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EL SECRETO DEL SEÑOR TORIBIO p N el portalucho de una casa vieja y fea vivía un zapatero remendón que pasaba la vida con la lezna en la mano y la sonrisa en los labios. Charlaba alegremente con todo el que pasaba, y, cuando estaba solo, amenizaba su monótono trabajo cantando flamenco por todo lo alto. El señor Toribio (como le llamaban en el barrio) era más alegre que unas castañuelas en cambio, su vecino, un respetable banquero que habitaba suntuoso palacio en la acera de enfrente, pasaba los días desde la mañana á la noche en la más completa desesperación. Sus mil achaques le tenían aburrido y nervioso; renegaba de su mala suerte y envidiaba la del modesto zapatero. Una mañana, decidido á sorprender el secreto que indudablemente poseía el señor Toribio para no estar nunca de mal humor, se puso el sombrero y cruzó la calle. -Buenos días, amigo- -le dijo. Y el zapatero, interrumpiendo su cántico y levan- 1 ns otro billete igual; pero tiene usted que decirme cuál es el secreto para estar siempre alegre. ¡Ay, señor; si no lo sé! La alegría la tengo dentro. Pasaron varios días; el señor Toribio no cantaba; trabajaba en silencio y no tenía gana de conversación; miraba á todos con recelo, y si alguno se detenía un momento en el portal, se ponía nervioso y le echaba de mala manera. Por la noche no conseguía conciliar el sueño, y si un ratón imprudente hacía ruido, se levantaba sobresaltado creyendo que venían á robarle. Pensando en el modo de gastar las mil pesetas, dejó correr el tiempo, y, al cabo de un mes, cayó en la cuenta de que su alegría había desa arecido, arrastrando tras de sí la tranquilidad que le hacía tan dichoso. Subió á su cuchitril, levantó el ladrillo bajo el cual escondía su tesoro y, cogiendo las mil pesetas, corrió á casa del banquero. Entró con la gorra en la mano y con tono respetuoso exclamó: -Señor, ya he descubierto el secreto para estar alegre. Ganar lo preciso para las necesidades diarias y no guardar lo que puede hacer la suerte de los desgraciados. Aquí tiene usted sus mil pesetas; déselas al que no sepa trabajar. Desde aquel día, el zapatero remendón volvió á coger la lezna, amenizando su monótono trabajo con risas y cánticos. MARÍA BF. P E R A L E S LAS NUECES tando los ojos para mirarle por encima de las gafas, repuso: -Muy felices los tenga usted. -Si no le importunase mi pregunta, quisiera saber cuánto gana al fin del año. -Con mil amores se lo diría, señor; pero no lo sé. Y soltó una alegre carcajada. -í. Cómo? -Lo que gano, pasa del bolsillo al estómago, y no llevo la cuenta. ¿Luego no tiene usted ahorros? -Ni un céntimo. ¿Y está tan alegre, cantando, sin pensar en el día de mañana? -Dios proveerá; también los pájaros cantan, y no creo que tengan hucha. -Es cierto. pero, dígame ¿le gustaría ser rico? -i Anda! ¡Tiene gracia la pregunta! ¡Ya lo creo! -Bueno, pues tome estas mil pesetas; gástelas á su capricho, y, cuando se acaben, dígamelo y le daré Cuando Mercedes y Julio ostaban convalecientes de una tos ferina picara (ue les duró un par de meses, uedaron los dos muchachos tan flojos y tan enclenques f uc los llevaron á un meblo ara que se repusiesen. J. a casa era muy antigua, y muy antiguos los muebles, y los dos niños hallaron muy feo su nuevo albergue; pero tenia una huerta muy extensa y muy alegre, donde á Mercedes y á Julio les agradaba estar siempre. Cuidaba de aquella huerta un viejecillo, el tío Pepe, é hicieron tan buenas migas el hortelano y los huéspedes que ellos hasta le ayudaban en sus faenas campestres, y él les contaba consejas de bandidos y de duendes, y además les enseñaba á conocer prontamente los árboles y las plantas, en sus distintas especies. -Tío Pepe, ¿qué planta es ésta i- -Un girasol, que se vuelve siempre cara al sol que alumbra.