la vida No se inmutó Macario gran cosa, y contestó muy entero: -i La vida, hombre, la vida I Y se echó mano al bolsillo interior del chaicci; El bandido creyó que iba á sacar de él una pistola disforme y apretó á correr vertiginosamente, en tanto que Macario, con la vida del santo en la mano, que C U E N T O BATURRO l- l ola, Macario. ¿Vas a Zaragoza? Me alegro de verte en esta ocasión. Toma dos pesetas y cómprame en la librería de Gasea un libro que se titula Vida de San Expedito. ¿San Expedito? ¡Rediez, señor vicario, qué santo tan raro! ¡Oh! Pero muy milagroso. Así hablaban en las inmediaciones de Belchite el párroco y otro vecino de dicho pueblo. Tomó Macario buena nota del encargo del señor cura, arreó su borrico y en pocas horas llegó á la capital de Aragón. Apenas dejó en la posada del Chapero su cabalga fué la que pensó dar al ladrón, exclamaba maravillado -i Y cómo se ha atemorisau ese mandria! Rediez, si es milagroso ese santo! ¡Ya tenía razón el siñor cura! Si no es por él me roba ese pillastre los sais ríales que me han sohrau de mis encargos. T. GASCÓN.