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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO sus ojos á la obscuridad de la sala, descubrieron todos aquellos cuerpos amontonados y silenciosos. ¡Bien decía yo! -exclamó uno de los gendarmes apartando la cabeza con horror. ¡Una matanza horrible! -No, no- -contestó su compañero; -estos infelices viven aún... al menos éste. Y señalaba á Daniel, que se retorcía á sus pies profiriendo sonidos inarticulados. Los bravos militares abandonaron al punto toda precaución, dejaron sus armas, y arrodillándose cerca del joven le despojaron de sus ataduras y mordaza. Daniel estaba demasiado abatido para podei aprovecharse de su libertad, y creyó, al ver el uniforme de sus libertadores, que éstos pertenecían á la cuadrilla de bandidos; pero no tardó en salir de su error. ¡Calla! -exclamó uno de los gendarmes mirándole con atención. -No me engaño. es el ciudadano Ladrange, juez de paz y comisario del Poder ejecutivo, de quien hemos recibido órdenes tantas veces. Ya esperaba yo encontraros aquí, ciudadano Ladrange, y, sin embargo- -añadió con tristeza, -hubiera deseado que estuvieseis en cualquier otra parte. Estas palabras tenían un sentido misterioso, que pasó desapercibido para Daniel. ¿Quién sois? -preguntó maquinalmente. ¡Cómo! ¿No me reconocéis? Mi camarada y yo formábamos parte de la brigada del ciudadano Vasseur; nos dirigíamos aquí precisamente la noche última para ejecutar órdenes superiores, cuando supimos que los calentadores acababan de atacar el castillo del Breuil. Partimos á toda rienda, como podéis suponer; pero queriendo ahorrar camino, nos extraviamos en la obscuridad, y al llegar al castillo nos encontramos con que el delito había sido consumado... ¡Qué horrible escena! El cabo se ha quedado allí con cuatro hombres para formar el sumario, y mi camarada y yo hemos venido á hacer un reconocimiento hasta aquí, pero no tardará en reunírsenos nuestro comandante. Daniel sólo había oído vagamente estas explicaciones. Sin embargo, empezaba á recobrar su presencia de ánimo, y exclamó de repente: ¿Qué es lo que hacéis? ¿No os acordáis de socorrer á esos desdichados? ¡Mi pobre tía, mi querida María! No pudíendo sostenerse sobre sus piernas debilitadas, se arrastró hacia sus parientas para ser el primero en socorrerlas. Los gendarmes, obedeciendo á las excitaciones de Daniel, se apresuraron á secundarlas, y empezaron á desatar al granjero Bernard, á quien los bandidos habían vuelto á traer á la alquería después del saqueo del castillo, y que, como era el menos maltratado, pudo ayudar á los dos mihtares á libertar á los otros prisioneros. Fácilmente se comprenderá cuánto habían debido sufrir durante aquella horrible noche. Los unos, aun despojados de sus cuerdas y sus vendas, no podían moverse ni habkr; los otros, stunidos en profundo estupor, miraban extraviados en derredor suyo, como si salieran de un penoso sueño. La criada de la alquería prorrumpió en una risa imbécil y convulsiva, agitando sus brazos doloridos. Uno de los mozos de labranza, tan pronto como se sintió libre, se levantó de un salto y echó á correr con todas sus fuerzas hasta llegar al patio, donde dio dos ó tres vueltas girando sobre sí mismo, y cayó sin sentido. En cuanto al otro mozo, inútil fué llamarle y sacudirle fuertemente después de haberle desatado. Sin duda había opuesto resistencia al a: poderarse de él los bandidos, y atendiendo á sus hercúleas fuerzas, habían adoptado con él precauciones especiales, apretándole con tanta fuerza la mordaza, que el infeliz no pudo respirar... Estaba muerto y rígido. Bernard se había dado prisa á poner en libertad á su mujer, la cual fijó en él sus ojos desmesuradamente abiertos, secos y brillantes, y exclamó con acento salvaje: ¡bernard, Bernard, ya no tenemos hija! ¿Y qué nos importa? -respondió con dureza el granjero. ¡No se trata ahora de eso I Mucho tiempo hace que no pensamos en esa criatura. -No hables así, Bernard; ¿te figuras que me engañas? Aunque ausente, ella estaba siempre ea tu cora 7 Ón como en el mío... Ayer no la: has echado más que por orgullo, pero sufrías más que yo... Hoy soy yo la qut te digo, no lo olvides: Ya m tenemos hija! Y cayó en un sombrío abatimiento, sin querer responder á ninguna pregunta. Daniel, por su parte, se ocupaba asiduamente de María. La joven estaba medio muerta; tenía los ojos cerrados, y una lívida palidez velaba sus delicadas facciones; pero el contacto del aire y los cuidados de su primo la reanimaron poco á poco. No tardó en reconocer á Daniel, y una débiJ sonrisa apareció en sus labios. ¡Oh, a m i g o mío! -murmuró ruborizándose. ¿Cómo podré nunca pagaros lo que os debo? -No olvidando ciertas palabras que se os han escapado en los momentos del peligro- -contestó Ladrange por lo bajo. María se puso todavía más encarnada; pero un nuevo pensamiento agitó su espíritu. -i Mi madre! -dijo con angustia. ¿D ó n d e está mi pobre madre? Ya el granjero acababa de quitar á la marquesa la tupida venda que la había torturado toda, la noche, no tanto, sin embargo, como sus horribles sufrimientos morales. La señora de Mereville no experimentaba, sin embargo, el abatimiento y la debilidad de su hija; lejos de eso, sus mejillas estaban encendidas, ardorosas, y tan pronto como se sintió libre, se incorporó y dijo con imperioso tono: -Que se prepare inmediatamente la silla de posta... El señor marqués vestirá su uniforme de capitán de monteros para imponer más á esa chusma. Que los criados y guardas, bien armados, monten á caballo, y al menor insulto, ¡fuego sobre esos miserables! ¡No haya piedad! Estas palabras, que probaron. una verdadera enajenación mental, resonaron como un tañido fúnebre en medio de aquella escena de desoía-