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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA ción. Todos los circunstantes se callaron y volvieron los ojos hacia la señora de Mereville. María, asustada, se arrastró sobre sus rodillas y sus manos, gritando con desesperación: ¡Madre mía! ¡Mi querida madre! ¡Volved en vos... Nos hemos salvado, gracias á Daniel, gracias á estos bizarros militares... Reconocedme, madre mía... ¡Soy vuestra hija, soy María! La marquesa calló un momento pero prosiguió después con expresión de serenidad y de orgullo: ¡Mi hija... Ha tenido en la corte una brillante acogida. El rey la ha dirigido una sonrisa y la reina me decía por la noche en la recepción: Vuestra hija, señora, es bella como una Mereville. El duque de Chaulnes ha bailado dos veces con. ella... ¡Oh! El duque es un bello joven y de la más noble alcurnia. María no podía ya abrigar dudas, y dijo á Daniel, con un extravío casi igual al de su madre: ¡Dios mío, no me conoce... ¿Hay más desdichas? Habladla vos, Daniel, yo os lo suplico; tal vez vuestra voz logrará despertar su razón. -Tranquilizaos, María. Este desvarío pasajero es, sin duda, debido á la fiebre que la devora. ¡Valor, señora! -añadió Daniel afectuosamente, dirigiéndose á la marquesa. -Sólo amigos tenéis á vuestro lado. La señora de Mereville le miró sonriendo. -Buenos días, Daniel- -le dijo; -sed bienvenido al castillo, hijo mío... El señor marqués ha ido de caza, pero se alegrará mucho de veros á su regreso. En verdad, Daniel, que sois el vivo retrato de vuestro padre, el bailío de Chartres; y esa corbata de encaje, ese traje de terciopelo, os sientan l las mil maravillas. Ladrange estaba consternado. De pronto, al ver á uno de los gendarmes que en pie tras él par recia escuchar con interés la conversación, le ocurrió la idea de un nuevo peligro, y dijo al militar con alguna turbación: El juicio de esta pobre mujer no ha podido resistir á tan crueles sacudimientos, y... ya lo veis... en su locura, cree ser una gran señora. El gendarme movió la cabeza. -No tratéis de engañarme, ciudadano Ladrange- -respondió; -estoy más enterado de lo que pensáis. Cómo, ciudadano! ¿Pretendéis dar importancia á algunas palabras escapadas en un momento de delirio? -No pretendo nada, ciudadano juez de paz; mas aquí llega nuestro jefe el cabo Vasseur, con quien deberéis entenderos... En cuanto á mí, no puedo hacer otra cosa que compadeceros á todos. Daniel, alarmado, iba á continuar sus preguntas, cuando, en efecto, el cabo Vasseur, seguido del resto de su fuerza, echó pie á tierra delante de la alquería. blante estaba atenuada por cierta expresión de inteligencia, franqueza y rectitud; bajo la áspera corteza del soldado se adivinaba al hombre leal y bondadoso. Vasseur presentaba en aquel momento un aspecto triste y severo, que se acomodaba perfectamente á la gravedad de las circunstancias. Al apearse del caballo, el gendarme que había hablado con Daniel fué á su encuentro y conversó con él en voz baja. El cabo le escuchó con frialdad y en seguida dio algunas órdenes á su gente, que se colocó en situación de guardar todas las salidas de la granja; medida que no aumentó las inquietudes de Ladrange, porque éste sabía muy bien que era una cosa usual, tratándose de la sumaria de un crimen tan grave como el que se había perpetrado en aquel sitio. Cumplido este deber, el cabo entró en la casa, y Daniel, que en su calidad de comisario del Poder 2 Íecutivo, le conocía de mucho tiempo atrás, se idelantó hacia él presurosamente; pero Vasseur e saludó volviendo á otro lado la cabeza. ¡Ah, cabo! -dijo el joven con emoción, -si hubieseis llegado más pronto, hubierais evitado grandes desdichas. ¿Qué queréis? -respondió el militar bruscamente, -es preciso que dejemos á los ladrones y asesinos hacer lo que les dé la gana, puesto que se nos ocupa en... otra cosa. Mas- -añadió echando una rápida ojeada por la habitación- -parece que por aquí no han ido tan mal las cosas como por el castillo del Breuil. ¿Venís del castillo? En efecto, me lo habían dicho y lo había olvidado... Dadme, por Dios, noticias de mi tío, el ciudadano Ladrange. Espera lúe no le habrá sucedido nada. Vasseur bajó la cabeza sin contestar. -Cabo- -prosiguió D a n i e 1, -no me ocultéis lada, yo os lo supHco... ¿Mi tío... -i Vamos, ciudadano, sed hombre! El viejo nO e ha portado siempre muy bien con vos, según se isegura... y, además, ya había pasado su tiempole servicio... ¿Qué queréis decir? ¿Mi tío está herido... ¡Muerto, tal vez... Quiero ir á asegurarme por mí propio... TMf Daniel se volvía ya hacia la puerta, pero el cabo se colocó resueltamente delante de él. 4, -Nadie puede salir de aquí sin orden mía- -dijo con firmeza. -Y, por otra parte- -añadió en tono más dulce, -de nada puede servir vuestra presencia... Todo ha concluido... Los malvados no han dejado á nadie con vida en el castillo. -i Gran Dios! ¿Es posible? Mi anciano pariente, que ayer todavía se lisonjeaba de- tener una larga vida! Pero, por favor, cabo, decídmelo todo. ¿Lo queréis? Acaso no debería hacerlo, mas, puesto que os empeñáis, leed esto... ¡es horrible! Y le entregó el acta que había redactado en eí castillo mismo pocos momentos antes. Daniel no tuvo valor para concluir la lectura; EL IJSITEREOGATORIO dejó caer el papel y se cubrió el rostro horroriEi jefe de la brigada de gendarmes que llegaba rizado. tan tardíamente en auxilio de los habitantes del La siniestra noticia se divulgó inmediatamén Breuil, era de alta estatura, robusto, moreno, de- te entre los habitantes de la alquería, sacudiendo notando en m exterior una poderosa energía y un la especie de estupor en que estaban todavía suyak r á todst prueba, Pero la rudeza de su sem- midos.