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ma en la mano y los ojos clavados en la bella princesa. Distinguía su voz en medio de la de todas las demás señoras, la escuchaba con la boca abierta y con aire de beatitud, y si por casualidad ella le dirigía la palabra para algo que al trabajo se refería, volvíase para contestarle nerviosísimo y balbuciente. Cada vez iba llegando con mayor exactitud á las reuniones, y un día en que, sin duda la impaciencia le atormentaba, le anunciaron á la princesa antes de que nadie hubiese llegado aún. Recibióle ella con su acostumbrada bondad, procurando tranquilizarle al ver la confusión de que se hallaba poseído, cuando se encontró el primero y solo con ella en el despacho: -i Pido mil perdones á la señora princesa si vengo á molestarla con demasiada puntualidad! Sin duda mi reloj va algo adelantado, y esa es la causa... -No se preocupe, señor Pilouw, no tengo nada que hacer en este momento, y sí mucho gusto en conversar un rato con usted. Siéntese un rato y charlemos hasta que vayan llegando las señoras y sus amables compañeros. Y adelantando afablemente una silla, continuaba: -En verdad que estoy satisfechísima, de nuestros trabajos. Gracias á la actividad y amabilidad de ustedes, todo marcha á maravilla, y dentro de dos ó tres días paréceme que habremos concluido. Así se lo he dicho á la emperatriz, que continuamente me pide noticias de la marcha de su deseado proyecto. -Por mi parte, estoy muy honrado, señora princesa, de poder serles de alguna utilidad; pero mi pobre trabajo contribuye vale bien poco al lado de todo lo que ustedes hacen con tanta capacidad y acierto. -El de usted, como el de sus compañeros, nos ha sido de una utilidad grandísima. Y sonriéndose maliciosamente seguía diciendo: -El de usted con más mérito todavía, puesto que á la experiencia de mis años no se ocultan las violentas y continuas distracciones de que va usted siendo víctima... Colorado Ivan hasta el blanco de los ojos, apretaba con mano nerviosa los papeles que traía consigo, y mirando al suelo, balbuceaba: ¿Mis distracciones, señora princesa... -Vamos, vamos, ¡no lo niegue ni se turbe de esa manera! Los encantos de la bella princesita le tienen á usted sugestionado, y nada de extraño hay en eso, pues, en efecto, creo difícil encontrar mujer más completamente seductora. -i Ay, señora princesa, cómo quiere que un hombre tan humilde y que tan poco vale como yo se atreva á levantar los ojos tan alto... Cierto que su hermosura y sus encantos son tales, que resulta imposible sustraerse á ellos... ¡Ay! -decía quedándose abstraído, -una palabra, una sonrisa suya descubren en la mente de cualquiera horizontes desconocidos, despiertan ráfagas de poesía... La princesa seguía sonriéndose bondadosamente, reanudando y variando la conversación: ¿Hace mucho tiempo- -decía- -que pertenece usted á la redacción de la Novo ie- Vremiaf ¿Está usted contento con su ocupación? -No, señora princesa; para mi carácter no es posible el género de vida que estoy obligado á llevar. Casi todas las horas del día y parte de las de la noche encerrado ante una mesa escribiendo, sin ver á nadie ni disfrutar de la luz del sol, y por tan poco dinero... No, señora princesa; no quiere ni puedo seguir así. Necesito el movimiento, la vida, el bullicio... Me proponía justamente haberme despedido antes dé que me enviasen para ayudar á ustedes, mas una vez empezada esta tan agradable tarea, no he tenido valor de abandonarla. Sin embargo, al concluir aquí mí misión, pienso despedirme buscar otra cosa. ¿Y qué piensa usted hacer... -Aún no lo sé, pero algo ciertamente más distraído y más lucrativo. Mientras seguían conversando, los modales de Ivan Pilouw iban volviéndose menos correctos, su voz iba subiendo de tono, y diríase que su habitual timidez iba dando lugar á una familiaridad que empezaba á chocar á la princesa. Afortunadamente, fueron llegando ya las señoras y los escribientes, ocupando cada uno su sitio acostumbrado. De pronto, un blasonado lacayo presentó en deslumbradora bandeja á la princesa un perfumado billete, que abrió en presencia de las demás señoras: -Es la princesa Minakow- -dijo después de haberla leído, -que se excusa de no poder hoy asistir á nuestra reunión. Parece que acaba de llegar á San Petersburgo su hermana la condesa Dabolensky, á quien desde hace mucho tiempo no veía, y ha ido á buscarla y á instalarla ella misma en el hotel de Europa. Instintivamente, al cerrar la elegante cartita, sus ojos se abrieron del lado de Ivan Pilouw, que escuchaba atento y con aire de cómica desesperación. Durante unos días siguieron aún las reuniones y al fin, concluidos los trabajos, pudo fijarse la fecha del gran concierto, que tan provechoso había de resultar para las familias desclichadas, siendo, al mismo tiempo, la inauguración de la temporada teatral y un verdadero acontecimiento para el mundo elegante de Petersburgo. El gran teatro de la Opera, iluminado con inmensa profusión de focos eléctricos y adornado con guirnaldas de flores que cubrían los antepechos de los palcos, estaba magnífico. La cantidad de valiosísimas joyas que brillaban sobre el escote de las damas que los ocupaban, y cuyas riquísimas toilettes rivalizaban en elegantia y esplendidez, daba á la gran sala un aspecto deslumbrador. Bien podía estar satisfecha la Junta organizadora, pues ni una sola localidad quedaba vacía, y aun el mismo palco imperial, que casi nunca solía verse lleno, estaba ocupado por la augusta familia, entre la cual distinguíase la zarina, elegantísima y cubierta de alhajas. Entre el público del paraíso, un hombre pálido, delgado, con pequeño bigote rubio y ojos soñadores... el único tal vez que no se ocupaba del espectáculo, asomábase con insistencia temeraria por el antepecho de su asiento, no dejando ni un momento de la mano los gemelos, que constantemente dirigía á uno de los palcos de enfrente, en donde se encontraban dos damas hermosísimas; la condesa Dabolensky y la princesa Minakow. Empezó el espectáculo con la hermosa obertura de la ópera Tannhánser, de Wagner, primorosamente ejecutada por la orquesta del gran teatro y calurosamente aplaudida por la inmensa concurrencia que atentamente escuchaba. Fueronse sucediendo en su tarea Anselmi, la Sembrich, Titta- Ruffo, éste entusiasmando al público con el brindis de la ópera Hamlet y con varias canciones toscanas, cantadas con conmovedora maestría. Interpretó la Melba, con su arte insuperable y su encantadora voz de ruiseñor, el vals de Mireille y el rondó de Sonámbula, continuando la velada cada vez más artísticamente interesante. Se cantaron nuevos solos, dúos, trios, y ejecutó la orquesta escogidas piezas de concierto... pero cuando se presentó en el escenario el colosal Caruso cantando el aria de la ópera Mefistofele, Gitinto nel passo estremo, y la popular Mattinata, rompió el público en estruendosas aclamaciones y tuvo que repetirlas entre verdaderos gritos de loco entusiasmo. Concluyó el espectáculo con el divino dúo de la ópera Don Giovanni, de Mozart, Lá ci darem la mano, por la Pacini y Battistini, el cantante favorito de ese imperial coliseo, y no hay que decir que tuvieron también que repetirlo entre nueva frenética ovación.