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Las desdichadas iamilias de los héroes de la patria fueren largamente socorridas; bendecidas las bienhechoras manos de la zarina, como también las de todas las damas que con tanto celo habían contril) uido á aliviar las desgracias de esos infelices, y la sociedad de l etersburn- o volvió entusiasmada á sus casas al recuerdo d. e la noche tan agradablemente artística que acabal) a de pasar... El hotel de Europa, el más afamado y espléndido de la capital, era la cita de toda la gente elegante f ne allí se reunía, ya ¡ara tomar el te ñor la tarde, ya por la noche para comer en el hermoso comedor de estilo Luis XV, recargado de doradas molduras y rebosante de luz y de alegría. La sociedad de San Petersburgo había establecido una noche de moda, los jueves, para reunirse á comer en el hotel, y allí acudían las damas más hermosas y las personas de la más alta distinción del país y del extranjero. La condesa Dabolensky, que había venido con su marido desde Moscou á pasar una temporada al kido de su hermana, alojábase en el hotel de Europa, en donde continuamente la visitaba la princesita, encantada de volver á verla después de tan prolongada ausencia. Salían juntas de paseo, frecuentaban juntas los teatros, y en todas partes en donde se presentaban llamaban la atención esas dos hermanas, tan diferentes entre sí y ambas tan completamente hermosas. Arrogantes las dos, de alta estatura y aire distinguido; morena, espiritual, vivaracha la una; rubia, sentimental, poética, la otra. De costumbre, reuníanse los Dabolensky á comer en el palacio de los Minakow, pero quisieron los primeros que les acompañasen sus hermanos un jueves á comer en el hotel de Europa, lo cual fué aceptado con entusiasmo por la princesa, que se divertía en extremo con todo lo que variaba la monotonía de su vida habitual. En la noche convenida, cuando la orquesta del gran salón Luis XV tocaba escogidas piezas, las luces de las grandes arañas, reflejándose en los múltiples espejos, deslumhraban, y el ruido que salía le las innumerables mesas allí reunidas se hacia cada vez más intenso, dando al ambiente una atmósfera asfixiante de lujo y de placer, entraron la princesa T? V r- I I i ¡I Llevaban las dos inmensos sombreros recubiertos de plumas, y sus vestidos atestiguaban y ostentaban el gusto de los primeros modistos de París, en donde se surtían. El precioso vestido de la bella princeta era de raso botón ¿e oro, recubierto de vaporosa gasa del mismo color, que atenuaba sus brillantes reflejos; realzaban la toilette adornos de plata y toques de terciopelo verde obscuro, de cuyo color era también el sombrero, que daba poética sombra á su pelo rubio y á sus dulces ojos negros. Sobre ia nítida blancura del escote lucía un magnífico aderezo de esmeraldas, y gruesos hilos de perlas colgábanle desde el cuello á la cintura. Ella, satisfecha y risueña, miraba á derecha é izquierda, enterándose de quién ocupaba las tlemás mesas y contestando á los saludos de las personas que la conocían y admiraban. De repente, y sin darse si uíera cuenta, fijáronse sus miradas en uno de los mil sirvientes que se agitaban en el s; lón. Pálido él, delgado, de mediana estatura y ojos claros y soñadores... Vestía des roporcionado frac azul y cortos antalones, por donde asomaban sus pies fenomenales. Sostenía en sus brazos pesada bandeja, con platos, copas y manjares, y habíase quedado perplejo y con la boca abierta al verla aparecer. Siguió la princesa fijándose un momento en él, como si esa grotesca figura le trajese á la memoria el recuerdo de alguien conocido, y cuando él preparaba su más elocuente y dulce sonrisa, y á pesar de su abrumadora bandeja se inclinaba conmovido hacia ella, para, con ceremoniosa reverencia, darse á conocer y tributarle su loca admiración, la princesa, apartando distraídamente la mirada, siguió andando hacia la mesa que les esperaba, con sus andares arrogantes y su aire inconscientemente desdeñoso. ¡Un estrépito terrible oyóse al instante en el comedor! El desdeñado sirviente, presa de emoción violentísima, dejaba, entre el asombro y sobresalto general, caer de sus brazos la repleta bandeja, que se despeñaba sobre el suelo con estruendosa detonación. Acudieron en seguida á su alrededor los demás camareros, y, al verle sin palabra ni movimiento, como paralizado ante el espectáculo de su torpeza, se lo llevaron violentamente, empujándolo hacia la puerta entre mal disimulados reproches. 4 V- 4 ÍT! K í ii 1 fl Miea y K w sM Al día siguiente, el periódico Novo ie- Vremia deploraba y daba cuenta de un tristisimc) suceso: el cadáver de uno de sus antiguos escribientes, Ivaii Pilouw, había sido extraído del Neva, sin que hubiese podido averiguarse si un accidente ó un suicidio eran causa de tan terrible desgracia. MARQUFSA D E B O L Ñ O S L b: jws dr MófAí cx Brmga. Minakow, acompañada del conde Dabolensky, y la condesa, seguida del príncipe. Inútil decir que la aparición de las dos bellas damas produjo verdadera sensación en la sala, y hay que añadir que la elegancia de sus toilettes era tal, que verdaderamente llamaba la atención