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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO AI comprender la extensión del peligro de que acababan de verse libres, lejos de quejarse, daban gracias á Dios por haberles conservado la vida. Hasta la misma María olvidó por el momento sus pesares. La marquesa, incapaz de comprender lo que se decía, se levantó con trabajo del colchón en que se la había acostado, y dijo en alta voz: ¿Qué habláis de m hermano y por qué le compadecéis? Ha sido mal amigo, mal pariente, mal hijo; no ha amadr más ue el oro, y, sin embargo, todas las prosperidades de la tierra son para él. Es dicl JSO, y ¡ojalá el cielo nos conceda una suerte padecida á la suya! Los circir tantes se estremecieron. Daniel lotó un signo de inteligencia entre el gendarme con quien primero había hablado y el cabo, y, ada vez más inquieto, se acercó á Vasseür y 1 dijo: -No hay que hacer caso de las palabras de esta pobre mi jer; las impresiones que acaba de experimentar han trastornado por completo su razón, y esta circunstancia deberá tenerse en cuenta al redacur el acta... Más- -prosiguió, viendo al cabo senta se á una mesa en ademán de escribir- -deseo ledactar yo mismo ese documento y recoger la declaraciones de estas personas. -Gracias- -contestó Vasseur; -pero no podéis ser juez instructor y parte querellante al propio tiempo. Con vuestro permiso, yo extenderé el acta de costumbre. Daniel conocía cuan importante era para sus párientas que él se encargase exclusivamente de los interrogatorios. -Ciudadano cabo- -dijo con autoridad, -soy vuestro superior en el orden judicial, y por penoso que me sea el deber de mi cargo en estas circunstancias, quiero desempeñarle. Os ruego, pues, que me cedáis la pluma y me dejéis la instrucción de este asunto. Pero Vasseur permaneció impasible. -Ciudadano Ladrange- -r e s p o n dio con más tristeza que cólera, -permitidme que por esta vez no os obedezca. Hoy no podéis ejercer las funciones de magistrado... Por lo que á mí hace, os juro que de muy buena gana cedería á cualquier otro la tarea que voy á desempeñar, si no me fuese impuesta por mis funciones. Daniel no se atrevió á insistir. Comenzaron los interrogatorios, y cada uno de los habitantes de la alquería fué compareciendo ante el cabo para exponer los hechos de que tenía conocimiento; pero sus declaraciones arrojaron muy poca luz sobre el crimen y sobre sus infames perpetradores. Sorprendidos por el ataque, aterrorizados, los pobres campesinos conservaban tan sólo de los acontecimientos de la noche ese recuerdo vago, incoherente, que deja en pos de sí una dolorosa pesadilla. La obscuridad, la precaución que habían tomado los bandidos de ennegrecerse los rostros y de no hablar sino en su jerigonza peculiar, no dejaban indicio alguno para reconocerlos. Y. por otra parte, ¿cómo era posible que las víctimas del atentado hubieran adquirido datos precisos, cuando, atadas de pies y manos, cubierta la cara con gruesos lienzos, sofocadas, quebrantadas, sólo aguardaban una muerte horrible? El mismo Daniel sólo pudo suministrar declaraciones muy incompletas, porque, consagrado á proteger á las señoras de Mereville, no había podido examinar á sus perseguidores con su ordinaria sagacidad. No obstante, dio algunas noticias acerca del Normándote y particularmente del Manco, con quien había sostenido una encarnizada lucha; citó asimismo á Bautista el cirujano, y al Curilla, pero no pudo nombrar á ningún otro, porque los apodos de guerra de aquellos criminales se confundían en su memoria con las expresiones extravagantes que constituían su habitual lenguaje. No fueron mucho más concluyentes las declaraciones de Bernard y su mujer. Esta confirmó en voz baja y precipitada las deposiciones anteriores, y Bemard refirió cómo había sido conducido al castillo por los bandidos, cómo le habían querido obligar á llamar al jardinero. Jerónimo para hacerle abrir la puerta, cómo se había negado á esta especie de traición á su amo, y de qué modo había sido conducido á la alquería. Pero ninguno de los cónyuges hizo mención de la Virolosa, imitando en esto la delicada reserva de Daniel, que comprendía cuan dolorosa debía de ser esta circunstancia para, los infelices p adres. Sólo faltaba interrogar á las señoras de Mereville, y Ladrange temblaba al ver acercarse el momento en que tendrían que hablar de los sucesos de la noche. De la madre no podía esperarse ninguna aclaración, porque era evidente su estado de locura, y el cabo no pensó siquiera en preguntarla. En cuanto á María, la inminencia del peligro pareció devolverla su presencia de ánimo, y cuando le preguntaron su nombre, dio, ruborizándose, el que había tomado desde qíue vivía en la granja de Breuil, y contó en pocas palabras los detalBes ya conocidos. El cabo arrugó algún tanto el ceño cuando María se dio á conocer por un nombre fingido; pero no hizo objeción alguna y consignó en el acta la declaración de la joven como lo había hecho con. las demás. Concluido su trabajo, se puso á leer el escrito con profunda atención, deteniéndose de cuando eu cuando para pesar el valor de las palabras. ¡Diantre! -dijo por último. Esos infames habían tomado perfectamente sus precauciones, y otros más hábiles que yo se verían apurados en este tenebroso asunto... Sin embargo, antes de cerrar la sumaria debo preguntar á las personas aquí presentes si tienen sospechas de quiénes puedan ser los culpables... Reflexionad bien todos, y en particular, vos, Bernard... i Ayer, ó en los días anteriores, se han presentado en la granja ó en el castillo gentes de quienes podría sospecharse razonablemente alguna complicidad en el crimen? Pensadlo bien, porque el más leve indicio pudiera ponernos sobre la pista del delito. El granjero y su mujer cambiaron una mirada de angustia. Bernard balbució, después de una breve vacilación -Ayer había aquí en efecto, algunas personas. Continuará,